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Resumen Ejecutivo
El petróleo ató esta semana a la Reserva Federal, el Banco Central Europeo y el Banco de Japón a la misma decisión. Las tensiones entre Estados Unidos e Irán y la toma hutí de la isla de Perim, en el estrecho de Bab el-Mandeb, empujaron el Brent y el WTI más de 10%, por encima de 100 dólares, y llevaron el diésel estadounidense por primera vez sobre 6 dólares el galón. Ese shock energético se sumó a un IPC subyacente en Estados Unidos que sorprendió al alza en agosto (0,3% mensual frente a 0,2% esperado) y dejó en 90% la probabilidad de una subida de la Fed el 16 de septiembre. El Banco Central Europeo ya subió su tasa de depósito a 2,50% y el mercado descuenta que llegue a 2,75% en diciembre y hasta 3,25% a mediados de 2027, mientras Christine Lagarde pide a los gobiernos europeos contener el gasto público para financiar defensa y transición energética. El Banco de Japón subirá 25 puntos básicos el 17 de septiembre —la segunda alza en tres meses— después de gastar en intervenciones la mayor cifra anual jamás desembolsada para sostener un yen que tocó un mínimo de cuarenta años en julio. Brasil es la excepción: con la inflación cediendo a 4,22% dentro del rango objetivo, el Banco Central se prepara para recortar la Selic la próxima semana, mientras el resto del mundo desarrollado sube tasas por el mismo shock petrolero.
El deterioro fiscal colombiano y la calma de su mercado de deuda avanzaron esta semana por caminos separados. El IPC de agosto llegó a 6,24% interanual, por encima de lo esperado, y el Comité Autónomo de la Regla Fiscal elevó su previsión de déficit total para 2027 a cerca de 10% del PIB, con una deuda neta de 67,3%; Bank of America condiciona el presupuesto de 2027 a 30.000 millones de dólares de financiamiento externo y ya delinea un “plan B” con el Fondo Monetario Internacional si el Congreso no aprueba el ajuste. Anif calcula que El Niño podría llevar la inflación a 7,3% hacia fin de año. Frente a ese deterioro, el peso acumula ocho sesiones consecutivas de apreciación —su mejor racha desde julio de 2023— y los TES muestran un sesgo comprador generalizado, sostenidos por la expectativa de que se elimine el tope de 30% a la inversión extranjera de los fondos de pensión y por la mayor emisión de deuda local. Esa distancia entre el diagnóstico fiscal y la calma del mercado definirá si 2027 se resuelve con un ajuste creíble o con una llamada a Washington.
Las bolsas de Estados Unidos y Europa cerraron la semana en rojo —el S&P 500 cedió 0,6%, el Stoxx 600 tuvo su peor semana desde abril— mientras los rendimientos soberanos subían en ambos lados del Atlántico: el Tesoro a 10 años tocó 5% por primera vez desde octubre de 2023, y el Bund alemán al mismo plazo cruzó 3,50%, un nivel que no tocaba en quince años. El cobre, en cambio, tocó esta semana un máximo histórico de 14.850 dólares por tonelada no por la Fed ni por Irán, sino por la incertidumbre sobre un arancel estadounidense al metal refinado que Washington todavía no decide.
I. Estados Unidos: el repunte del IPC subyacente empuja al 90% la probabilidad de una subida y expone la lucha de Warsh por preservar la credibilidad de la Fed antes del 16 de septiembre
El índice de precios al consumidor de agosto confirmó el número general que el mercado ya daba por descontado —0,4% mensual y 3,4% interanual, ambos en línea con el consenso— pero descarriló el componente subyacente: el 0,3% mensual, una décima por encima de lo esperado, interrumpió dos meses de moderación justo cuatro días antes de la decisión de la Fed. La tasa subyacente interanual sí cedió, a 2,4% desde 2,5%, su nivel más bajo desde marzo de 2021, pero esa desaceleración responde a una base de comparación alta de hace un año, no a una moderación real: el impulso de precios de agosto, medido mes a mes, aceleró en lugar de ceder. Los swaps, que antes de la publicación descontaban 68% de probabilidad de una subida en septiembre y 43,7 puntos básicos de endurecimiento adicional hacia fin de año, elevaron esa apuesta hasta cerca de 90% según la herramienta FedWatch de CME Group, completando en una sola semana el tramo que la llevó desde apenas 60% tras la nómina de agosto hasta un nivel que el mercado ya da por hecho. El Tesoro a 2 años, más sensible a la política monetaria, sumó 4,6 puntos básicos hasta 4,594%, y el 10 años tocó 4,99% a primera hora del viernes —su nivel más alto en casi tres años— antes de cerrar en 4,97%, a un tramo del umbral psicológico del 5%.
