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El candidato presidencial representa la idea más arraigada de nuestra cultura: esa que hizo de la nuestra una sociedad perfecta para que el narcotráfico sea exitoso y que, a su vez, se ha fortalecido con el dinero fácil. Es un círculo vicioso de ambición aspiracional.
Abelardo encarna a la perfección al colombiano aspiracional que solo habla de plata y que entiende que no existe más virtud que el dinero. Sobre todo porque hay triunfos económicos individuales —como el de este toscano caribeño— que son, sencillamente, inexplicables. Conozco a muchos abogados exitosos que han trabajado mucho, con buenos clientes y que tienen un capital sólido conseguido con el esfuerzo; pero a quienes, después de varias generaciones de litigio exitoso, no les alcanza para un avión privado. Todo en Abelardo es falso: su intelecto, su vestido, su éxito y hasta las partes de su cuerpo con las que acosa periodistas.
En el mundo, el recurso tradicional de la derecha para oponerse a la idea de justicia social es la idea del mérito. Se visibilizan las excepciones, las historias de ascenso social basadas en el trabajo y el esfuerzo individual, todo para desechar la idea de que un individuo necesita a la sociedad para avanzar. Pero en la derecha colombiana, ante un fenómeno de “éxito” como el de pasar de corista vallenato a abogado exitoso y luego a la presidencia, no se discute el mérito ni el proceso.
Por eso, el discurso de superación que niega la necesidad de justicia social en nuestro contexto no es el del mérito, sino el de la lumpen-burguesía: el de quien asciende socialmente sin importar el cómo. Nadie se lo pregunta; a nadie le importa.
Esa es la idea exacta que representa Abelardo: la idea del progreso sin trabajo y sin mérito. Por eso su figura está más allá de la derecha tradicional. Representa una idea contraria a la justicia social; un progreso individual que no se da a pesar del contexto (como promueve la teoría del mérito), sino a costa de la sociedad. Es la riqueza del más vivo, el epítome del “mijo, consiga plata”.
Bajo esa premisa, la plata lo compra todo: te vuelve italiano, te hace “buen abogado”, te hace atractivo. Y la sociedad, cómplice, va a fingir que aplaude las virtudes que tú finges tener.
Ese es el modelo de sociedad que combatimos. Ahí está la verdadera batalla cultural: en derrotar esa cultura en la que pasar por encima del otro es el único mérito.













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