El sueño que se nos desvanece

Pertenezco a la porción de ciudadanos que el 21 de junio iremos a las urnas con la nostalgia del país que pudimos ser; ese que volvemos a mirar en la fotografía de cuatro contradictores firmando la primera Constitución construida por acuerdo de distintos, no por la victoria de algún guerrero.

Esa imagen representa al país que en 1989-1990-1991 se irguió desde el dolor de los homicidios de Pardo-Galán-Jaramillo-Pizarro para rebelarse contra el narcoterrorismo de Pablo Escobar, las Farc, el Eln y el paramilitarismo. Eran cuatro opciones de nación, cuatro ideas capaces de escuchar, del encuentro: César Gaviria, liberal de centro derecha, reformista económico e impulsor del neoliberalismo; Horacio Serpa, liberal de centroizquierda, defensor de derechos humanos y reformista social; Álvaro Gómez, conservador de derecha, institucionalista y soñador de un Estado con más autoridad que libertades, y Antonio Navarro, símbolo del acuerdo de paz con el M19 que demostró su compromiso con la democracia y las instituciones.

Setenta delegatarios con voz y voto, más tres del Epl con voz y sin voto, escribieron la Constitución posible para una Colombia desconcertada. No es un documento claro, tampoco corto; eliminó la extradición dándole gusto al narcoterrorismo y al mismo tiempo instauró una generosa carta de derechos. Tiene errores de técnica jurídica, en algunos artículos es excesivamente reglamentario y en otros tan amplio que deja valiosas decisiones al arbitrio de los operadores políticos o judiciales. A pesar de sus imperfecciones “está escrita con la letra de todos”, cantábamos nosotros, también los niños. Y nos legó la Corte Constitucional, la acción de tutela, la acción popular y una carta de derechos que nos ha permitido soñar con la equidad.

No somos hoy el país que esperábamos, pero seguíamos trabajando para alcanzarlo. Confiábamos en que la Constitución, el equilibrio de poderes, las Cortes y la ciudadanía participante nos lo iban a permitir.

No hemos tenido un gobierno a la altura de esta Constitución. La burlaron cuando un elefante entró a la sala; la escondieron para no ver el terrorismo extremista de paramilitares y guerrillas; la olvidaron para quebrar las instituciones instalando la afanada y poco rigurosa reelección presidencial; la desconocieron para omitir la obligación de descentralizar y para gobernar declarando estados de excepción por cualquier eventualidad, nostálgicos de la Carta de Núñez que subsisten así se nieguen a sí mismos.

Esta Constitución de todos tiene remiendos, retazos, olvidos. Pero está ahí para ser cuidada, rescatada, para cobijarnos en la diferencia, en la libertad, en la pluralidad.

La estamos arriesgando. No entendimos los mensajes de las elecciones de 2018 y 2022. Nos creímos superiores al populismo, los megalómanos y las grandes ambiciones de los hombres pequeños.

Los autoritarios han demostrado incomodidad con el esquema de pesos y contrapesos, con las garantías a la ciudadanía, con la universalidad de la garantía de los derechos humanos. Lamentan las libertades, la democracia, la soberanía y la independencia. Hoy están en segunda vuelta y tendrán un electo.

Quien se posesione el 7 de agosto buscará imponer el país que su autoritarismo desea, querrá borrar esa pluralidad que decidieron llamar “centro” y dar por terminadas las opciones políticas de su contrario; si se lo permitimos, porque poder tendrá, hará de eso que llaman el centro político, otra nostalgia, otra pieza para el rincón de los recuerdos.

Quienes esperamos, gracias canciller Brandt, construir “tanto Estado como sea necesario, tanto mercado como sea posible” volvimos a perder. Sin embargo, podríamos tener una oportunidad, ojalá no la última sobre la tierra. No la de elegir a quien pueda, con matices, representar ese sueño. Sí la de iniciar la pedagogía que forme ciudadanos para la comprensión del reto, para la participación, para el control cívico, para la libertad y los derechos. ¿Somos capaces de alcanzar el punto de encuentro, de vencer nuestras particularidades y pequeñeces para diseñar el nosotros? Es el reto.

Haber tolerado que los populistas autoritarios lograran poner en riesgo la Constitución, un gran error. Permitir que la hundan porque nos cuesta convertirla en el lugar común, en la conversación urgente, sería la renuncia vergonzosa a nuestro deber de soñar y trabajar para construir un país que logre recoger los sueños, necesidades y posibilidades de todos, no de algunos.

Luz María Tobón Vallejo

Periodista. Exdirectora del periódico El Mundo, profesora, investigadora en comunicación.
Actualmente lidera la Iniciativa por la Minería Consciente, un proyecto de la sociedad civil por el diálogo social y la comunicación pública en entornos mineros.

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