“Lo que Europa atraviesa hoy no es la ruptura de un orden que funcionaba, sino el descubrimiento de que ese orden ahora no la incluye”
En febrero de este año, el canciller alemán Friedrich Merz declaró ante la Conferencia de Seguridad de Múnich que el “orden internacional basado en normas” había dejado de existir.[1] Emmanuel Macron, en el Foro Económico Mundial de Davos, describió un mundo que avanza “sin reglas, donde el derecho internacional es pisoteado”.[2] Desde Bruselas hasta Ottawa, el diagnóstico se repite: Donald Trump, con sus aranceles, sus presiones sobre aliados históricos y su indiferencia por los marcos multilaterales, habría roto algo que antes funcionaba. Habría que preguntarles cuándo, exactamente, funcionó.
En 1983, la ONU condenó la invasión estadounidense de Granada con 108 votos.[3] La indignación europea duró pocas semanas. En 1989, los mismos países europeos vetaron la resolución que condenaba la invasión de Panamá.[4] En 1999, la OTAN bombardeó Serbia setenta y ocho días sin mandato de Naciones Unidas, y nadie proclamó el “fin del orden internacional”.[5] El patrón es conocido: las mismas potencias que hoy lloran las reglas rotas fueron, en su momento, quienes las bloquearon o las ignoraron. Como lleva décadas argumentando el jurista Martti Koskenniemi, el derecho internacional no es un sistema neutral de normas sino el lenguaje con el que las potencias dan forma legal a sus intereses.[6] Cuando esos intereses cambian de dirección, el lenguaje se abandona.
Lo que Europa atraviesa hoy no es la ruptura de un orden que funcionaba, sino el descubrimiento de que ese orden ahora no la incluye. El Sur Global, que experimentó durante generaciones lo que significa quedar fuera del paraguas que protege a los poderosos (por ejemplo, intervenciones, presiones económicas, soberanía negociada con las potencias de turno), observa la escena sin demasiada sorpresa. La conducta de Estados Unidos no ha cambiado. Lo que ha cambiado es sobre quién recae. Y frente a eso, los líderes occidentales buscan una respuesta.
La que ha tomado más forma lleva el nombre de “realismo basado en valores”, expresión adoptada por el primer ministro canadiense Mark Carney para describir la nueva orientación de su política exterior.[7] Si bien Carney admite la falacia del “orden internacional basado en normas” y reconoce con sinceridad cómo Europa y Canadá miraron a otro lado cuando les convenía, no deja de sorprender que el fin de esta ilusión se decrete cuando Europa y Canadá son tratados como siempre se trató a los países tercermundistas.
Pero más allá de este miope sesgo eurocentrista de la historia, quisiera reflexionar sobre su propuesta para superar este bache tan incómodo en “su historia”. Si bien Carney propone una estrategia que llama “realismo basado en valores”, sabemos que el realismo es más una forma de percibir o diagnosticar, y que tiene en el pragmatismo su correlato como forma de actuar. El realismo, opuesto al idealismo, te dice que el mundo “es como es” y no “como quisieras que sea”, mientras que su correlato para la acción, el pragmatismo, te dice: “Haz lo que tengas que hacer para lograr lo que deseas, no te dejes desviar o enredar en tus propósitos por consideraciones que dificulten la realización de tus intereses”.
Aquí dos temas me llaman a la reflexión: ¿Acaso antes no eran pragmáticos Europa y Canadá? ¿Acaso no era lo más pragmático vivir a la sombra de EE. UU., con una tolerancia cómplice de sus tropelías internacionales? No, señor. Eso no cambia: siempre fueron pragmáticos. Entonces, lo que cambia es que antes eran pragmáticos “a secas” y ahora son supuestamente pragmáticos “basados en valores”.