La gasolina aportó más de un tercio del alza mensual del índice general: subió 3,9% en agosto y arrastró al índice energético a un avance de 2,1% mensual y 16,3% interanual, con la gasolina acumulando 27,4% en doce meses y el fuel oil 52%. Ese repunte traduce directamente una guerra que entra en su séptimo mes: la escalada entre Estados Unidos e Irán llevó al WTI a superar los 100 dólares por barril y al Brent a rozar los 105, con máximos intradía cerca de 110, mientras el diésel alcanzó un récord histórico de 6,06 dólares por galón —63% más que hace un año—, con California en 7,98 dólares y Washington en 7,06. El índice de precios al productor confirmó que esa presión ya recorre la cadena de suministro antes de llegar al consumidor, con un alza de 0,4% mensual y 5,4% interanual, muy por encima del objetivo del 2%, y las filtraciones al Wall Street Journal, según las cuales asesores de la Casa Blanca plantearon a Trump que el conflicto podría extenderse durante el resto de su mandato, convierten ese shock energético en un problema estructural, no transitorio. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, plantea el escenario opuesto: anticipó el 4 de septiembre que el petróleo podría desplomarse a entre 40 y 50 dólares una vez termine la guerra, no por un derrumbe de la demanda sino por el ingreso de nueva capacidad de producción que sobreabastecería el mercado. La distancia entre ese escenario y el WTI de hoy mide el riesgo real para la Fed: si Bessent tiene razón, buena parte de la inflación que este informe atribuye a la energía se revertirá con la misma rapidez con que llegó.
La persistencia no se limita a la energía. La vivienda aceleró a 0,3% mensual desde 0,1% en julio, rompiendo dos meses de moderación, mientras comunicaciones, tarifas aéreas, educación, vehículos usados y nuevos y los servicios de transporte sumaron alzas de entre 0,3% y 2,7%, solo parcialmente compensadas por caídas en salud y en seguros de vehículos motorizados. Los alimentos, en cambio, se mantuvieron contenidos —0,1% mensual por segundo mes consecutivo, 2,7% interanual desde 3%—, la única categoría relevante que hoy resta presión en lugar de sumarla. Esa dispersión —energía disparada, vivienda repuntando, alimentos contenidos— explica por qué ningún miembro de la Fed puede ya condicionar su voto a una sola serie de datos: la moderación que algunos pedían para justificar mantener la tasa sin cambios simplemente no llegó en agosto.
El banco suizo retiró el 7 de septiembre —antes de conocer siquiera el dato de inflación— la recomendación que sostenía desde mayo de asegurar rendimiento en bonos de corta y mediana duración, y trasladó esa apuesta al tramo medio y largo de la curva; elevó su pronóstico para la Fed de ningún movimiento en 2026 a dos subidas, en septiembre y diciembre, que llevarían la tasa de referencia de 3,50%-3,75% a 4%-4,25%, y ajustó al alza sus proyecciones de rendimiento en 100 puntos básicos para el tramo de 2 años (4,25% hacia junio de 2027) y 40 puntos básicos para el de 10 años (4,5%). El detonante fue la nómina del 5 de septiembre —162.000 empleos frente a un consenso cercano a 55.000, con revisiones al alza por otros 55.000 y un desempleo estable en 4,1%—, no el IPC de este viernes, lo que confirma que el mercado ya revalorizaba la trayectoria de tasas antes de que la inflación subyacente se lo confirmara. Una Fed que sube tasas porque la economía aguanta el ritmo deja intactas las utilidades corporativas; una Fed que sube porque no tiene alternativa frente a la inflación las presiona, y UBS, pese a elevar su trayectoria de tasas, mantuvo su sesgo constructivo en acciones globales y su preferencia por inteligencia artificial, energía y recursos, apostando a que agosto describe la primera versión.
El consumidor, mientras tanto, ya vive la parte del ajuste que los datos duros apenas empiezan a confirmar. La confianza de la Universidad de Michigan cayó en la lectura preliminar de septiembre a 47,8 puntos, muy por debajo de los 51,0 que esperaba el consenso y de los 51,7 de agosto, su segundo retroceso mensual consecutivo y el nivel más débil desde el mínimo histórico de mayo; el índice de expectativas cedió a 45,8 desde 51,5 y el de condiciones actuales a 50,9 desde 51,9. El deterioro deja al sentimiento general 16% por debajo de los niveles de febrero, antes de que arrancara el conflicto con Irán, y 13% por debajo de hace un año, mientras las expectativas de inflación a un año saltaron a 4,6% —su nivel más alto desde junio— y las de cinco años subieron a 3,4% tras tres meses estancadas en 3,3%. Un hogar que anticipa más inflación ajusta gasto y ahorro distinto de uno que confía en que cederá, y ese anclaje de expectativas debería inquietar a un banco central que ya lleva cinco años y medio por encima de su meta mucho más que el nivel de precios de un solo mes.
El frente fiscal ofreció, en apariencia, una tregua: el déficit presupuestario de agosto se redujo a 167.000 millones de dólares, bien por debajo de los 404.000 millones previstos y de los 345.000 millones de agosto de 2025, con un gasto que cayó a 527.000 millones desde 689.000 millones e ingresos que subieron a 360.000 millones desde 344.000 millones, liderados por el impuesto a la renta personal. Pero el acumulado del año fiscal 2026 ya llega a 1,966 billones de dólares hasta agosto, y esa cifra convive con una deuda pública que superó los 40 billones de dólares en el mes y con un bono a 30 años que tocó 5,3%, su nivel más alto desde 2007. El costo de esa deuda —más de un billón de dólares anuales en intereses, unos 3.000 millones diarios según la Oficina Presupuestaria del Congreso, y superior ya desde 2024 al gasto militar total— enfrenta ahora dos presiones adicionales sobre la demanda de papel del Tesoro: el fondo soberano de Noruega, que administra unos 215.000 millones de dólares en bonos, evalúa una reducción que implicaría vender cerca de 80.000 millones en títulos estadounidenses, y las grandes tecnológicas recurren cada vez más al mercado de deuda corporativa para financiar su gasto en infraestructura de inteligencia artificial, desplazando a los bonos soberanos como destino preferente del ahorro global. Menos comprador oficial extranjero y más emisor corporativo privado compitiendo por el mismo bolsillo ayudan a explicar por qué el 10 años se acerca al 5% incluso en una semana en la que el propio déficit mensual mejoró.
