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Una segunda oportunidad sobre la tierra

Luego de pasar un poco más de cinco meses en aislamiento preventivo obligatorio, 156 días para ser precisos, el primero de septiembre iniciamos una nueva etapa de aislamiento selectivo. La normalidad, que habíamos puesto entre paréntesis desde marzo, regresó revestida de tapabocas y guantes, con un sinfín de protocolos de bioseguridad y el reto de reactivar la economía a pocos días de pasar el primer pico de la pandemia, poniendo a prueba la responsabilidad y disciplina de la ciudadanía.

A estas alturas nos resulta inevitable hacer balances, calcular pérdidas y esbozar tímidamente proyecciones para el futuro cercano. Nuestra fascinación por las cifras nos ha llevado a querer reducir todo a las estadísticas, queremos saber el número exacto de contagiados, recuperados y fallecidos por causa del virus en nuestro país y en el mundo; cuánto dinero se ha invertido en ayudas sociales y en el mejoramiento del sistema de salud; cuál es el porcentaje de desempleados del mes inmediatamente anterior; cuántos industriales y comerciantes se han declarado en quiebra; de qué tamaño es el hueco fiscal y qué tanto nos tardaremos en recuperarnos.

Con ese cumulo de datos, que varían drásticamente de un día para otro, queremos hallar un poco de seguridad en medio de la incertidumbre que hemos vivido en los últimos meses. A causa de la Covid-19 tuvimos que recurrir a una estrategia medieval como lo es la cuarentena para preservar nuestra vida, la de nuestra familia y la de todos los que nos rodean. Lastimosamente, mientras nos cuidábamos en casa y evitábamos al máximo contagiarnos, otra pandemia, que nos aqueja desde hace ya un buen tiempo, quedo al descubierto y mostró su rostro más rudo: la violencia.

Con dolor y frustración somos testigos de la escalada violenta que sufre nuestro país a casi cuatro años de haber firmado el “Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera” con las FARC. Es preocupante el retorno de las masacres, a las que el gobierno insiste en llamar “homicidios colectivos”, pretendiendo con eufemismos disminuir la gravedad de estos hechos que en lo que va corrido de este año suman más de 50, dejando un saldo aproximado de 185 colombianos asesinados. Durante la cuarentena los heraldos de la muerte llegaron hasta las casas de niños, jóvenes, mujeres, reclamantes de tierras, activistas, defensores de derechos humanos y líderes sociales para apagar sus vidas y con ellas todos sus proyectos y sueños.

Y no son solo los asesinatos, la violencia se ejerce con sevicia sobre los cuerpos de cientos de miles de colombianos. Violencia es la desigualdad y sus muy variadas dinámicas de exclusión, la inequidad, la brecha salarial entre hombres y mujeres, el trabajo infantil, el maltrato intrafamiliar, el matoneo escolar, el hambre, la pobreza, la falta de oportunidades, la misoginia, la transfobia, la homofobia, la xenofobia, la desaparición forzada, el secuestro, la tortura, el homicidio, el feminicidio, las masacres, la contaminación del medio ambiente, la corrupción… Situaciones dramáticas que no caben dentro de las estadísticas, ya que son imposibles de medir únicamente con cifras y tablas comparativas, ¿quién calcula el dolor que causa la pérdida de un ser querido? ¿Cuánto vale esa pérdida? ¿Cómo medir el sufrimiento que género? ¿Cuál es el porcentaje de desesperación y angustia que sienten sus allegados? ¿Quién repara los daños ocasionados? ¿Qué tan efectiva es esa reparación?

Se trata, en últimas, de cuestionarnos ¿qué vida estamos protegiendo?  Presenciamos, en una sociedad que se ufana de ser cristiana, un desprecio profundo por las vidas vulnerables, marginales y diversas. Mientras nos encerramos para cuidarnos de un virus microscópico, nos resultan indiferentes los asesinatos y las violaciones a los derechos humanos que se producen sistemáticamente en nuestro país, como sociedad padecemos de una indignación selectiva, protestamos y lloramos unas muertes mientras celebramos otras. Nuestra realidad se mueve entre la sobrediagnosticación de la academia y el simplismo del gobierno, mientras muchos ciudadanos, acostumbrados a la violencia, validan con su silencio cómplice e indiferencia los ríos de sangre que corren por toda nuestra geografía.

Que bueno que hoy, cuando parece que la vida florece y recupera paulatinamente sus espacios y las calles se van llenando nuevamente de transeúntes, pudiéramos sacar provecho de esto para encontrarnos, escucharnos y reflexionar sobre el valor la protección y protección que le estamos asignando a la vida y a la dignidad humana y que por fin construyamos juntos el anhelo que Gabo plasmó en su discurso de aceptación del Nobel “una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.”