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Mientras los analistas en geopolítica, mayoritariamente hombres, continúan observando el conflicto y la disputa por el petróleo entre Estados Unidos e Irán desde lógicas económicas, militares y religiosas, pareciera que muchos de ellos aún no logran ver aspectos fundamentales que permanecen invisibilizados por análisis que no van más allá de lecturas que simplemente reproducen las relaciones de poder imperantes.
Una de esas lecturas invisibilizadas consiste en comprender la disputa por los bienes comunes de la naturaleza como parte de un patrón de poder global, donde el petróleo es mucho más que un bien convertido en recurso, mercancía o un commodity. Se trata también de un elemento inserto en lógicas civilizatorias y patriarcales, donde la masculinidad hegemónica juega un rol estructurante que no puede desconocerse.
Lo menciono porque, como plantea la politóloga Cara Daggett a través de su concepto de petromasculinidad, el petróleo no solo se transformó en el motor de la economía mundial y en un recurso que ha generado guerras y tiranías en distintas partes del mundo; también ayudó a consolidar una identidad masculina moderna asociada a la fuerza, la autonomía, el control, la velocidad y la capacidad de imponer la propia voluntad por sobre los límites del planeta.
Es decir, la energía fósil permitió una sensación inédita de potencia dentro del patriarcado: automóviles, máquinas, ejércitos y combustibles ampliaron la capacidad humana de intervenir sobre el mundo, construyendo el imaginario de un hombre sin límites, que avanza, conquista y domina a quienes intentan plantear alguna alternativa a la civilización petrolera.
Es desde ese lugar que Estados Unidos aparece históricamente como una potencia que convirtió al petróleo en parte de su identidad masculina imperial, impulsando una narrativa que con Donald Trump llega al extremo al intentar proyectarse como protector armado del orden mundial, apoyándose en alianzas con países como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos o Qatar.
Por su parte, Irán —al igual que antes Irak, Libia, Siria o Venezuela— también ha construido un discurso de resistencia masculina que gira en torno a la soberanía y a una forma de virilidad política, donde el honor, la dignidad, la fortaleza y la capacidad de desafiar a un adversario superior terminaron reproduciendo las mismas estructuras patriarcales y antropocéntricas frente a la naturaleza.
Sin embargo, el estrecho de Ormuz introduce una grieta en esa fantasía civilizatoria masculina que se cree invencible y capaz de seguir conduciéndonos hacia una catástrofe nuclear. Nos muestra que ni Estados Unidos ni Irán son capaces de imponer un dominio absoluto, evidenciando una vulnerabilidad y una interdependencia que, aunque intenten negarlas, resultan cada vez más visibles.
En otras palabras, lo que está ocurriendo en el estrecho de Ormuz muestra que la civilización petrolera parece haber llegado a sus límites, revelando la urgente necesidad de dejar atrás una masculinidad de la muerte, convencida de que puede desafiar al planeta, para avanzar hacia una transición energética respetuosa con la vida misma.
Dicho esto, quizás la transición energética no sea solamente un cambio tecnológico, como muchos analistas creen, sino también una oportunidad para promover ecomasculinidades que sitúen la sustentabilidad y los buenos vivires como horizonte fundamental, porque nuestro paso por el planeta se agota si seguimos habitándolo de esta manera.
Por último, el problema nunca fue únicamente el petróleo bajo la tierra ni la sobreexplotación histórica que se ha hecho de él, junto con toda la degradación ambiental y las guerras que ha provocado. El problema también fue que un determinado tipo de hombre aprendió a imaginarse a sí mismo a través de él.













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