Valoración. Estados Unidos llega al 16 de septiembre con menos margen de duda del que tenía hace ocho días: la inflación subyacente aceleró, el mercado descuenta casi con certeza una subida y UBS —el mismo banco que en mayo recomendaba asegurar rendimiento ante recortes inminentes— revirtió esa apuesta antes incluso de conocer el IPC. La composición del shock, no la subida en sí, decide si Warsh gana o pierde credibilidad ante el mercado: gran parte de la presión de agosto viene de una guerra que empuja el diésel a récords históricos, y el propio secretario del Tesoro apuesta a que ese componente se diluirá con la misma velocidad con que llegó. Si Bessent tiene razón, la Fed endurecerá política para combatir una inflación que el mercado energético está a punto de corregir por su cuenta; si no la tiene, un consumidor cuyas expectativas ya se desanclaron y una deuda que se refinancia a tasas de hace dos décadas convertirán cualquier error de calibración en un costo que Estados Unidos pagará mucho después de que termine esta reunión.
II. Europa: el BCE sube tipos al 2,50% y advierte que la inflación no cede hasta 2027, mientras Alemania roza un récord de quiebras y el oro europeo abandona Estados Unidos
El Banco Central Europeo subió el tipo de depósito 25 puntos básicos hasta 2,50% —con el de refinanciación en 2,65% y el marginal en 2,90%— en una decisión que la presidenta Christine Lagarde calificó de “de cajón”: la prolongación del conflicto en Oriente Próximo encarece la energía de forma directa y amenaza con filtrarse al resto de precios, mientras la resiliencia de la actividad económica y del mercado laboral europeos deja al Consejo de Gobierno sin argumento para pausar. Lagarde reconoció que los efectos indirectos sobre salarios y alimentos todavía no aparecen en los datos, pero advirtió que cuanto más se prolongue el conflicto, más probable resulta que esas inercias de precios terminen materializándose, y describió la subida como un movimiento robusto frente a un abanico de escenarios que va de los más suaves a los más adversos. El BCE, sin embargo, volvió a evitar cualquier orientación sobre las próximas reuniones: Lagarde defendió una toma de decisiones ágil, reunión a reunión, dada la velocidad con que la geopolítica puede alterar el panorama. Los mercados no comparten esa cautela declarada: descuentan con una probabilidad del 100% una nueva subida en diciembre hasta 2,75% y, con la misma certeza, dos alzas adicionales en 2027 que llevarían el depósito a 3,00% en marzo y 3,25% en el segundo trimestre, una trayectoria más agresiva que la que incorpora implícitamente el escenario base del BCE.
Ese escenario base descansa en un petróleo Brent en 89,5 dólares en 2026 y 78 dólares en 2027 (gas en 51 y 43,3 euros), y proyecta un crecimiento trimestral de entre 0,3% y 0,4% hasta bien entrado 2027, apoyado en el consumo de los hogares, la fortaleza del empleo y una inversión algo más sólida. La inflación, en cambio, rondará 3,5% en los próximos meses por el peso de la energía, y solo se ancla en 2,0% de forma sostenida hacia 2027-2028, con los bienes no energéticos y los alimentos —no los servicios, que sí siguen un sendero de desinflación gradual— como fuente principal de esa persistencia. Para acotar la incertidumbre, el Consejo dibujó tres trayectorias alternativas: una resolución rápida del conflicto llevaría el Brent a 75 dólares y el gas a 50 euros hacia el cuarto trimestre; un conflicto prolongado los situaría en 100 dólares y 75 euros en ese mismo horizonte; y un escenario severo los elevaría a 130 dólares y 130 euros, con el petróleo todavía por encima de 120 dólares en 2027. Los 45 dólares de diferencia entre esos tres mundos hacia fin de año miden cuánto de la política monetaria europea depende hoy de un conflicto que el BCE no controla ni puede modelar con precisión.
El encarecimiento de la deuda soberana europea durante el verano —cerca de 50 puntos básicos en la eurozona— no responde, según Lagarde, a una fragilidad propia del bloque sino a una fuerza global: las necesidades de financiamiento del ciclo de inversión en inteligencia artificial y los efectos de contagio que llegan desde Estados Unidos, el mismo mecanismo que ya obliga al Tesoro estadounidense a competir por ahorro con la deuda corporativa tecnológica. Lagarde evitó, en cambio, pronunciarse sobre la ampliación de la prima de riesgo francesa de las últimas semanas. La presidenta del BCE aprovechó la rueda de prensa para pedir a los gobiernos que contengan el gasto público en partidas no prioritarias y así financien defensa, transición energética e inteligencia artificial sin descuidar el equilibrio fiscal, citando la falta de transparencia de Grecia durante la crisis de 2008 como advertencia frente a la tentación de maquillar el déficit, aunque recordó que las reglas fiscales europeas ya contemplan ventanas de flexibilidad de entre cinco y siete años para inversiones en defensa. Lagarde insistió además en la necesidad de “campeones bancarios europeos” —entidades transfronterizas con escala suficiente para competir con la banca estadounidense— y cifró en 300.000 millones de euros anuales el capital que hoy sale de Europa, en su mayoría hacia Estados Unidos, por la ausencia de un mercado de capitales único, profundo y con supervisión armonizada.
