El mitema del soberano

 “El soberano lleva medio siglo sin alcanzar el 50% en ninguna elección colombiana. El soberano, al parecer, prefiere quedarse en casa. Y quizá eso sea lo más sabio que ha hecho”.


Querida Μνημοσύνη

Todo modelo político es, después de todo, una aglomeración de premisas que legitiman el uso de la fuerza; en ese sentido, la diferencia entre el Rey, Emperador, Tirano, Presidente o Dictador no obedece a su naturaleza, que es compartida, sino a la evolución del sustantivo, pues todos mandan, obligan y, en últimas, amenazan; mas unos lo confiesan y otros lo llaman voluntad popular. Y ahí, en esa inversión semántica que el siglo XVIII nos regaló junto con sus guillotinas y sus declaraciones de derechos, habita el truco más sofisticado de la modernidad política, hacernos creer que nuestra propia obediencia es un acto de libertad. El esclavo que se sabe libre no busca sus cadenas porque no las ve, sino que las carga en el lenguaje, en el rito del sufragio, en ese acto cuasi-sagrado de introducir un papel en una urna cada cuatro años y llamarlo soberanía; y así, convencido de que elige, obedece con una sonrisa.

De todos los males que las revoluciones ilustradas nos dejaron, y no fueron pocos, pues vinieron acompañadas de guillotinas y guerras de liberación que terminaron en nuevas tiranías, la democracia moderna es quizá el más sofisticado; no porque sea el peor en sus efectos inmediatos, sino porque es el único sistema político que ha logrado convencernos de que el sistema mismo es incuestionable, de que quien lo duda no es un pensador crítico sino un peligro, de que la única forma legítima de habitar el mundo político es aquella que ya existe y que, además, ya ganó. Así callamos y obedecemos. Y así, convenientemente, dejamos de pensar.

Detengámonos, pues, en el concepto. Soberanía proviene del latín superanus, el que está por encima de todo. La arquitectura filosófica sobre la que reposa la democracia moderna, de Bodino a Rousseau, de Locke a nuestras sucesivas constituciones republicanas, sostiene sin pestañear que el pueblo es el soberano, es decir, el que está por encima de todo, que de él emana el poder y que en él reside la legitimidad del Estado; pero la pregunta que nadie formula, o que se formula en voz baja por miedo a parecer reaccionario o, peor aún, nostálgico, es una pregunta brutalmente simple que ningún teórico del contrato social ha respondido con honestidad, a saber, quién es el pueblo. La respuesta canónica, aquella que se repite en los manuales de ciencia política y en los discursos de posesión presidencial con idéntica convicción acrítica, es la mayoría. Bien. ¿Y quién es la mayoría?

La Registraduría Nacional del Estado Civil ha sido testigo de lo que todos intuimos y pocos se atreven a decir, a saber, que en los más de cincuenta años transcurridos desde el cierre del Frente Nacional el abstencionismo ha sido el primer elector de Colombia; mas no un abstencionismo accidental o coyuntural sino uno estructural, constante, que atraviesa todos los gobiernos, todas las ideologías y todas las promesas de renovación democrática. Desde entonces, ningún presidente electo ha superado el 33% de votos sobre el total de ciudadanos habilitados para sufragar. Ninguno, sin excepción. En 1994 la participación en primera vuelta no alcanzó el 34% del censo electoral, convirtiéndose en la más baja de la historia reciente; en 2014 llegó apenas al 40%; e incluso en los años de mayor fervor cívico, como 1974 o 2022, la participación rondó el 58%, lo que significa que el ganador obtuvo una fracción de esa cifra ya minoritaria, y sobre esa base de papel, delgada y frágil como toda ficción bien construida, se erigió el mandato de gobernar a todos, de cobrar impuestos a todos, de llevar a la guerra a todos y de llamarse, con cara absolutamente seria, representante del pueblo.

El pueblo soberano, pues, es una ficción estadística, una mayoría de una minoría que habla en nombre de todos; y esto no es un defecto operativo de la democracia colombiana en particular sino una contradicción constitutiva de la democracia representativa como sistema, pues el soberano, ese ser colectivo al que Rousseau dotó de voluntad general y al que Sieyès le entregó el poder constituyente, nunca ha existido como tal. Ha sido siempre una minoría organizada que habla por una mayoría silenciosa que decidió, quizá racionalmente, quedarse en casa. Wojtyla, en su antropología filosófica, afirma que solo en la acción libre la persona se revela como tal, pues “la acción constituye un momento específico por medio del cual se revela la persona”; pero si aceptamos que todo acto consciente es acción, incluida la negativa, la abstención es también la persona que en pleno ejercicio de su libertad decide no avalar el juego, y el juego, entonces, se juega sin ella, pero la llama soberana de todas formas.

