Del piso no pasa

Dibuja una bicicleta. De memoria, la más simple que puedas, ahora, antes de seguir.

La has montado mil veces. Yo también.

Venía de años en bicicleta: durante mis años de universidad bajando montañas en Boyacá, metiéndome en el tráfico, derrapando entre carros sin pensarlo dos veces, sintiéndome uno con las dos ruedas. Hace dos años, ya radicado en Bogotá, compré una moto —una Svartpilen de 150 kilos—. Había hecho el curso, venía semanas practicando los fundamentos teóricos de la técnica: básicamente ochos y contramanillar. Estaba confiado.

La confianza me duró hasta mi primera curva cerrada, bajando un puente hacia la Autopista Norte. Ese segundo en mitad de la curva, con la sensación de que algo no encajaba, la moto inclinándose y la inercia que no me dejaba parar. Recuerdo el tiempo lento y aun así saber que me iba a estrellar. No fue que no supiera girar. Fue que sabía girar, pero una bicicleta. Toda la práctica se me evaporó en ese momento. Semanas de ochos no le ganan a quince años de pedalear cuando el susto manda: el cuerpo agarra por el surco más hondo, y el más hondo era la bicicleta en las montañas de Boyacá.

Cuando me levanté, la moto estaba acostada sobre el carril. La caída no fue grave. Me puse en pie adolorido. Aún en shock, levanté como pude los 150 kilos del piso, algo que en bicicleta nunca tuve que plantearme. Agradecí que arrancara. La pierna derecha me ardía. Llegué a casa con vergüenza.

En la bici nunca me pasó. No porque no me hubiera caído, sino porque ahí un viejo instinto jamás se volvió un lastre poco confiable. Aprendí a las malas que el ángulo máximo de giro de mi moto era menor.

Volvamos al dibujo. Busca una bicicleta de verdad y compárala con el tuyo. Tranquilo: casi nadie la dibuja bien —la cadena queda en un sitio raro, falta medio marco—. La pedaleaste toda la vida. Nunca la conociste como es realmente; solo la usaste. Y hasta hoy nunca te hizo falta.

Eso que sentiste al comparar —creer que sabías y no— es lo que yo sentí en la curva, solo que a ti no te costó un hematoma en la pierna. Tu dibujo torcido es mi moto en el piso: la misma caída, pero sin moretón.

Mucho después encontré un concepto que describe algo parecido. Simondon escribió sobre la relación alienada con los objetos técnicos: no la ignorancia, sino la familiaridad. El objeto se vuelve tan cercano que desaparece de la vista. Lo usamos. Dependemos de él. Incluso desarrollamos habilidad con él. Pero dejamos de verlo.[1]

La bicicleta estaba integrada en nuestros movimientos. Precisamente por eso había dejado de entenderla.

Musashi recomendaba estudiar la Vía en todos los oficios[2]. No porque todos los oficios sean iguales, sino porque el cuerpo reconoce patrones antes de que el lenguaje los nombre[3]. Algunas lecciones llegan como conceptos; otras llegan como contacto. Algunas son transmisibles, otras no tanto.

Años después experimenté otra versión de la misma historia.

Viví en un edificio de unos quince pisos. Volví de un viaje y los vecinos se quejaban del ascensor: lento, insoportable, todos los días lo mismo. Yo solo había notado un cambio al llegar —unas mantas protectoras en las paredes, por una obra reciente— y lo descarté como lo que parecía: nada.

A los pocos días ya lo sentía yo también. Entraba a las seis de la mañana, lleno, el saludo tenso con gente que uno ve y no conoce, los ojos sin dónde posarse. El trayecto se hacía eterno. Llegué a pensar en quejarme de la demora —yo, que mido cosas para vivir, que sé que un ascensor de quince pisos sube un un tiempo relativamente fijo—. Lo sentí mucho mas lento. Le tome tiempo, menos de un minuto. Nunca más de dos, incluso con paradas.

Quitaron las mantas. Debajo estaba el metal bruñido de siempre, tipo espejo, el que llevaba ahí desde el principio. Respiré aliviado, el trayecto se aligeró, y solo bastante después caí en cuenta de qué había pasado: nunca fue la velocidad. Las mantas habían tapado las paredes reflectantes, la gente se había quedado sin nada que hacer con los ojos, y la espera se volvió insoportable sin durar un segundo más. La cura no aceleró nada. Devolvió los espejos.

