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Candidatos, candidotes y estococracia

Unos ocho políticos profesionales, es decir, unas ocho personas que han vivido durante décadas del presupuesto público, han conformado una variopinta alianza para disputarse en votación primaria la candidatura a la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 2022. Todos quieren ser presidente de la República, al igual que otros 15 ó 20 que se mueven en las diferentes bandas de confuso y amplio espectro de la política colombiana. No es improbable que a finales de este año haya una treintena de ellos disputándose el favor de los electores colombianos.

Esta increíble profusión de candidatos y candidotes, que alcanza una escala desmesurada en las elecciones de cuerpos colegiados y autoridades locales, es la simple consecuencia de un sistema electoral que acabó con el régimen político basado en partidos estables, duraderos y diferenciados y lo sustituyó por uno de personajes que forman alianzas contingentes, casuales y azarosas al vaivén de las coyunturas políticas.

Este es un fenómeno que hace metástasis en el mundo entero y, en particular, en los regímenes presidenciales de América Latina, donde los sistemas electorales parecen diseñados exclusivamente para tramitar las ambiciones personales de poder de los profesionales de la política.

La atomización de la política es consecuencia directa de los sistemas electorales, lo que en el caso de las elecciones de cuerpos colegiados tiene que ver con el tamaño de la circunscripción y el grado de proporcionalidad entre votos emitidos y escaños obtenidos. Circunscripciones más grandes en cuanto al número de escaños y de mayor proporcionalidad, conducen a la mayor proliferación de candidatos.

Los sistemas de elección presidencial de doble vuelta, prevalecientes en la mayoría de países de América Latina, convierten la elección de presidente en un proceso largo, costoso y agobiante que empieza prácticamente al otro día de la última votación. Para elegir su presidente, los ciudadanos deben participar hasta en tres votaciones: las primarias entre precandidatos y las dos vueltas presidenciales.

El sistema de corrupción legalizada, en el que el asistencialismo y el intervencionismo han convertido a casi todos los gobiernos modernos, lleva a que el contenido de las propuestas políticas no difiera en sustancia de un candidato a otro. Todos aspiran a conseguir la mayoría prometiendo a cada minúsculo grupo de interés la adopción de medidas especiales para satisfacer sus quejas particulares. Estamos llegando pues a un mundo de la política en el que cada individuo quiere del gobierno su beneficio particular y en el que cada uno se siente capacitado para obtenerlo para si mismo y dárselo a los demás. Estamos llegando a un mundo en el que todos se sienten capaces de gobernar y con derecho de hacerlo.   Estamos llegando al mundo de la estococracia o el gobierno estocástico.

La estococracia – también demarquía, insaculación, lotocracia o gobierno aleatorio – es un sistema político sin partidos ni elecciones en el cual los gobernantes son elegidos por sorteo entre todos los ciudadanos o grupos de ciudadanos habilitados.

Modernamente la demarquía se asocia con las ideas del filósofo australiano John Burnheim, expuestas en varios trabajos, el más reciente de los cuales, El Manifiesto de la Demarquía: para una mejor política pública, fue publicado en 2016. Sin embargo, la elección por sorteo tiene sus orígenes en la Grecia Antigua.

Para Platón, el rasgo característico de la democracia es justamente la elección del gobierno por sorteo:

“El gobierno se hace democrático cuando los pobres, consiguiendo la victoria sobre los ricos, degüellan a unos, destierran a los otros y se reparten con los que quedan los cargos y la administración de los negocios, reparto que en estos gobiernos se arregla de ordinario por la suerte”. (La República, libro VIII, 557).

En su Política, Aristóteles indica también que el sorteo es el modo de nombramiento propio de la democracia:

 “…parece ser democrático que los cargos se den por sorteo y oligárquico que se den por elección” (Política, IV, 1294b).

En su obra La Constitución de Atenas, informa Aristóteles que los atenienses elegían por sorteo la mas alta magistratura de la Polis: el Consejo de los Areopagitas o simplemente Areópago:

“Formaban el consejo cuatrocientos uno de los ciudadanos de pleno derecho, elegidos por sorteo. Se sorteaban para esta y para las demás magistraturas los que han cumplido 30 años. El consejo del Areópago era el guardián de las leyes y vigilaba a los magistrados para que mandasen conforme a las leyes” (Constitución de los atenienses. 3, 4)

Para garantizar el completo anonimato de la elección, los atenienses se inventaron un instrumento llamado Cleroterion en el cual se depositaban las placas con los nombres de los ciudadanos para ser extraídas al azar y elegir así a los magistrados.

 Cleroterion, Museo de Atenas

El gran Montesquieu se refiere al sorteo electoral en términos especialmente elogiosos:

“La elección por sorteo es propia de la democracia; la designación por elección corresponde a la aristocracia. El sorteo es una forma de elección que no ofende a nadie y deja cada ciudadano una esperanza razonable de servir a su patria” (Del espíritu de las leyes, Primera parte, libro II, capítulo II).

Otros filósofos de la Ilustración como Rousseau y Condorcet aprobaban el sorteo como la forma de elección de gobernantes propia de la democracia. De hecho, si nos atenemos a Montesquieu y, antes de él, a Aristóteles, los sistemas electorales del mundo entero, que escinden los ciudadanos entre elegibles y electores, son oligárquicos o, en el mejor de los casos, aristocráticos.

La principal objeción que se hace a la elección aleatoria de gobernantes es que los así nombrados podrían no tener los méritos intelectuales y morales para ejercer los cargos. Una mirada a la lista de alcaldes y gobernadores y a la composición de nuestros cuerpos colegiados sugiere que el resultado de una elección aleatoria difícilmente podría ser peor que el de las votaciones usuales.

La paradoja de nuestro sistema electoral es que, obligados a escoger entre un gran número de candidatos, los ciudadanos colombianos votan tan a ciegas como lo hacían los electores del célebre dictador hondureño Tiburcio Carías Andino. Colocados en fila en el puesto de votación, a los votantes se les entregaba un sobre cerrado con el nombre del candidato. A quien quería mirar dentro del sobre, el jurado electoral lo reprendía diciendo: ¡no mire, el voto es secreto!