Alemania amplió su superávit de cuenta corriente a 21.200 millones de euros en julio, desde 10.900 millones un año antes, con el superávit de bienes subiendo a 21.000 millones desde 16.400 millones y el déficit de servicios estrechándose a 8.300 millones desde 9.700 millones; en los primeros siete meses del año el superávit acumulado llegó a 129.000 millones de euros, por encima de los 123.000 millones del mismo periodo de 2025. Esa fortaleza externa convive con un deterioro doméstico que las cifras comerciales no capturan: las insolvencias empresariales del primer semestre subieron 6,7% anual hasta 12.812 casos —el nivel más alto en trece años—, con reclamaciones por 18.500 millones de euros, mientras las insolvencias de consumidores avanzaron 2,4% hasta 38.932 casos. Que esa fortaleza externa crezca justo cuando las quiebras tocan un máximo de trece años confirma que la demanda que hoy sostiene a la economía alemana llega de afuera, no de un tejido empresarial doméstico que sigue bajo el peso de costos financieros más altos y una competencia china que no cede terreno.
El Reino Unido lideró el crecimiento del G7 en la primera mitad de 2026 con un avance del 1%: el PIB de julio creció 0,4% mensual y 1,6% interanual, muy por encima del 1,2% que esperaba el consenso, y la producción industrial subió 0,2% mensual y 0,6% interanual —dejando atrás la contracción de 0,2% de junio y superando un consenso que anticipaba una nueva caída—, impulsada por una manufactura que avanzó 0,9% mensual y 2,6% interanual, aunque la construcción retrocedió 2,5% en el año. El comercio exterior británico combinó una mejora en el agregado y un deterioro en bienes: el balance total de bienes y servicios redujo su déficit de julio a 3.450 millones de libras, con exportaciones subiendo 2,1% hasta 81.920 millones e importaciones cediendo 0,4% hasta 85.370 millones, mientras el déficit de bienes se ensanchó 7,0% interanual hasta 20.965 millones de libras, ya que las importaciones de mercancías crecieron 5,3% interanual hasta 55.371 millones frente a un avance de apenas 4,3% en las exportaciones, hasta 34.406 millones. Esa brecha entre ambos resultados apunta a un superávit de servicios que sigue haciendo el trabajo pesado de la balanza comercial británica.
La desconfianza institucional hacia Estados Unidos encontró esta semana una expresión muy concreta: el Banco de los Países Bajos trasladó unas 86 toneladas de oro de Nueva York a Londres, citando la inestabilidad geopolítica y la necesidad de tener acceso rápido a sus reservas en caso de crisis, un movimiento que sigue al retiro total que hizo Francia en 2025 de todo el oro que mantenía en la Reserva Federal de Nueva York. Políticos alemanes e italianos —cuyos países poseen la segunda y tercera mayores reservas de oro del mundo— ya piden un repatriamiento similar, alentados por la imprevisibilidad de la administración Trump y sus amenazas sobre Groenlandia, aunque el Bundesbank sostenía apenas el año pasado que la Fed de Nueva York sigue siendo un custodio “confiable y fiable” para las más de 1.000 toneladas que todavía guarda allí. Ese movimiento de reservas convive con una acumulación oficial de oro que ya promedia 1.000 toneladas anuales entre los bancos centrales del mundo durante los últimos cuatro años, la misma demanda estructural que sostiene el metal en máximos históricos.
La guerra que Rusia libra contra Ucrania —la misma que alimenta buena parte del gasto en defensa que Lagarde pide financiar con recortes en otras partidas— empieza a mostrar un costo que Moscú paga por sostenerla, aunque no en la magnitud que suele describirse. El gasto militar ruso superará este año el 10% del PIB por primera vez desde la era soviética y el déficit fiscal del primer semestre se duplicó frente a 2025, pero ese déficit proyectado equivale a apenas 2,8% del PIB —una fracción del 26,9% que registró Estados Unidos en 1943— y una cuarta parte del gasto militar corresponde a pagos directos a la población, no a armamento. El daño más profundo es interno: la nacionalización de empresas que el Kremlin considera desleales —más de 6 billones de rublos en activos embargados desde 2024— hundió la inversión 14,3% en el primer trimestre y llevó al índice de la bolsa de Moscú a un récord de diecinueve semanas consecutivas de caídas, mientras los ingresos fiscales por petróleo y gas cayeron 22,7% interanual en el primer semestre. El deterioro ruso, en suma, tiene más que ver con un aparato estatal que castiga cualquier capital que no controla directamente que con las sanciones occidentales o los ataques ucranianos contra su infraestructura energética.
Valoración. Europa y Estados Unidos comparten esta semana el mismo origen de su endurecimiento monetario —un shock energético que ninguno de los dos bancos centrales provocó ni controla— pero enfrentan consecuencias distintas: la Fed decide sobre una economía que aún genera empleo por encima de lo esperado, mientras el BCE sube tipos sobre una actividad que apenas crece 0,3%-0,4% por trimestre y una industria alemana que ya acumula el mayor número de quiebras en trece años. La distancia entre lo que el mercado descuenta —tres subidas más hasta 3,25% en 2027— y lo que el BCE incorpora en su escenario base sugiere que el balance de riesgos sigue inclinado hacia más energía cara, no menos, mientras Oriente Próximo defina el rango entre 75 y 130 dólares que separa el escenario suave del severo. El repliegue del oro europeo desde Nueva York y la advertencia de Lagarde sobre el gasto en defensa describen la misma inquietud desde ángulos distintos: un continente que ya no da por descontada la protección financiera y militar de Washington, y que empieza a pagar, en reservas repatriadas y presupuestos reordenados, el costo de esa duda.