Yo tenía las herramientas para verlo y no lo vi. Vi el cambio —las mantas— y lo descarté. Sentí el problema donde no estaba. Me subí confiado a la máquina que creía conocer: reduje a segundos algo que no vivía en los segundos. En la curva, el instinto de la bici me dijo que podía girar. En el ascensor, el instinto del que mide me dijo que el tiempo había empeorado. Las dos veces el surco más hondo me agarró, y las dos veces era el surco equivocado.

Llegué a la ingeniería desde la literatura y la filosofía. Antes de medir nada, yo era el que desconfiaba de la medida. Cuando un número me incomodaba tenía la frase lista: eso es reduccionista. La decía bien, con razones, y casi siempre era cierta —los números aplanan, pierden lo que importa, dejan fuera al que no cabe en la tabla—. Pero la decía también cuando no había entendido el número, igual que hoy se dice dato mata relato al que no quiere mirar lo que el dato muestra; al que no entiende que, si se quiere replicar con precisión un aroma, se necesitan más y mejores números. Khayyam resolvía ecuaciones cúbicas y escribía poesía[4]; nunca pareció considerar que fueran actividades incompatibles.

La frase no cerraba el problema. Cerraba la conversación.

Es el mismo gesto del ascensor, pero volteado. Yo reduje a segundos lo que no vivía en los segundos; el que desconfía de toda medida reduce al revés: vuelve incontable lo que sí se podía contar. Uno se sube a la moto creyendo que sabe girar; el otro se niega a subirse y jura que el camino está mal trazado. Los dos vienen de años en algo —medir, o sospechar de la medida—. Los dos tienen razón en su montaña y se estrellan en la ajena. Ninguno cae por bruto. Caen por expertos.

Hay una salida fácil de todo esto: no subirse. No comprar la moto, no mirar el dato, no cuestionar el reloj. Quedarse en la bicicleta que ya se domina, en la vía donde uno nunca se cae. Y funciona: el que no se sube no se estrella. El que reduce todo a su única medida tiene razón siempre, dentro de su montaña. Se ahorra el raspón, la vergüenza, el ridículo del dibujo torcido.

Lo que no se ahorra es lo otro. Porque la caída de la que huye no le hace nada —un moretón en la pierna, un metal que se sentía lento, un dibujo que no era—. De ese piso se levanta uno: lo paga arrancando la moto y llegando a casa. Y a cambio de no pisarlo, se queda quince años pedaleando con la certeza de que sabe conducir, sin haber conducido nunca. Seguro en una sola cosa, ciego a todas las demás, y sin un solo moretón que le avise.

Hay caídas que sí se cobran caro, de las que no se vuelve. Esas valen el miedo. Pero no son estas. A estas les huimos toda la vida, y son las baratas: las que solo cuestan ponerse de pie con la pierna ardiendo y la cara roja. Le tienes miedo a un piso que no te hace nada.

Dibujaste mal la bicicleta. No te pasó nada. Sigues ahí, sentado, intacto.

Al final del piso no pasas.

[1]Gilbert Simondon, El modo de existencia de los objetos técnicos (Du mode d’existence des objets techniques, 1958). La tesis de que la cultura desprecia al objeto técnico al tratarlo como simple utensilio —usándolo sin conocerlo— abre la introducción del libro.

[2]Miyamoto Musashi, El libro de los cinco anillos (Go Rin no Sho, c. 1645)

[3]António Damasio, El error de Descartes (Descartes’ Error, 1994). Sostiene que la razón no opera al margen del cuerpo: lo somático participa del juicio y no es un mero soporte de la mente. De ahí que el saber del cuerpo no sea una versión inferior del saber, sino otra clase de él.

[4]Omar Khayyam (1048–1131), matemático y poeta persa: autor de un tratado sobre la resolución de ecuaciones cúbicas y de los cuartetos reunidos como Rubaiyat.

Jonathan García A.

Boyacense en Bogotá. Le interesa la distancia entre saber algo y saber hacerlo. Vino de la literatura y la filosofía; hoy trabaja en ingeniería de datos.

Comentar

Haga clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.