Si la legitimidad es la pregunta central y la mayoría real es la respuesta que el sistema nunca produce, entonces el sistema no resuelve su propio problema fundante sino que lo aplaza, lo disfraza y lo rebautiza con cada nueva elección; y cuando el disfraz se cae, cuando la abstención supera al voto y los presidentes gobiernan con mandatos de minorías sobre mayorías silenciosas, el único argumento que queda es la inercia institucional, votamos porque siempre hemos votado y obedecemos porque siempre hemos obedecido, lo que Husserl llamaría la actitud natural, esa forma del olvido del mundo en la que el humano irreflexivo habita sus objetos sin preguntarse por ellos; y mientras esa pregunta no se formule, el debate político seguirá siendo un intercambio de nombres propios donde la forma del poder nunca está en cuestión.

Ante ese agotamiento, vale la pena decir lo que la corrección política clausura antes de abrir, qué pasaría si el debate sobre la forma de gobierno fuera genuinamente libre, no en el sentido retórico con que la democracia celebra su propia tolerancia sino en el sentido estricto de revisar sus premisas sin la obligación de concluir en su defensa. En ese ejercicio honesto aparecen formas de gobierno donde la legitimidad no se construye sobre la aritmética de un día de urnas sino sobre la continuidad de una institución que trasciende al gobernante de turno, sobre la separación entre el poder del Estado y la popularidad efímera del candidato mejor financiado, sobre la estabilidad que produce saber que el jefe de Estado no es el resultado de una guerra de mercadeo electoral sino de una tradición que lo precede y lo sobrevive; y la monarquía constitucional tiene al menos una virtud que la democracia representativa sistemáticamente niega, la honestidad sobre el hecho de que el poder siempre es de alguien, que no promete lo que no puede cumplir y que no necesita fingir que gobierna en nombre de un soberano que nunca alcanza el 50%.

No podemos seguir confundiendo el mejor sistema disponible con el mejor sistema posible, pues en esa confusión hemos asumido la democracia como dogma y no como hipótesis sometida a crítica, lo cual es en sí mismo una abdicación del pensamiento, y una abdicación particularmente grave porque se disfraza de apertura, de pluralismo, de tolerancia; mas la tolerancia que no tolera la pregunta por sus propios fundamentos no es tolerancia sino dogmatismo con mejor prensa. El sistema que se declara incuestionable en nombre de la libertad ha cometido, sin saberlo o sabiéndolo muy bien, la misma operación que los sistemas que dice superar, la clausura del horizonte, la naturalización de lo contingente, la conversión de una apuesta histórica en una verdad eterna. Y eso, intelectualmente, es imperdonable.

La persona libre, nos recuerda Wojtyla, es aquella que puede decir quiero, pero podría no querer; mas un pensamiento que solo puede querer la democracia no es libre, sino que habita, cómodamente, su propia actitud natural, esa forma de existir en los objetos sin preguntarse jamás por ellos. Preguntarse por la democracia no es traicionarla ni destruirla, sino hacerle el único honor que merece cualquier idea que se pretenda seria, someterla al mismo escrutinio que ella misma proclama como virtud. Si la democracia es el gobierno de la razón pública, que soporte la razón pública aplicada sobre sí misma; y si no lo soporta, entonces no era el gobierno de la razón sino el gobierno del consenso, que es una cosa muy distinta y bastante menos noble.

El soberano lleva medio siglo sin alcanzar el 50% en ninguna elección colombiana. El soberano, al parecer, prefiere quedarse en casa. Y quizá eso sea lo más sabio que ha hecho.

 

Alejandro Ortiz Morales

Por pasión, soy músico, fehaciente lector, aspirante a Filósofo y hombre de familia. De profesión, soy abogado, especialista en finanzas, especialista en Derecho financiero y bursátil, y Magíster en administración financiera. He sido empleado y consultor en diversas empresas de los sectores financiero, energético y real.

Comentar

Haga clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.