Cuando dejamos de usar nuestras manos

Realizar una pausa para realmente pensar se ha convertido en un hábito poco común. Vivimos rodeados de estímulos que reclaman nuestra atención de manera constante y que parecen no concedernos el tiempo necesario para preguntarnos hacia dónde vamos. Y cuando, por un instante, logramos detenernos, me pregunto si ¿realmente estamos pensando por nosotros mismos o somos simplemente un eslabón más de aquello que Hannah Arendt habría llamado, muchos años atrás, una cadena causal?

Las cadenas que hoy nos limitan no siempre podemos apreciarlas a simple vista. No hay barrotes, no hay cerraduras, no hay ruido alguno. Sin embargo, están omnipresentes, acompañándonos a todas partes y a todas horas. Estas cadenas se esconden detrás de una pantalla, de una recomendación, de una notificación, de un algoritmo que aprende de nuestros comportamientos y que, poco a poco, comienza a anticipar aquello que queremos antes incluso de que nosotros mismos lo sepamos.

Y así, casi sin darnos cuenta, entregamos aquello que quizás es lo más preciado que tenemos: nuestra propia humanidad.

Santiago Jiménez Londoño, en el capítulo introductorio de su obra Algoritmos Deshumanizantes, nos advierte sobre esta posibilidad cuando afirma: “Quizás el aspecto más inquietante de los algoritmos deshumanizantes es su tendencia a eliminar precisamente lo que hace humana nuestra experiencia: la indeterminación, la ambigüedad, la capacidad de sorprendernos y sorprender a otros, de actuar de formas que contradigan nuestro comportamiento pasado.

Y tal vez aquí se encuentra una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: hemos construido tecnologías capaces de ofrecernos posibilidades que hace apenas unas décadas parecían inimaginables, pero al mismo tiempo corremos el riesgo de reducir nuestras propias posibilidades como seres humanos. Tenemos acceso a casi todo al alcance de un clic, pero ¿cuánto de nuestra capacidad de detenernos, de dudar, de explorar lo inesperado y de dejarnos sorprender estamos dispuestos a entregar a cambio de esa comodidad?

Es innegable la extraordinaria capacidad que el desarrollo tecnológico ha puesto al alcance de nuestro dedo. Nunca había sido tan sencillo acceder a información, comunicarnos, comprar, decidir, producir o relacionarnos con el mundo. Pero justamente allí aparece una cuestión que, aunque puede parecer pequeña e insignificante, es notoriamente simbólica: cada vez utilizamos más el dedo y menos nuestras manos como conjunto.

El filósofo Byung-Chul Han nos ayuda a mirar este fenómeno desde una perspectiva reveladora cuando plantea que “la mano actúa, el dedo elige”.

La mano está vinculada a la obra, al hacer, al trabajo, a la creación y a nuestra capacidad de transformar la realidad. La mano toca, construye, escribe, acaricia, cultiva, sostiene. Se encuentra con la resistencia de las cosas y, al hacerlo, establece una relación con ellas.

El dedo, en cambio, habita cada vez más el dominio de lo digital. Pulsa, desliza, acepta, rechaza, compra, selecciona o pasa al siguiente contenido. Puede hacerlo con una velocidad extraordinaria y, muchas veces, sin necesidad de detenerse a comprender aquello que está tocando.

La mano transforma el mundo; el dedo simplemente lo selecciona.

Cuando nos detenemos en esta diferencia, comenzamos a percibir que no estamos hablando únicamente de una forma distinta de interactuar con la tecnología. Estamos hablando también de una transformación en nuestra manera de relacionarnos con el mundo.

La tecnología nos ofrece la sensación de que casi todo está disponible y bajo nuestro control. Basta un movimiento del dedo para acceder, descartar o elegir. Pero vale la pena preguntarnos si realmente queremos que todo esté siempre disponible, si todo debe ser inmediato y si todo puede, o debería, estar bajo nuestro control.

Tal vez necesitemos conservar un espacio para aquello que no controlamos: para la espera, para la incertidumbre, para el error, para el encuentro inesperado, para eso que nos exige tiempo y compromiso.

Un dedo no necesita comprometerse con aquello que toca. Puede pasar de una cosa a otra sin dejar una huella que permanezca en el tiempo. La mano, en cambio, deja marca. La mano que cultiva una semilla tiene tierra entre los dedos. La mano que escribe deja una huella sobre el papel. La mano que crea transforma aquello que toca. La mano que cuida tiene que permanecer.

En medio de tanta tecnología, velocidad y automatización, debemos recordar algo de nuestra humanidad: no todo lo que podemos seleccionar merece ser elegido, y no todo lo que podemos controlar necesita estar bajo nuestro control.

Necesitamos recuperar nuestras manos. No para renunciar a la tecnología, sino para volver a utilizarla como aquello que debería ser: una extensión de nuestra humanidad y no un sustituto de ella.

Que el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea aprender a hacer más cosas con nuestros dedos, sino asegurarnos de que, mientras lo hacemos, no olvidemos aquello que todavía podemos hacer con nuestras manos, con nuestra mente y, sobre todo, con nuestra capacidad de elegir quiénes queremos ser.

Manuel Ignacio Arias Vélez

Ingeniero de Sistemas y especialista en Gerencia de Sistemas y Tecnología. Apasionado por la tecnología, pero también por el arte, la música y la filosofía. Pianista aficionado y explorador permanente de las conexiones entre conocimiento, creatividad y pensamiento humano. Creo firmemente que la tecnología cobra verdadero sentido, y cumple con su propósito, cuando está al servicio de las personas y contribuye a construir una sociedad más humana.

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