Exploremos un poco más qué significa esto. El contenido que Mark Carney le da a su propuesta pragmática es el siguiente: actuar sobre el mundo tal como es, diversificar relaciones según lo que resulta útil para el país (por ejemplo, con China) sin hacerse muchas preguntas sobre qué pasa al otro lado de la relación. Lo que distingue su propuesta de un pragmatismo sin más es su supuesto apego a los valores. La fórmula dice, entonces, que se actuará con eficacia, pero sin abandonar los principios. Suena razonable. El problema es que describe dos cosas que no pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Como dijimos, el pragmatismo, en su sentido preciso, orienta las decisiones por los resultados que producen, no por los principios que las justifican. Eso implica una disposición a ceder en lo que sea necesario cuando el resultado así lo exige. Los valores, en cambio, no admiten negociación por definición: en el momento en que se negocian, dejan de ser valores y se convierten en preferencias. La fórmula “pragmatismo con valores” promete entonces, al mismo tiempo, un plato frío y caliente: satisface a quienes exigen resultados concretos y a quienes exigen que los principios no se toquen, sin comprometerse con ninguno de los dos cuando el momento de elegir llegue. No es síntesis. Es retórica vacía, es eslogan.
Entonces, tenemos más de lo mismo. Y esto porque la estrategia de Europa y Canadá no está siendo construida desde una posición de autonomía y poder, sino más bien está definida desde la incómoda situación de dependencia de los más poderosos y en el estrecho espacio que queda luego de que los fuertes realizan sus propios intereses. A este “sobrevivir al mal tiempo” es que la grandilocuencia “progre” canadiense ha dado en llamar “realismo basado en valores”. Me imagino que este eslogan hace más honorable el paso por el “callejón oscuro” que su antes protector (EE. UU.) los está obligando a pasar. Finalmente, es solo eso.
Pragmatismo vs. valores
La experiencia reciente, lamentablemente, nos pone en una encrucijada. Lo que la historia de los últimos 50 años muestra es que la construcción de una autonomía real no se logra basándose en valores. Hay muchos ejemplos, y China es uno de los más claros: durante décadas sacrificó derechos humanos, cuidado del medio ambiente y libertades civiles en función de una apuesta de largo aliento orientada a construir poder independiente en el sistema internacional. No fue una trayectoria moralmente impoluta, ni mucho menos: pasó por encima de todo lo que no fuera la conquista de esa posición de poder y autonomía.
El pragmatismo que propone Carney lamentablemente no constituye aún una estrategia alternativa, este pragmatismo de los desairados, si bien tiene el tibio mérito de sugerir una vía alterna a la conocida dependencia del imperio, en realidad solo gestiona la crisis local, tranquiliza a su electorado y administra lo inmediato. Los que apostamos por una salida diferente no podemos ser condescendientes, debemos ser más exigentes y realistas. No podemos conformarnos con un slogan político que suene bien.
Fuentes
[1] Euronews. “Conferencia de Seguridad de Múnich 2026: Aspectos destacados y análisis.” 15 de febrero de 2026. https://es.euronews.com/my-europe/2026/02/15/conferencia-de-seguridad-de-munich-2026-aspectos-destacados-y-analisis [2] Euronews. “Davos 2026 entra en ebullición ante la llegada de Trump y el aviso de un colapso del orden mundial.” 21 de enero de 2026. https://es.euronews.com/2026/01/21/davos-2026-los-mensajes-clave-de-la-elite-politica-y-empresarial [3] Asamblea General de las Naciones Unidas. Acta A/38/PV.43, “La situación en Granada.” 2 de noviembre de 1983. https://digitallibrary.un.org/record/59093/files/A_38_PV.43-ES.pdf [4] Security Council Report. “S/21048.” 22 de diciembre de 1989. https://www.securitycouncilreport.org/un-documents/document/s21048.php [5] El Salto. “Veinte años de la agresión de la OTAN a Yugoslavia.” https://www.elsaltodiario.com/balcanes/veinte-anos-agresion-otan-estados-unidos-yugoslavia [6] Koskenniemi, M. From Apology to Utopia: The Structure of International Legal Argument. Cambridge University Press, 1989/2005. [7] Policy Magazine. “From Moral Suasion to Strategic Indispensability: Carney isn’t Shrinking Canada’s Ambitions, he’s Updating Them.” https://www.policymagazine.ca/from-moral-suasion-to-strategic-indispensability-carney-isnt-shrinking-canadas-ambitions-hes-updating-them/















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