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Mi ruptura no nació de un discurso partidista ni de una conversión repentina. Nació del estudio, de la evidencia y de la decepción. Mientras más leía sentencias, analizaba políticas públicas, revisaba estadísticas y observaba experiencias internacionales, más evidente resultaba la distancia entre el discurso y los hechos. Descubrí que quienes prometían superioridad moral terminaban incurriendo en las mismas prácticas que denunciaban. Descubrí que detrás de muchas consignas había dogmas, y detrás de muchos dogmas había intereses. Y entendí algo fundamental: la política no puede evaluarse por emociones o relatos épicos, sino por resultados.
También comprendí que una de las mayores fortalezas de la izquierda contemporánea ha sido el control del lenguaje. Durante décadas logró imponer etiquetas destinadas a silenciar al contradictor. Quien defendía la autoridad era autoritario. Quien defendía la seguridad era represor. Quien defendía la familia era retrógrado. Quien defendía la iniciativa privada era insensible. Quien defendía valores conservadores era sospechoso de antidemocrático. Sin embargo, ese mecanismo empieza a agotarse. Cada vez más ciudadanos entienden que discrepar de la izquierda no convierte a nadie en enemigo de la democracia. Convierte a una persona en alguien que simplemente tiene otra visión del país.
Hoy observo con atención lo que ocurre en distintas democracias del mundo. Contra todos los pronósticos de los profetas del desastre, los proyectos de centroderecha y derecha democrática han demostrado que pueden gobernar, alternarse en el poder y respetar las instituciones. El apocalipsis que durante años anunciaron nunca llegó. Lo que sí llegó fue una ciudadanía más escéptica frente a las narrativas del miedo y más interesada en los resultados concretos: crecimiento económico, seguridad, estabilidad institucional, control del gasto público y oportunidades para quienes trabajan y producen.
Mi mayor decepción política fue descubrir que muchos de quienes hablaban en nombre de los trabajadores, la educación, la justicia social y la ética pública terminaban reproduciendo exactamente aquello que decían combatir. Fue una desilusión profunda. Una verdadera tusa política. Descubrir que los paros de FECODE muchas veces servían más a intereses burocráticos que a los ciudadanos, que algunos de los autoproclamados guardianes de lo público actuaban con la misma mezquindad que criticaban, y que la pureza moral era apenas una estrategia discursiva, me obligó a replantear mis convicciones. Fue doloroso, pero también liberador.
Por eso, el próximo domingo, mi invitación es sencilla. Votemos sin miedo, sin complejos y sin aceptar caricaturas ideológicas. Votemos pensando en el país que queremos dejar a nuestros hijos, no en las consignas que nos repiten desde hace décadas. Votemos por la responsabilidad frente al despilfarro, por el orden frente al caos, por la libertad frente al intervencionismo y por la verdad frente a la propaganda. Yo ya recorrí el camino que va de la ilusión al desencanto. Y precisamente por haber estado al otro lado, hoy tengo la certeza de que Colombia necesita recuperar el sentido común. El próximo domingo, esa decisión está en nuestras manos, tenemos la oportunidad de cambiar la anarquía por la libertad y el orden en el Palacio de Nariño.












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