III. Asia: Pekín decide que el superávit comercial es una virtud, no un defecto, mientras Japón paga el precio más alto en tres décadas por defender el yen
El Brent tocó 109,97 dólares por barril esta semana por las tensiones entre Estados Unidos e Irán, y ese salto, sumado a la fortaleza del índice de precios al productor estadounidense de agosto, elevó las expectativas de una Fed más dura y empujó a la aversión al riesgo global, con los mercados asiáticos entre los más expuestos a ese ajuste. En el plano doméstico, Hefei ilustra el modelo que Pekín prefiere financiar: una empresa pública valorada en 148.900 millones de dólares ancló un polo tecnológico cuyo PIB local creció 6,8%, con la producción industrial saltando 25,6% y las exportaciones 51,9% —la prueba, para el liderazgo chino, de que el capital estatal dirigido a sectores estratégicos sigue funcionando.
Ese mismo modelo, sin embargo, deja a una cuarta parte de las empresas industriales chinas perdiendo dinero, y casi ninguna quiebra: los bancos refinancian su deuda, los proveedores toleran retrasos de pago cada vez más largos y el Estado inyecta capital de forma directa e indirecta cuando resulta necesario. El margen neto de interés de la banca comercial china ya cayó por debajo del mínimo de 1,8% que recomienda el regulador y el rendimiento sobre activos apenas supera la mitad de su nivel de hace una década, pero los colchones de capital siguen por encima de los mínimos regulatorios y Pekín recapitalizó bancos por 520.000 millones de yuanes el año pasado y anunció otros 290.000 millones para este. El límite real de ese respaldo no está en los balances bancarios ni en los vehículos de financiamiento de los gobiernos locales —cuya deuda el FMI calcula que entre 39% y 46% necesita refinanciarse sin ayuda directa—, sino en la disposición del gobierno central a seguir absorbiendo esas pérdidas, y esa disposición, por ahora, no muestra señales de agotarse.
Pekín no interpreta ese exceso de capacidad como un desequilibrio entre oferta y demanda agregadas, sino como el resultado de una competencia de precios excesiva en sectores puntuales, y por eso su respuesta —la campaña contra la “involución”— busca consolidar y elevar estándares, no reducir la base industrial. El superávit comercial, en esa lógica, funciona como evidencia de éxito: los semiconductores, la electrónica y la tecnología verde ya explican la mitad del crecimiento reciente de las exportaciones chinas, y el sector automotor —con capacidad ociosa suficiente para fabricar tantos vehículos como Japón y Alemania juntos, y un tercio de sus fabricantes en pérdidas— sigue produciendo los avances tecnológicos que le permiten superar a los líderes globales. El costo de sostener ese modelo, calculó el FMI, equivale a 4,4% del PIB chino frente a 1,5% en la Unión Europea, y la mala asignación de recursos que conlleva ya restó al menos dos puntos de crecimiento; con todo, China seguirá exportando ese desequilibrio, al menos hasta 2030, con una inflación al consumidor de apenas 0,5% hacia esa fecha y un superávit de cuenta corriente todavía mayor en proporción al PIB.
Japón encara su propio problema de precios desde el otro extremo del ciclo: el índice de precios al productor de agosto subió a 7,6% interanual —con el mes previo revisado al alza hasta 7,7%—, empujado por la información (19,5%) y el petróleo (14,7%), y ese repunte mayorista confirma para el Banco de Japón que la inflación subyacente al consumidor volverá a superar su objetivo del 2% en los próximos meses. El banco central se dispone a subir tasas 25 puntos básicos hasta 1,25% en la reunión del 17 y 18 de septiembre —su nivel más alto en 31 años—, la segunda subida en apenas tres meses tras la de junio, aunque sin consenso interno sobre el ritmo: los analistas encuestados por Reuters ubican la tasa terminal en al menos 1,75% hacia el segundo trimestre de 2027, pero el gobernador Kazuo Ueda evitará comprometerse con una hoja de ruta, dividido entre miembros que ya consideran cumplida la meta de inflación subyacente y palomas como Toichiro Asada, que votó en contra de la subida de junio.
Defender el yen le costó a Japón un récord: las reservas internacionales cayeron 6,18% en agosto, su ritmo más rápido desde que el ministerio de Finanzas empezó a llevar el registro en 2000, hasta 1,207 billones de dólares desde 1,287 billones en julio, en el cuarto mes consecutivo de descensos. El gasto acumulado en intervenciones —27,1 billones de yenes, la mayor cifra desembolsada en un solo año, por encima del récord anterior de 20,4 billones en 2003— incluyó una operación coordinada con Estados Unidos a finales de julio, la primera de ese tipo desde 1998, y logró su objetivo: el yen, que había tocado un mínimo de cuarenta años de 163,98 por dólar el 23 de julio, cerró el viernes en 153,55-153,65, con un repunte adicional tras el IPC estadounidense y la caída temporal de los rendimientos del Tesoro. La apreciación de más de 6% desde la intervención conjunta alivia parte de la presión importadora sobre Japón, pero el repunte del Brent por encima de 100 dólares compensa ese alivio y mantiene al Banco de Japón en vigilancia frente al mismo riesgo inflacionario que ya endurece a la Fed y al BCE.
