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En Colombia, los hipopótamos ya no son una rareza pintoresca ni una postal excéntrica del legado narco. Son un problema ambiental, sanitario e institucional de primer orden. El 13 de abril de 2026, el Ministerio de Ambiente activó un plan de choque que incluye eutanasia, con una inversión de 7.200 millones de pesos y una meta inicial de intervenir 80 animales en el segundo semestre. La población actual se estima entre 160 y 200 individuos. La decisión, anunciada por la ministra Irene Vélez, merece un reconocimiento claro: por fin el Estado decidió actuar. El problema es que volvió a hacerlo tarde.
Ese retraso es el verdadero hilo conductor del caso. Los cuatro hipopótamos llegaron a la Hacienda Nápoles a comienzos de los años ochenta; tras la muerte de Pablo Escobar en 1993 quedaron sin control efectivo, y en 2009, con la muerte de “Pepe”, el país entró en una discusión pública que expuso una tensión de fondo: a veces se juzga con dureza una acción concreta, pero se omite que también hay una falta de ética en no actuar. La indignación que produjo ese episodio, sumada a una voz animalista mal canalizada, terminó anestesiando aún más la decisión categórica que un Estado debe tomar frente a una especie invasora, cuando lo que está en juego no es solo el destino de unos individuos, sino la defensa de ecosistemas completos y del interés general.
La ciencia, en cambio, llegó antes que la decisión. Castelblanco-Martínez y colegas advirtieron en Biological Conservation que, sin una presión de control intensa, la población seguiría creciendo y expandiéndose por la cuenca del Magdalena. Luego, Subalusky y su equipo estimaron 91 hipopótamos, una tasa anual de crecimiento de 9,6 % y una proyección de 230 para 2032 y más de 1.000 para 2050 si no se intervenía con seriedad. Ese mismo trabajo advirtió una “ventana estrecha” para el control, con costos crecientes si la acción seguía aplazándose. En otras palabras: la evidencia estuvo. Lo que faltó fue la oportunidad.
Además, se trata de una especie invasora en sentido estricto: Hippopotamus amphibius fue introducido fuera de su rango natural, se reprodujo sin depredadores y hoy altera ecosistemas que no evolucionaron para contenerlo. A ello se suma un rasgo que el debate emotivo suele minimizar: es un megaherbívoro territorial, agresivo y potencialmente letal; en África se le reconoce entre los grandes mamíferos más peligrosos para humanos. Y aquí, objetivamente se debe acabar la discusión, hay que prevenir un desastre mayor.
Pero esta historia no empieza realmente en Colombia. Empieza en una tradición más antigua: la de usar animales exóticos como emblemas de poder. Julio César exhibió una jirafa en Roma en 46 a. C.; Enrique III recibió un elefante en la Torre de Londres en 1255; y Marco Polo describió la espléndida menagerie de Kublai Khan en el siglo XIII. En todos esos casos, los animales no eran fauna: eran mensaje. Las menageries eran teatro político, una forma de exhibir alcance, riqueza y dominio sobre lo improbable. La naturaleza convertida en ornamento del ego.
En esa genealogía del exceso se inscribe Pablo Escobar. No hace falta convertir una columna en expediente clínico para reconocer un patrón. La literatura sobre narcisismo patológico describe configuraciones marcadas por grandiosidad, excepcionalidad, derecho especial y déficit de empatía; además, investigaciones recientes han encontrado que las actitudes favorables hacia la explotación de animales exóticos se asocian con mayores rasgos narcisistas y menor empatía. No se trata de banalizar la salud mental ni de usarla como insulto. Se trata de admitir que ciertos comportamientos del poder merecen leerse también desde la psiquiatría social: no solo como desvíos individuales, sino como fenómenos con efectos colectivos, ecológicos e institucionales.
Por eso el “síndrome del hipopótamo” no nombra únicamente una invasión biológica. Nombra, sobre todo, una falla más profunda: la incapacidad de enfrentar problemas complejos con objetividad, evidencia y oportunidad, antes de que adquieran una escala casi inmanejable. Y ahí emerge la verdadera raíz del asunto: el problema no son, en sí mismos, los hipopótamos. El problema es la huella persistente de una patología del poder que convirtió lo extraordinario en espectáculo, y la inercia de un Estado que, al no actuar a tiempo, permitió que ese gesto delirante se transformara en una crisis ecológica, institucional y ética de largo alcance.
En defensa de la vida, a veces hay que tomar decisiones de alto impacto. No por crueldad, sino porque la omisión también mata: ecosistemas, especies nativas, capacidad estatal y tiempo histórico. El Estado no es débil por tomar decisiones difíciles; es débil cuando las toma tarde.
Es decir… ¿los hipopótamos fueron a la EPS por control prenatal , y cuando por fin les autorizaron la cita, ya eran 200?













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