
“El supuesto animal político no ha traído más que la destrucción a gran escala de nuestra propia especie. Por todo lo comentado, es obvio que el perro gana; y no solo por nobleza, sino por inteligencia… ”
Vivimos rodeados de un ecosistema colmado de especies de toda índole: unas que nos dejan ver la más plena voluntad y otras que, de existir un creador, este debería arrepentirse de haber concebido. Fue quizá Epicuro el primero en clasificar a esta ralea; al verla actuar, el filósofo comprendió que más vale estar alejados de tales individuos, pues tanto el personaje como su actividad representan la comedia más deshonrosa que la historia ha tenido el pesar de contemplar.
Es quizás por ello que Schopenhauer vaticinó que no existía nada más puro y noble que el perro que mueve su cola; ese ser que no busca ser algo distinto a lo que es y al que le es indiferente agradar o no. Mientras el político se nutre de someter a los demás a su voluntad y destruir la del oponente, el can simplemente se une por jerarquía, siguiendo a su especie sin la necesidad de pisotear la dignidad ajena, armar coaliciones falsas ni lamer la bota del poder de turno.
Dada la coyuntura que atravesamos, el lector puede darse cuenta de que esta tesis no es un simple eslogan o un pasquín: es un hecho evidente que obedece a la realidad. Póngale el nombre que desee, el sexo de su gusto y la ideología que lo identifique; al final, la cruda realidad es que nadie puede calcular las necesidades del otro. Esto es lógicamente imposible, pues cada persona posee necesidades infinitas y recursos escasos. No existe manera lógica de recopilar la información de las necesidades ni siquiera de la propia familia; por ello, si un político le promete satisfacer sus necesidades individuales, no solo está insultando su inteligencia, sino que está cometiendo una contradicción lógica insalvable conocida en la ciencia económica como el problema del cálculo económico.
En su afán por camuflar esta imposibilidad real, el animal político recurre al manual de la fractura social. El perro jamás busca dividir la manada para reinar sobre sus ruinas; no utiliza tácticas goebbelianas para repetir mentiras hasta convertirlas en verdades oficiales. El político, en cambio, ejecuta con maestría los métodos del fascismo propagandístico: manipula las masas, siembra el odio colectivo y no para de señalar de fascista a todo aquel que no siga sus ideas de forma sumisa. El can desconoce la dialéctica del resentimiento; su honestidad es absoluta, desnudando la bajeza de aquellos que necesitan fabricar enemigos públicos para justificar su existencia burocrática.
Cuando se contempla la apacible mirada del perro solo podemos ver bondad, lealtad y sinceridad pura. El animal no quiere agradarle hoy para obtener su voto; solo es lo que es y se siente satisfecho de serlo. El político, por su lado, es amable por conveniencia: promete la paz, la felicidad y la riqueza, como si la riqueza estuviese dada y simplemente bastara con que un “buen político” la reparta de manera justa. La cuestión es que la riqueza no es una torta ni una pizza; es una masa que toca crear y amasar diariamente. De no ser así, no habrá ni masa ni pizza, solo papel impreso que servirá, a lo sumo, para ser sustituto del papel higiénico en el momento que ese dinero llegue a su mano, con la diferencia que al menos el papel higiénico posee utilidad real y es acolchado para satisfacción del usuario.
Mientras existan más amantes de los políticos que de los perros, este mundo seguirá siendo la vecindad del Chavo del 8; con la única excepción de que, al menos, Chespirito lograba sacarnos una sonrisa, mientras que los gobernantes solo nos extraen el fruto de nuestro trabajo para justificar su incompetencia. Hoy más que nunca necesitamos amantes de los perros, los gatos o el animal de su preferencia. El supuesto animal político no ha traído más que la destrucción a gran escala de nuestra propia especie. Por todo lo comentado, es obvio que el perro gana; y no solo por nobleza, sino por inteligencia, pues este no destruye el capital ni imprime billetes para engañar al que cree que dinero es igual a riqueza. De ser así, lo invito a ir a Venezuela y ganar millones de bolívares para que vea lo rico que será. Ante la quiebra lógica, moral y económica del redentor de turno, la transparencia instintiva del can se impone de forma inapelable. Es comprensible, entonces, el misántropo refugio del pensador alemán cuando sentenciaba que «la simple vista de cualquier perro nos ensancha el corazón y nos devuelve la paz, recordándonos que existe en el mundo un ser capaz de ser honesto, libre de la horrorosa deformidad de la hipocresía humana».”













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