Valoración. China y Japón cierran la semana en extremos opuestos del mismo problema de sobrecapacidad y precios, y ninguno ofrece una salida rápida. Pekín ha decidido que el costo fiscal y de productividad de sostener un modelo industrial sobredimensionado —4,4% del PIB según el FMI, y al menos dos puntos de crecimiento perdidos por mala asignación de recursos— sigue siendo menor que el beneficio estratégico de la autosuficiencia tecnológica, de modo que el superávit comercial chino no se corrige: se traslada de sector en sector y sigue empujando presión competitiva hacia el resto del mundo. Japón enfrenta el problema inverso: un yen que por fin se fortalece gracias a la intervención más cara de su historia choca con un petróleo que amenaza con anular ese alivio antes de que el Banco de Japón termine su propio ciclo de subidas. El crudo, no ninguna decisión doméstica, ata esta semana a China y Japón con Estados Unidos y Europa: mientras no cede, ningún banco central del mundo desarrollado puede permitirse hablar de pausa.
IV. México y Brasil: mientras la Fed, el BCE y el Banco de Japón suben tasas por la misma guerra petrolera, Brasil se prepara para recortar la Selic
La producción industrial mexicana creció 2,7% interanual en julio, su mayor ritmo desde abril de 2024 y muy por encima del 1,8% que esperaba el consenso, frente al 1,7% de junio. La manufactura lideró el avance con un salto de 1,6% —desde apenas 0,1%—, impulsada por la producción de derivados de petróleo y carbón, que rebotó 14,7% tras haber caído 2,2% el mes anterior, y por la fabricación de computadoras y equipo electrónico, que subió 14,2% tras el 5,8% previo. La construcción también aportó: creció 7,3% desde 5%, con edificación (8,2%) y obras especializadas (7,8%) como motores. La minería, en cambio, frenó en seco a 1,6% desde 6,6%, con los minerales metálicos y no metálicos contrayéndose otro 3,7% y la extracción de petróleo y gas moderándose a 1,6% desde 2,9%; en términos mensuales, el índice general subió 0,5% frente al 0,2% de junio.
México y Estados Unidos negocian a marchas forzadas un acuerdo comercial provisional antes de las elecciones legislativas de mitad de mandato del 3 de noviembre, según seis fuentes citadas por Reuters: México obtendría alivio sobre ciertos aranceles estadounidenses a cambio de endurecer sus reglas frente a la inversión china y elevar el contenido estadounidense en autopartes, motores y software. El secretario de Comercio Howard Lutnick sostuvo el miércoles una reunión virtual con la presidenta Claudia Sheinbaum —originalmente prevista de forma presencial— en un proceso que ambos gobiernos quieren cerrar antes de las urnas, cuando el Partido Republicano arriesga el control del Congreso, y que México, preocupado por un posible deterioro en sus calificaciones crediticias, también quiere resolver pronto. El obstáculo central son los aranceles de la Sección 232 sobre acero, aluminio, automóviles y autopartes: el acero mexicano paga hoy 50% y los vehículos 25%, muy por encima del 15% que Washington ya acordó con Japón, la Unión Europea y Corea del Sur, o del 10% del Reino Unido. Algunos fabricantes de automóviles anticipan que México podría recibir un esquema similar al discutido con Canadá —un arancel de 15% para vehículos combinado con una menor exigencia de contenido estadounidense, lo que llevaría la tasa efectiva a cerca de 7%— a cambio de que México ceda en incorporar más motores, componentes electrónicos y software estadounidenses a sus vehículos.
El impulso mexicano llega justo después de que las negociaciones entre Washington y Ottawa colapsaran: Estados Unidos prohibió esta semana la importación de licores, motocicletas y lácteos canadienses, y Canadá ya prepara aranceles equivalentes de represalia. México ha optado por el camino contrario —cooperación en lugar de confrontación—, una elección que se explica con un solo número: más de 80% de sus exportaciones tienen como destino a Estados Unidos. El T-MEC sigue de fondo como la pieza mayor del rompecabezas: el tratado quedó en el limbo en julio, cuando Washington no aceptó renovarlo por dieciséis años más, y aunque continúa vigente bajo revisión anual, la administración Trump usa ese proceso como palanca de presión; para Washington, cerrar primero con México tiene además un valor estratégico, pues aislaría a Canadá antes de que entre en vigor una nueva ronda arancelaria prevista para el 1 de enero.
Brasil, en el extremo opuesto del ciclo global de tasas, vio ceder su inflación anual a 4,22% en agosto desde 4,44% en julio, por debajo del 4,27% esperado y más cerca del centro del rango objetivo de 1,50%-4,50% del banco central. La moderación fue generalizada —vivienda a 4,90% desde 5,93%, ropa a 3,25% desde 3,87%, transporte a 3,04% desde 3,64%, salud a 5,84% desde 6,16%, educación a 5,98% desde 6,27%— y el transporte se benefició, en particular, de una inflación de combustibles que cayó a 4,60% desde 7,60%, incluso con el petróleo internacional al alza por las tensiones en Oriente Medio: Petrobras optó por no trasladar de inmediato esa volatilidad a sus refinerías, abriendo una brecha con los precios internacionales que contrasta con la transmisión casi inmediata que el mismo shock petrolero tuvo sobre la gasolina estadounidense esta semana. En términos mensuales, los precios cayeron 0,32% tras el alza marginal de 0,1% en julio, dejando el índice acumulado del año en 3,11%.
