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El próximo 21 de junio se decide la presidencia en Colombia. Ya no hay margen de error; ni cartas bajo la mesa; ni lugar para los tibios; ni traiciones interpartidistas. Aquí sí hay que votar en serio. El abanico de posibilidades que hubo en las elecciones del 31 de mayo se redujo a dos opciones. Dos extremos en cabeza de dos candidatos, sustancialmente flojos, que llegarán a la presidencia sin haber cruzado un debate. Sin haber discutido propuestas de fondo sobre la paz, la salud, la educación, la justicia transicional, las víctimas, la fuerza pública, los servicios públicos, la composición del gabinete, la generación de empleo, la reducción de la pobreza, la transparencia institucional o la reelección presidencial. Vamos a votar un cheque en blanco. A tientas porque pusieron en las redes sociales lo que deberían comunicar de manera cierta y veraz ante la opinión pública.
Llegarán a la presidencia sorteando temas por fuera del foco, porque ya no hay espacio para hacer política sino para arengar y hacerse daño con acusaciones innecesarias que además radicalizan a una población que, como pocas veces, irá a las urnas con miedo. Miedo a los extremos. Miedo a una política que ha llegado a su expresión más visceral. Creo que hay un panorama complejo y en el ambiente hay un hedor de caos, violencia, reticencia y pánico porque las dos caras de la moneda han sido presentadas como el preámbulo del Apocalipsis. Y en buena medida lo disfrutan. El morbo y el miedo dan buen rédito electoral.
Creo que el agujero negro, próximo, del que se habla para Colombia no es tal. Creo, de verdad, que hay un miedo infundado. En mi sentir, ninguno de los dos candidatos tiene la vocación predadora, ni la capacidad fáctica, política o jurídica para anular la institucionalidad en cuatro años de gobierno. Y aunque lo intentara, no le alcanzaría. Y la razón es simple: ¡Hay jueces! El clásico cuento de los jueces en Berlín[1] cobra más vigencia que nunca en Colombia. Jueces que limitan el poder; que sostienen la independencia institucional; fieles a su deber de garantes de los derechos fundamentales. Jueces que son el tanque de oxígeno de nuestra democracia y sobre sus hombros reposa la institucionalidad trazada en las máximas constitucionales de Estado social de derecho, dignidad, equidad, igualdad, debido proceso, moralidad y legalidad. Ni el más ultra, ni el más rojo alcanzarán a cooptar a la Corte Constitucional. Ojo, la Corte tiene muchos yerros, pero puede darnos confianza de que con estas elecciones no estamos a la vuelta de reproducir lo que pasa en Cuba, en Venezuela, en Argentina o en El Salvador. En el corazón de la Corte está intacta la certeza de que los estados de excepción son excepcionales y no la regla. El verdadero paso a lo desconocido en cabeza de un advenedizo desalmado es la Asamblea Constituyente. Y ese embate ya fue desmantelado. ¿Gana Abelardo? El Pacto tiene una gran mayoría en el Congreso para hacer el pulso republicano que genere equilibrio. ¿Gana Cepeda? Hay independencia en el Banco de la República. ¿Y los empresarios? No deben temer. Siempre juegan a dos bandos. Tienen mucha plata invertida en las dos campañas. Con uno ganan, con el otro no pierden.
Hay que salir a votar. Con libertad. Con decisión. Con entereza. Con bonhomía. Siempre habrá riesgos, pero hay que asumirlos. Es el encanto de una democracia que se construye en una doble dirección: (i) que todos los ciudadanos en ejercicio asistan a las urnas y, (ii) que los dos candidatos aseguren, sobre piedra, que van a respetar los resultados. La Registraduría ha estado a la altura de las circunstancias, y tanto ella como la decisión de los sufragantes, expresión del orden soberano, merecen ser respetadas.
John Fernando Restrepo Tamayo
Profesor de la Universidad del Valle
[1] Comparto su versión digital: https://contracorriente.red/wp-content/uploads/2018/05/Hay-jueces-en-Berl%C3%ADn-e-book.pdf













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