4:44. Abrir los ojos

Jorge Diego Mejía Cortés

Dieciséis minutos antes de las 5 de la mañana: ordenar los pensamientos, abrir los sentidos, mirar hacia arriba y hacia abajo, mover los ojos con sigilo e inspeccionar que no haya entidades negativas o malas energías alrededor. Las chanclas en su posición habitual. Rezar la jaculatoria. Diez pasos hasta el lavabo. Doce pasos hasta la cocina. Hoy es martes (odio los días pares). Limpio la llave del gas antes de abrirla, con ácido acético y un trapo verde (por ser martes), y enciendo la llama con rapidez, antes de que huela a propano. Término medio, ni mucho ni poco. Me gusta el sonido frenético del fuego y el color azul verdoso, pero no su olor.

Busco un café orgánico, liofilizado, sembrado, cosechado, compactado y extraído de las montañas de la Sierra Nevada por las manos ingentes de campesinas desmovilizadas y cabezas de medusa que tuvieron que abonarlo con cenizas de sus ancestros recién asesinados. Leo la descripción detallada de sus propiedades organolépticas y veo un error de ortografía y dos de redacción (una coma mal puesta y una tilde faltante). Prendo la radio: el mejor expresidente del universo está rabiando incongruencias desde su nueva curul. Decido apagar al tibio decrepito y, en su lugar, pongo El Anillo del Nibelungo.

El agua hierve dependiendo de la altitud y de los factores climáticos. En este caos medioambiental, (culpa del último facineroso presidente de izquierda que tuvo la República), ya no sabemos a qué temperatura hierve el agua. Entonces busco presuroso un termómetro especial para café (importado de Alemania, como debe ser) y mido la ebullición: 99.9º Centígrados (Celsius), o sea  211.82 grados Fahrenheit (medida adoptada por los Estados Hundidos), o  373.05 grados Kelvin (no aplica para científicos sociales). Esto, dependiendo de la latitud o altitud de donde se mida. Lo que significa que ya puedo degustar mi bebida matutina.

Cierro los ojos, aspiro el olor, pienso con sentido respeto en las personas que sacrificaron su vida para que este humilde servidor pudiera saborear esta delicia. Un sorbo corto y sonoro, uno más largo y recatado. No importa que me queme la lengua. Extraigo las pastillas de un botiquín blanco con una bandera roja: tres ovaladas y gigantes, color palo de rosa, que huelen a orina de vaca; dos más pequeñas, rojas, inoloras y simpáticas, marcadas con los días de la semana; una capsula considerablemente grande, roja y amarilla, como si advirtiera su veneno. No entiendo por qué, pero por ningún motivo debo dejar de tomarlas (quizá el mismo motivo por el cual, no debo manipular cuchillos, navajas ni armas de fuego).

Quizá merezca que me queme la lengua, quizá deba ofrecerla como una expiación. Pero yo pago mis impuestos, doy el diezmo. Quizá he sido demasiado bueno con los simples mortales. ¿Acaso algo de lo que creo es cierto? ¿Acaso las personas que habitan esta casa tienen signos vitales? Un gato que no es mío se ríe de mí desde una ventana que no existe. Un cuadro de Ilya Repin me acompaña. La última mujer que pude amar yace fría, indiferente y maloliente. Todo indica que es una veneca malagradecida: bonita, sí, pero sin modales ¡Qué rápido se marchitó! Pasó de ser una Rosaceae Chinensis a ser un Amorphophallus titanum. Qué falta de urbanidad.

Advierto que afuera comienza a llover.

4:50

¿Cómo freír tres huevos, un tomate y dos cebollas en una mañana lluviosa?

En primer lugar (conditio sine qua non), nunca, bajo ningún motivo, se deben freír dos, cuatro huevos, mucho menos seis. Son cifras ridículas, absurdas, faltas de sentido.

Uno frita un huevo, de preferencia de cáscara blanca, inmaculado, entero, cuya yema debe quedar en el centro, cuando el aceite alcance el punto exacto de calor (siete minutos exactos). Así se puede sentir el sonido que sublima la perfección de la cocción. (Si me gustaran las onomatopeyas, aquí iría el sonido preciso, pero las detesto tanto como a los petristas).

Pero tres huevos se distribuyen mejor y equitativamente sobre el sartén, formado un triángulo equilátero: el numero perfecto, las proporciones perfectas. Huevos de gallina libre, libre de testosteronas, libertina, empoderada, emancipada, que toma sus propias decisiones sobre su cuerpo emplumado.

Pero bien, vamos al proceso en sí. El primer paso será (indiscutiblemente) sacar los huevos de la nevera. Sí, de la nevera. No se puede permitir que los óvulos calcáreos de gallina se queden en una inmunda caja de cartón oliendo a culo en un gabinete o alacena, y se vayan a consumir así no más… y que Dios no lo quiera lleguen esos desagradables seres extraterrestres llamados cucarachas (una muestra más del increíble odio que el demonio nos profesa desde tiempos milenarios).