Esa sorpresa bajista empujó el rendimiento del bono a 10 años a un mínimo de tres meses, cerca de 14,14%, y reforzó la apuesta del mercado a que el Banco Central de Brasil recorte la Selic otros 25 puntos básicos en el Copom de la próxima semana. El real, sin embargo, se fortaleció hasta 5,08 por dólar —su nivel más sólido en más de un mes— porque la menor inflación reduce la prima de riesgo país y porque las encuestas que muestran a Flávio Bolsonaro ganando terreno en la carrera presidencial alimentan la expectativa de un gobierno fiscalmente más restrictivo; los mercados leen esa combinación como favorable pese a que un recorte de la Selic angosta justo el diferencial de tasas que hoy atrae capital extranjero hacia la renta fija brasileña, y lo hace en una semana en que las apuestas por una subida de la Fed siguen firmes tras un IPC estadounidense cuyo dato general se alineó con lo esperado, pero cuyo componente subyacente sorprendió al alza. La misma semana trajo, además, la escalada de una disputa institucional entre los magistrados de la Corte Suprema Alexandre de Moraes —visto como aliado de Lula— y André Mendonça, un frente que se suma a la carrera electoral como fuente adicional de incertidumbre.
El comercio exterior siguió siendo el ancla más sólida de la economía brasileña: el superávit de agosto llegó a 7.400 millones de dólares, 23,8% más que un año antes y el tercer mejor agosto de la serie histórica, solo detrás de 2023 (9.600 millones) y 2021 (7.700 millones), con exportaciones creciendo 12,2% y un intercambio comercial total de 58.900 millones de dólares, el mayor para el mes. En el acumulado de enero a agosto, el superávit llegó a 55.300 millones de dólares —28,2% más que en el mismo periodo de 2025—, con exportaciones de 250.900 millones (+10,3%) e importaciones de 195.500 millones (+6,1%), el segundo mejor resultado para ese lapso desde que existe la serie en 1989, apenas detrás de los 62.400 millones de 2023.
Valoración. México y Brasil ilustran esta semana dos respuestas opuestas a la misma pregunta cambiaria y comercial. México apuesta por la cooperación con Washington —ceder contenido automotriz a cambio de alivio arancelario— justo cuando su producción industrial da señales de fondo genuinamente amplias, no solo exportadoras, y cuando el fracaso de las negociaciones con Canadá le abre una ventana estratégica frente a un T-MEC que sigue en el limbo. Brasil, mientras el mismo choque petrolero que ya endurece a la Fed, al BCE y al Banco de Japón recorre el resto del mundo desarrollado, se prepara para hacer justo lo contrario: bajar tasas, porque Petrobras decidió no trasladar la subida del crudo a sus refinerías y la inflación cedió lo suficiente para permitírselo. Esa divergencia no está exenta de riesgo: un real que hoy se aprecia por la promesa de menor inflación depende de que el Copom no angoste el diferencial de tasas más de lo que el mercado puede tolerar sin pedir una prima adicional por el ruido político que ya enfrenta la Corte Suprema.
V. Colombia: la inflación sorprende al alza justo cuando el CARF eleva su previsión de déficit a cerca de 10% del PIB y El Niño amenaza con llevar el IPC a 7,3%
La inflación colombiana subió a 6,24% interanual en agosto, con un incremento mensual de 0,39% —muy por encima del 0,27% que anticipaba el promedio de analistas del Banco de la República—, y siete de las doce divisiones del gasto quedaron por encima del promedio nacional. Alimentos y bebidas no alcohólicas, vivienda y servicios públicos, restaurantes y hoteles, y recreación y cultura aportaron juntos 0,32 de los 0,39 puntos del mes; el alcantarillado subió 7,13%, la fruta fresca 4,95%, la papa 4,32% y la electricidad 2,33%, mientras el agua (-4,04%), el gas (-1,29%), el plátano (-2,90%) y la cebolla (-2,57%) restaron presión.
El Comité Autónomo de la Regla Fiscal endureció esta semana su diagnóstico sobre las cuentas públicas: proyecta para 2027 un déficit total cercano a 10% del PIB y una deuda neta alrededor de 67,3%, con un margen que ya no alcanza para absorber un nuevo choque. El nuevo Presupuesto General de la Nación, radicado el 27 de agosto por $635 billones —29,9% del PIB y $59,2 billones por encima de la propuesta inicial—, reconoce mejor la magnitud del desequilibrio, pero ese mayor presupuesto lo explica sobre todo el servicio de la deuda, que crecerá 54,7% y sumará 2,3 puntos del PIB, mientras el gasto sin deuda avanza solo 5,3% y se mantiene en 22,6% del PIB. Los ingresos corrientes, además, caerán 7,4% nominal tras eliminarse los recursos contingentes de la propuesta original, una caída que el Gobierno compensa con un salto de 59,6% en recursos de capital —más deuda interna y externa—. El déficit primario de 2027 quedó en 4,5% del PIB, nueve veces el 0,5% que contemplaba el Marco Fiscal de Mediano Plazo de este año y 1,2 puntos por encima del 3,3% ya previsto para 2026, en el último año en que la Regla Fiscal permite acogerse a la cláusula de escape; el CARF calcula que estabilizar la deuda en 67,3% del PIB hacia 2028 exigirá un superávit primario superior a 2%, y señala riesgos todavía sin cuantificar del todo —$8,2 billones de faltante en salud, presión en pensiones, subsidios de energía expuestos a El Niño y el gasto del terremoto— que podrían ensanchar aún más esa brecha.
