“La analítica no se realiza con computadores: se ejecuta a través de ellos, pero se hace en nuestros cerebros.”
Soy un apasionado del progreso tecnológico. Estoy convencido de que, además de ser una de las muestras más hermosas de lo que el ser humano es capaz de alcanzar, ha contribuido a reducir la desigualdad y a ampliar el acceso a oportunidades. A veces se nos olvida, porque la tecnología avanza más rápido que nuestro sentido de comunidad, nuestra compasión y nuestro respeto por la vida y la diferencia. Pero ese es un tema para otro momento.
El cambio tecnológico siempre trae retos y oportunidades. No es algo nuevo; solo lo parece porque su velocidad y su alcance son mayores y, por eso, altera nuestras dinámicas con más fuerza y más rápido. Sin embargo, es importante recordar que esto ocurre desde el descubrimiento mismo del fuego y la rueda. Cada nueva tecnología nos lleva a organizarnos de otra manera como sociedad, a cambiar lo que hacemos y cómo lo hacemos y, con ello, la forma misma en que vivimos.
Ahora bien, la evidencia agregada de largo plazo es abrumadoramente favorable: no conozco una sola cifra que muestre que el cambio tecnológico, en conjunto, haya sido un detrimento para la humanidad. Eso no significa que sus costos no hayan sido reales. Los periodos de transición han sido desiguales, con ocupaciones desplazadas y grupos que cargaron con la peor parte del ajuste. Y justo ahí está mi punto: los beneficios no llegan por inercia, dependen de las decisiones que tomemos. Lo que sí sabemos es que hay cambios, y que cambio habrá, sí o sí. Por eso conviene entenderlos desde una perspectiva causal y no normativa, centrados en lo que ocurre y en lo que podría ocurrir, no en lo que quisiéramos que ocurriera. Reconozco que mi punto de partida no es neutral: admiro el progreso y quiero que nos sirva a todos. Pero una cosa es lo que uno desea y otra lo que el análisis permite afirmar, y conviene no confundirlas.
Un reto latente es la transformación de nuestra capacidad de análisis. La inteligencia artificial nos permite gestionar tareas con una eficiencia, una velocidad y una precisión antes inimaginables. Podemos hacer cosas fantásticas aunque, en el fondo, no entendamos bien cómo las hacemos. Ocurre con toda la tecnología: la mayoría de las personas usa un televisor sin conocer los principios físicos que lo hacen funcionar, y un buen marinero puede ignorar cómo se fabrican las velas de su barco. La brecha siempre ha existido.
Con la inteligencia artificial, sin embargo, esa brecha tiene una particularidad. No entender el televisor no afecta lo que decidimos con él; no entender la inteligencia artificial sí puede afectarlo, porque esta tecnología participa en el razonamiento mismo: resume, recomienda, calcula, redacta. No solo amplía lo que podemos hacer, también interviene en cómo pensamos lo que hacemos. Por eso la brecha seguirá siendo una constante, y lo que nos hace criteriosos no es cerrarla, sino ser conscientes de ella y saber cómo puede afectar los usos particulares que cada quien le da. Un gladiador no necesitaba entender cómo se forjaba su espada, pero sí conocer la resistencia del material y los cuidados que exigía su mantenimiento.
Una vez más, como ha ocurrido a lo largo de la historia del progreso tecnológico, no necesitamos frenarlo (además, materialmente no podemos). Necesitamos entender qué posibilidades nos ofrece y qué nos obliga a conocer. Nos queda una tarea: inventariar qué entendemos y, de lo que no, qué necesitamos entender. Ser conscientes de nuestra brecha nos da una ventaja.
Esa ventaja se materializará en muchos ámbitos de la vida: desde disfrutar de un mejor día a día gracias al uso adecuado de las nuevas tecnologías, hasta aspirar a mejores oportunidades laborales y poder decidir hacia lo desconocido con mejor criterio. Curiosamente, construirla exige algo fundamental: mantener nuestras habilidades básicas.
La analítica, entendida como el proceso de observar un fenómeno, capturarlo en una métrica, analizarlo en su contexto y, a partir de allí, sacar conclusiones y hacer proyecciones, no se realiza con computadores: se ejecuta a través de ellos, pero se hace en nuestros cerebros. Así como hoy hacemos ejercicio de forma voluntaria porque la vida cotidiana ya no exige la actividad física de hace mil años, también debemos cuidar las habilidades cognitivas básicas que pueden caer en desuso por la presencia de la inteligencia artificial en nuestra cotidianidad: escribir a mano, dividir sin ayuda de la calculadora, memorizar datos del día a día, aprender idiomas. Son prácticas que evitarán que caigamos en el aturdimiento cognitivo.
Esto no significa que debamos conservar todo. Casi nadie calcula raíces cuadradas a mano y no pasa nada; delegar es parte del progreso. El criterio que propongo es otro: conviene mantener aquellas habilidades que nos permiten evaluar lo que la máquina nos entrega. Quien sabe estimar de memoria un orden de magnitud detecta de inmediato un resultado absurdo; quien sabe escribir y argumentar por su cuenta reconoce un texto que suena bien pero no dice nada. Delegar la ejecución es razonable; delegar el juicio, no.
Y ahí es donde creo que está la ventaja. En un mundo donde cualquiera puede producir resultados en segundos, lo escaso dejará de ser la capacidad de producirlos y pasará a ser la capacidad de cuestionarlos, de formular buenas preguntas y de saber cuándo algo no cuadra. Como economista, apuesto a que lo escaso termina siendo valorado: los mercados laborales y las organizaciones tenderán a premiar a quienes puedan verificar, contextualizar y decidir, más que a quienes solo sepan operar la herramienta. Para bien o para mal, esa será una ventaja, porque pocos mantendrán una capacidad cada vez más escasa: la de pensar por sí mismos.
El lápiz y el papel siguen siendo una tecnología vigente y necesaria para quienes queremos que la inteligencia artificial sea lo que está llamada a ser: una herramienta para mejorar nuestra calidad de vida y abrirnos oportunidades sin igual en nuestra historia, no una excusa para pensar menos.
















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