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“La guerra que nadie declara, pero que igual asfixia, empobrece y somete.”
Hay una guerra en curso que ningún ejército libra y que ningún parlamento votó. Estados Unidos la llama Operación Paria Económico, la presentó así el propio secretario del Tesoro, Scott Bessent, como “la mayor ofensiva financiera jamás orquestada contra un adversario”. El objetivo es cortar las últimas cuerdas de salvamento de Irán; el método, sancionar a cualquier banco, empresa o país que se anime a comerciarle. Días después, Washington sancionó al banco ruso VTB por facilitar esa evasión, y advirtió que China, India o Turquía correrán la misma suerte si insisten. No es una política de sanciones, es una declaración de guerra que prescinde deliberadamente de declarar la guerra.
La lógica no es nueva, el derecho internacional dejó de ser un límite para convertirse en un obstáculo que se sortea. No importa si la medida es compatible con las reglas de la Organización Mundial del Comercio, ni si viola la igualdad soberana que consagra la Carta de la ONU. Importa la voluntad unilateral, y el precio que paga cualquiera que la desafíe, la exclusión del sistema financiero global. Irán llamó “terrorismo económico” a la ofensiva; su canciller, Abbas Araghchi, dijo que ya habían visto esta película, con los mismos guiones y distintos matones. Pero esta vez el cerco es más amplio, ya no se trata solo de asfixiar a un país, sino de reorganizar el orden económico mundial en torno a la obediencia.
A la Argentina le toca jugar de local en la misma partida. El gobierno sancionó a 45 personas y empresas, entre ellas Navitas Petroleum y Rockhopper Exploration, por explotar petróleo en Malvinas sin autorización de Buenos Aires. Londres respondió con una guía oficial que ampara a esas empresas, sostiene que la Argentina no ejerce jurisdicción sobre el archipiélago y les ofrece respaldo diplomático y legal. La paradoja es cruel, la Argentina sanciona en el sur a las mismas empresas, o a sus socios, que necesita seducir para invertir en Vaca Muerta. La Cancillería expresó su rechazo, pero el precedente ya quedó fijado, las sanciones argentinas no tienen efecto extraterritorial, y quien las desafíe contará con el paraguas británico.
El caso cubano es el más antiguo y el más brutal. En mayo, la Casa Blanca llevó el bloqueo a la isla a niveles extremos y sin precedentes, habilitando sanciones secundarias contra cualquier banco o empresa de un tercer país que le venda combustible o mantenga relaciones con ella. El resultado son apagones masivos, escasez de alimentos y un transporte paralizado, un esquema que Naciones Unidas calificó de amenazas y coacción y que puede convertir a la isla en una Gaza silenciosa. El mensaje a América Latina es el mismo que recibe Irán, la soberan´ía económica no existe cuando Washington decide que no debería existir.
La región, hasta ahora, ha respondido más con retórica que con acción. La CELAC reclama una región libre de medidas coercitivas unilaterales, pero no tiene ningún mecanismo vinculante para proteger a sus miembros, y quienes más sufren las sanciones son, precisamente, los países con menos peso para resistirlas. América Latina, sin embargo, no llega con las manos vacías, la doctrina Calvo prohibía la protección diplomática por deudas contractuales, la doctrina Drago prohibía usar la fuerza para cobrarlas. Las dos son hoy letra muerta.
Lo que comparten Irán, Cuba y Malvinas no es la justificación moral que cada potencia invoca, es el fundamento real, la voluntad unilateral por encima de la Carta de la ONU. Es el regreso al estado de naturaleza hobbesiano, solo que la fuerza ya no se ejerce con cañones sino con el acceso al dólar. La pregunta no es si las sanciones funcionan, la evidencia muestra que no. Puede ser que América Latina construya, alguna vez, los mecanismos colectivos que la protejan de ellas. No es una agenda revolucionaria, es una agenda de supervivencia soberana, y exige lo único que la región tiene en abundancia en el discurso y en escasez en la práctica es la voluntad política. Sin ella, no habrá mecanismos y sin mecanismos, no habrá soberanía y sin soberanía, la supervivencia será apenas una palabra hueca.













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