Se sacan de la nevera en estricto orden numérico. Con antelación se han dispuesto de menor a mayor en la puerta de refrigeración y, si es posible, por el tono de color que estos posean. Por eso la importancia de que sean blancos, inmaculados, para no caer en preferencias.

En un recipiente de vidrio, lógicamente transparente, llenado previamente con agua, se deposita uno por uno cada unidad calcárea, observando con detenimiento si la célula gigante flota, se queda en medio del contenido del vaso o se hunde. En este punto, pueden ocurrir tres cosas, a saber:

1) Si se hunde: tendremos un huevo sano, fresco, impoluto, que puede y debe ser consumido cuanto antes.

2) Si se estanca en la mitad: nuestro producto avícola se encuentra al borde de la perdición y debe ser desechado cuanto antes. Ya se ha malogrado. La semilla de la perdición ha hecho metástasis y, en ese caso, debe tirarse por el inodoro, para que acompañe las aguas negras del río Porce y llegue a la desembocadura de la gran cloaca donde todos quieren ir a pasar sus vacaciones (sobre todo los más pobres)

3) Si el huevo flota: en su interior se estará incubando el germen del mal. Es probable que se requiera de un rosario o varios padrenuestros.

Ahora bien, partimos de que nuestro grato alimento aviar se encuentra en un estado inmaculado. Se lavan, de todas formas, antes de proceder a partirlos (ojalá, con amonio cuaternario). Se disponen sobre una tela blanca, en dirección al oriente cósmico, mientras extraemos de la nevera los ingredientes que acompañarán la ingesta diaria:  un tomate chonto y dos cebollas cabezonas.

4:54

Partir una cebolla:

¿Cómo partir una cebolla?

Solo Dios sabe, el intríngulis geométrico que significa partir una cebolla. ¿Una cebolla? La fruta creada por los dioses con capas y capas de misterio. La cebolla se pone encima del estornudo, como si se sometiera a un condenado. (Todo lo que entra en mi casa son frutas, incluyendo a las personas). Es rico saborear las frutas porque las verduras, (me enseñó mi padrastro), son criaturas horrendas.

Un estornudo es una tabla fina donde se colocan y se parten la carne y las cebollas. Las cosas no tienen por qué llevar nombres cotidianos, decía Foucault (no el león sino el otro, el marica). En mi casa, por ejemplo, una caverna y un simposio son partes íntimas que no deseo recordar en este momento. Aquí no se puede hacer el amor hasta las 11:11 de la mañana y después de las 10:10 de la noche, según mi propio código de conducta.

Volvamos a la cebolla: Se desechan las dos primeras capas de la cebolla (como lo haría Gunter Grass) y la tercera, que emerge albigense, inimputable, se parte con tanto cuidado como sea posible, en trocitos que no superen los dos o tres milímetros, hasta que las primeras lágrimas aparezcan en el rostro del manipulador. (Lágrimas que deben ofrendarse a Dios por nuestros pecados, que no son las lágrimas de cocodrilo de la izquierda rancia)

4:55

Partir un tomate:

No existe un alimento tan malagradecido e impredecible como un tomate: te mancha la ropa, te escupe, cuando le da la gana no se parte, sino que se arruga. La cáscara no es uniforme, a veces resulta con mellas o con mosaico de tabaco. ¿En qué momento este señor se convirtió en parte esencial del hogao? ¿Cómo hicieron las empleadas del servicio para lidiar con semejante fruta engorrosa?

Lo mejor es (aunque también detestable por su ceremoniosa espera), calentarlo para que suelte la cascara y poder partirlo con tranquilidad. Aunque, en más de una ocasión, la piel se reúse a dejar el fruto y queden unos mucilagos fastidiosos nadando en el guiso. Gajes del oficio de un matemático judío.

La sal: bendita, adorada, sempiterna sal. Por último, la alquimia, la santa cocción que convierte los alimentos: pasan de ser elementos vulgares a comida cristiana. El fuego no solo limpia los pecados, sino que enaltece la necesidad de subsistencia. Luego, el tiempo indica que la naturaleza se ha sacrificado para ser devorada por el hombre (hombre blanco, católico, heterosexual)

Después de repasar minuciosamente el protocolo diario, abro la nevera. Para mi sorpresa, solo quedan dos huevos y un tomate. No hay cebollas. No hay sal. Una salchicha vinagre y un bocadillo. Un temblor de angustia y rabia se apodera de mi medula y estalla en mi hipófisis. Un brote de sangre espesa emana debajo de la cama. Vida hijueputa; ¡Cuánto extraño el psiquiátrico!

4:57: partir un ser humano. Desayunarlo.

(4:44 hace parte del último libro de cuentos titulado cuentos antisistema)

 

Jorge Diego Mejía Cortés

Docente Normalista. Politólogo Universidad de Antioquia. Especialista en Gerencia Pública.

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