El peligro de hablar desde la distancia

Hay una diferencia enorme entre conocer un territorio y hablar de él.

En los últimos días, Campamento, Antioquia, volvió a aparecer en la conversación pública por cuenta de unas declaraciones del concejal de Medellín, Andrés Felipe Rodríguez, “El Gury”, quien planteó la posibilidad de bombardear el municipio como respuesta a la presencia de grupos armados. Más allá de la polémica política que estas palabras puedan generar, el episodio deja una reflexión de fondo que vale la pena discutir: el peligro de opinar sobre los territorios desde la distancia.

En Colombia existe una vieja costumbre. Cada vez que una región enfrenta problemas de seguridad, muchos terminan observándola únicamente a través del lente de la violencia. El municipio deja de ser una comunidad y se convierte en una noticia. Sus habitantes dejan de ser personas y pasan a ser estadísticas. Sus montañas dejan de ser paisajes para convertirse en coordenadas estratégicas.

Es una mirada cómoda, pero profundamente injusta.

Quienes habitan las grandes ciudades suelen conocer los municipios rurales a través de titulares, informes o videos que circulan en redes sociales. Sin embargo, la realidad de los territorios rara vez cabe en un titular. Detrás de cada noticia existen familias, historias, esfuerzos cotidianos y comunidades enteras tratando de construir un futuro mejor.

Campamento conoce las heridas del conflicto armado. Negarlo sería desconocer la historia de nuestro país. Pero también conoce el valor del trabajo, de la resiliencia y de la esperanza. Aquí miles de campesinos madrugan todos los días para cultivar la tierra. Aquí mujeres lideran procesos productivos que se han convertido en ejemplo para Antioquia. Aquí jóvenes estudian, emprenden y sueñan con un futuro diferente.

Por eso preocupa cuando el lenguaje de la guerra termina imponiéndose sobre el lenguaje de la comprensión.

Las palabras importan. Especialmente cuando provienen de líderes públicos. No porque las opiniones deban ser censuradas, sino porque los discursos construyen imaginarios. Cuando un territorio es mencionado únicamente como un problema de orden público, poco a poco se va borrando todo lo demás: su historia, su cultura, su economía y, sobre todo, su gente.

Y ese es quizás el verdadero riesgo.

La estigmatización ha sido una de las formas más silenciosas de violencia que han padecido muchas regiones de Colombia. Durante años, municipios enteros cargaron con etiquetas que terminaron afectando su reputación, sus oportunidades y hasta la manera en que eran vistos por el resto del país. Mientras tanto, sus habitantes seguían levantándose cada mañana para trabajar honestamente y demostrar que eran mucho más que aquello que se decía de ellos.

Los problemas de seguridad existen y deben enfrentarse con decisión. Nadie pretende desconocerlos. Pero una cosa es combatir a quienes generan violencia y otra muy distinta es reducir un territorio completo a la presencia de esos actores.

Campamento merece ser visto en toda su dimensión. Como la tierra donde comenzó a escribirse la independencia de Antioquia. Como un municipio panelero, agrícola y campesino. Como una comunidad de más de nueve mil personas que no quiere ser reconocida por el miedo, sino por su capacidad de salir adelante.

Quizás la lección que deja este episodio es sencilla: antes de emitir juicios sobre un territorio, vale la pena conocerlo. Antes de convertir un municipio en símbolo de un problema, vale la pena escuchar a quienes viven allí. Y antes de hablar de una comunidad, vale la pena recordar que detrás de cualquier mapa siempre hay personas.

Porque los territorios no son únicamente los conflictos que enfrentan.

Son, sobre todo, la gente que lucha cada día por superarlos.

Duván Arnobis

Comunicador y periodista

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