El futuro nostálgico que imagina la nueva derecha

Capitalizar la esperanza de la gente ha sido un mecanismo histórico de poder que funciona simultáneamente como negocio y como forma de control social. Las religiones milenarias lo entendieron antes que nadie, y los populismos del siglo XX hicieron lo propio. Hoy, la nueva derecha que recorre el mundo lo instrumentaliza con mayor destreza que ningún otro movimiento político, convirtiendo la esperanza en el motor de su cruzada.

La nueva derecha comprendió cómo apropiarse de esa esperanza, erigiéndose en la única alternativa capaz de romper con un orden político que muchos perciben ineficaz o agotado. Milei, Trump, Bolsonaro, Kast, Abascal, entre otros, aprendieron a explotar las emociones colectivas en un doble frente: el miedo, con su política de odio y sus fantasmas agitados, pero también la promesa de un futuro de pureza recuperada. Una pureza que, según su relato, fue destruida por los avances en derechos y todo aquello que califican de “decadencia”, que no es más que la sociedad libre, plural y abierta. Ese futuro que imaginan tiene, curiosamente, la forma de su pasado nostálgico: los cuadriculados años cincuenta del siglo pasado, cuando se repetía «Dios, Patria y Familia».

Abelardo de la Espriella en Colombia y Keiko Fujimori en Perú ganaron las elecciones de sus respectivos países con la promesa del “orden”. Milei enarboló el símbolo de la motosierra como el arma con la que ejecutaría su épica “batalla cultural”, una contienda que augura ese mundo nuevo, purificado, purgado, del que se erradicarán los “parásitos”. Ahí reside uno de los vectores más peligrosos de este fenómeno: la normalización de la deshumanización, la naturalización del discurso de odio que con frecuencia termina traduciéndose en crimen de odio.

Del mismo modo en que las cruzadas o la Inquisición prometían redención y daban esperanza a las jerarquías que durante siglos monopolizaron el poder, la “batalla cultural” de la nueva derecha viene a encarnar un sentimiento análogo. Y esto es clave, porque la nueva derecha transmutó la esperanza en fuerza política, una esperanza que está indisolublemente ligada a la idea de pureza anhelada. Y la gente lo cree, lo elige, lo vota fanáticamente.

En un mundo donde la duda vuelve a ser perseguida y el dogma idolatrado, corrientes como las de Milei, Fujimori, Trump, Bolsonaro, Kast, Bukele o De la Espriella encuentran un terreno fértil para la construcción de una sociedad rígida y encerrada en el armario. Por eso la religión vuelve hoy a fundirse con la política en una dinámica de retroalimentación, impulsada sobre todo por el auge del movimiento cristiano-evangélico.

La palabra “esperanza” tiene un peso particular en el imaginario popular: evoca futuro, redención, posibilidad. No es casual que el pastor estadounidense Franklin Graham haya elegido ese nombre (“Festival de la Esperanza”) para su evento masivo evangelizador que despliega en distintas capitales del mundo, entre ellas la de mi país: Buenos Aires. En noviembre de 2025, reunió a más de 73 mil personas en el Estadio José Amalfitani, de Vélez Sarsfield.

Milei, quien ya había inaugurado un megatemplo en la provincia del Chaco y cuyo partido, La Libertad Avanza, cuenta actualmente con un bloque de 12 legisladores cristiano-evangélicos (con dos pastoras en sus filas), recibió a Graham en la Casa Rosada. Hijo de Billy Graham, el telepredicador que evangelizó a generaciones enteras desde la televisión estadounidense, Franklin Graham es ahora uno de los principales “asesores espirituales” y aliados políticos de Donald Trump.

Los pastores carismáticos dominan las redes sociales, convocan multitudes en estadios y se arrogan el papel de intermediarios entre el votante y el político local. La “teología de la prosperidad” —la cual ofrece riqueza y bienestar a cambio de fe y diezmo— y el discurso meritocrático de la nueva derecha se apuntalan recíprocamente casi sin fricción. Ambos, que trabajan en conjunto, prometen salvación a quienes crean lo suficiente.

Estos líderes —Trump, Milei, Bukele, De la Espriella y demás— se transfiguran en carne de lo divino, en la voz que un dios habría elegido para hablar al mundo: los mesías, los enviados, los que llevan con ellos a los soldados de “las fuerzas del cielo”. Se presentan como si tuvieran un mandato sacrosanto para gobernar, y el uso de la promesa, del dogma, del miedo y de la esperanza les funciona para atraer a millones de votantes que los eligen justamente por lo que juran destruir con motosierras: al otro.

Y la esperanza exige un creyente-votante (hoy, prácticamente lo mismo) exhausto, un enemigo visible y un redentor que llegue para arrasar con todo lo anterior: todo lo que arruinó la pureza. Eso es lo que la nueva derecha descifró y supo instrumentalizar, en parte, gracias a las redes sociales, la machosfera y el oscurantista resentimiento frente a los avances sociales: la gente está votando narrativas de salvación. Incluso cuando el mesías defrauda, el creyente-votante no reniega de su fanatismo: busca traidores.

Antonella Marty

Escritora y profesional en Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas, de origen argentino. Es autora de varios libros publicados por Deusto, entre ellos «El manual liberal» (2021), «Todo lo que necesitas saber sobre…» (2022), «Ideologías» (2024) y «La nueva derecha» (2025).

Su trabajo se centra en el análisis del auge de la nueva derecha, el narcisismo político y la creciente intersección entre religión y poder.

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