
Al fondo, una foto de Fidel Castro. Debajo, escribiendo en un libro de condolencias ante una especie de altar dedicado al tirano, vemos a Iván Cepeda con un fervor casi religioso, canonizando la tiranía y la miseria causadas por el régimen cubano.

Este pequeño detalle no parece importarle mucho a nueve millones de colombianos confundidos, pero para otros basta ese gesto de amor por las dictaduras para despertar la más honda repulsión. La simbología detrás de esa fotografía es más diciente de lo que muchos creen.
Las simpatías del presidente Gustavo Petro por Hugo Chávez nunca han sido un secreto. Lo vimos junto al extinto dictador durante una visita a Colombia, participando en el llamado “Juramento Bolivariano” frente a la estatua del “Libertador”, y también hemos leído sus expresiones de admiración en redes sociales. Lo de Iván Cepeda, sin embargo, cruzó una frontera distinta: se arrodilló ante la imagen de quien fue el mayor granuja que ha parido el hemisferio.
¿De dónde viene ese amor por las doctrinas redistributivas e igualitaristas que siempre son el camino a la debacle económica? El senador creció en Cuba y estudió en Bulgaria, cuando la república aún padecía el yugo del comunismo. De allí tal vez aprendió los modales fríos que lo hacen ver como oficinista de algún régimen totalitario europeo. Posiblemente adquirió en ese entorno una concepción dirigista y represiva que incluso aplica a la Selección Nacional y a su camiseta. En una entrevista dijo lo siguiente:
«A ver, ¿de cuándo acá la selección Colombia es patrimonio de la campaña del señor de la Espriella? ¿Aparecen ahora respuestas de la Federación Colombiana de Fútbol diciendo que ese es un artículo comercial? ¡No, no lo es! Es de todos los colombianos. Yo no conozco a nadie que no sea hincha de la selección Colombia. La selección nos pertenece a todas y todos. ¿O es que la selección Colombia tiene, además de la camiseta, camiseta política? No, no la tiene, según yo entiendo».
En esta declaración Cepeda niega, en menos de un minuto, principios fundamentales: la libertad de expresión, la libertad de comercializar y el derecho de propiedad.
Y es que el combinado nacional no es una institución que pueda colectivizarse; eso es un absurdo conceptual. Se trata de una marca administrada por una entidad privada que posee derechos de imagen, licencias comerciales y la capacidad legal de autorizar o restringir el uso de sus símbolos. ¿Qué seguiría después, si se aceptara esa premisa? ¿Que la Presidencia de la República asuma el control total de las decisiones administrativas y deportivas? ¿Que las ganancias de la taquilla y la publicidad se redistribuyan entre determinados grupos de la población? Esa pulsión socialista de administrarlo todo es, en el fondo, la misma tentación de subordinarlo todo al control político. Es lo que yo denomino la tentación autoritaria.
Lo más preocupante es la negación del carácter comercial de la camiseta, pues revela una visión profundamente hostil hacia la propiedad privada y el derecho a comercializar. Afirma que una prenda de vestir es propiedad de “todos”, aunque no lo sea. La intención suele ser la misma: convertir la propiedad en un tipo de abstracción; lo que pertenece a todos termina por no pertenecer a nadie. La camiseta no es indistintamente posesión de todos los colombianos; la prenda es de quien la compró legítimamente y decide hacer uso de ella dentro de los cauces que permite la libertad.
La propiedad y el comercio son dos de los pilares que distinguen a la civilización de la barbarie. El comercio sustituye la confiscación por el intercambio voluntario, la imposición por la negociación y la violencia por la transacción. Es el mecanismo mediante el cual los individuos resuelven pacíficamente la asignación de bienes y recursos escasos. Negar ese principio es abrirle espacio a la arbitrariedad, erosionar las bases de la convivencia y desconocer una dimensión fundamental de la naturaleza humana. Cepeda siente una marcada aversión a esa noción y al proceso civilizatorio que lo sustenta. Quienes han sido enemigos del avance de la sociedad han optado, en cambio, por creer que la propiedad es un robo y el comercio, su instrumento.
El candidato no se detiene allí. No se limita a promover la colectivización simbólica del equipo nacional, ni a cuestionar el derecho de los individuos a disponer libremente de una indumentaria que han adquirido legítimamente, sino que parece rechazar que una persona pueda utilizarla para comunicar ideas. Y no importa que esas ideas sean de carácter político. Si un individuo no es libre de expresar sus convicciones políticas a través de una prenda de vestir, siempre que no viole los derechos de terceros, entonces su libertad política queda reducida a una concesión condicionada. La verdadera libertad de expresión existe precisamente para proteger aquellas manifestaciones que otros consideran inconvenientes, perturbadoras o indeseables.
En tan solo unos cuantos segundos, Iván Cepeda demostró por qué en esa fotografía lo vemos postrado, rindiéndole homenaje a la figura más representativa del autoritarismo bananero: Fidel Castro. La razón es sencilla: simpatiza con las doctrinas que históricamente han servido de andamiaje ideológico para regímenes dictatoriales. La planificación centralizada de la economía, la obsesión por transformar la vida comercial en un economato, la colectivización de la propiedad y la proclividad a restringir la libertad de expresión cuando resulta incómoda. Es la visión que llevó a Cuba y a otros experimentos similares al fango igualitarista y de miseria de las dictaduras socialistas. Cepeda ha demostrado con lo que hace y con lo que dice que quiere seguir el mismo ignominioso camino.
Ahora bien, la advertencia difícilmente podría ser más clara. No me queda la menor duda de que, si Cepeda llega al poder, así como ha intentado hacerlo con la selección y su camiseta, buscará extender esa misma lógica a las instituciones del país. Impulsará las políticas más totalitarias y las recetas económicas más inverosímiles que únicamente los socialistas consiguen materializar.
El desprecio que él siente por la economía de mercado, por la Constitución del 91, por instituciones tales como el Consejo de Estado o la Registraduría Nacional, por las Fuerzas Armadas, por la propiedad privada y por todo lo que nos permite ser una democracia es inocultable. También es patente, a juzgar por la fotografía y sus declaraciones, su amor desmedido por cuanto encarne miseria, represión y socialismo.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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