Ese deterioro fiscal llegó acompañado de una advertencia de Bank of America: si el Congreso rechaza la Ley de Ajuste Fiscal o la reduce hasta volverla irrelevante, el banco considera probable que la administración De la Espriella termine solicitando financiamiento al FMI como plan B. El banco fija el umbral en el 3,3% del PIB de déficit primario ya estimado para 2026: cualquier ajuste que no mejore ese balance sería insuficiente, y el presupuesto de 2027 —que requiere 30.000 millones de dólares de financiamiento externo— sería muy difícil de cubrir sin un programa del Fondo si esa corrección no se materializa. El escenario base de BofA sigue siendo la aprobación de la ley, aunque diluida desde los 2,2 puntos del PIB que plantea el Gobierno hacia cerca de 1,5; con el ajuste completo, las necesidades de financiamiento caerían unos 14.500 millones de dólares. El detonante de esta discusión fueron los 60 billones de pesos —19.253 millones de dólares— en gasto que Hacienda reveló como omitido durante la administración anterior, principalmente intereses (37,4 billones), subsidios a combustibles (9,6 billones) y pensiones (6,5 billones); el mercado ya respondió antes de que el Congreso se pronuncie: las tasas locales subieron 10 puntos básicos el 27 de agosto y 40 más en los dos días siguientes, y el bono Colombia 2036 se rezagó entre 11 y 13 puntos en esa misma sesión. BofA, con todo, considera que un eventual programa con el FMI llegaría en un momento donde el mercado lo recibiría bien, no como señal de emergencia, y mantiene su sobreponderación en acciones colombianas, con el Colcap cotizando 10% por debajo de su promedio histórico de valoración.
Elijah Oliveros-Rosen, economista jefe para mercados emergentes de S&P Global Ratings, describió a Colombia enfrentando varios choques a la vez —El Niño, el frente energético (el país exporta petróleo pero importa gas) y el alza de las tasas globales de largo plazo— sin que eso altere, por ahora, la perspectiva de crecimiento estable de la calificadora para este año y el próximo. Calificó la inflación por encima de 6% como “un tema muy complicado”, defendió la independencia y credibilidad del Banco de la República incluso tras decisiones recientes que generaron controversia, y adelantó que el escenario base de S&P contempla al menos una subida adicional de 25 puntos básicos, con la Fed como fuente de presión adicional sobre esa trayectoria. Anif, por su parte, calcula que un fenómeno de El Niño “muy fuerte” podría llevar la inflación de fin de año a 7,3% —frente al 6,6% que el centro de pensamiento proyectaba antes de la sorpresa de agosto—, un nivel no visto desde marzo de 2024: los tres episodios más intensos de El Niño desde 1986 empujaron los alimentos entre 6,2 y 9,9 puntos por encima del resto de la canasta, y el más reciente encareció la comida casi 10%, lo que, extrapolado, llevaría la inflación de alimentos hasta 16%, con mayor impacto sobre los hogares de menores ingresos y sobre el 19% de la canasta que corresponde a perecederos como yuca, papa, plátano y frutas frescas. El fenómeno también golpea el crecimiento —Anif calcula caídas históricas de 0,56 puntos en el agro y 0,47 en energía— y encarece la generación eléctrica: los precios de bolsa ya acumulan un alza de más de 20% en el año por la mayor dependencia del gas importado, aunque las tarifas reguladas todavía no trasladan ese costo a los usuarios.
La incertidumbre de política económica, medida por el IPEC de Fedesarrollo, cedió a 194 puntos en agosto desde 236 en julio y 271 hace un año, aunque completa 95 meses consecutivos por encima del promedio histórico de 100 puntos entre 2000 y 2019. El giro más notable estuvo en la composición: la cobertura de noticias sobre política económica, social y geopolítica saltó 11,7 puntos porcentuales frente a julio, mientras la relacionada con actividad económica cayó 7,6 puntos, un desplazamiento que sugiere que la incertidumbre que queda es cada vez más política que estrictamente económica.
Hacienda aprovechó el respiro en el costo de financiamiento —la tasa de los TES 2030 cedió 327 puntos básicos desde el máximo de mayo, hasta cerca de 12%, y el peso acumula una apreciación de 21% entre enero y septiembre— para anunciar una modernización dirigida, sobre todo, a los pequeños inversionistas: hoy comprar una unidad del ETF de TES largos GxTESCol cuesta cerca de 58.800 pesos, mientras participar directamente en una subasta de deuda pública exige 500 millones, una brecha que el nuevo “Tesoro Directo” busca cerrar. César Arias, director de Crédito Público, explicó que la plataforma —inspirada en TreasuryDirect de Estados Unidos y en esquemas similares de Brasil y México— permitirá a cualquier persona comprar TES por internet o desde una aplicación, de forma gratuita y sin intermediarios; la acompañarán un segundo ETF centrado en títulos de corto plazo, un piloto hacia el primer bono soberano tokenizado del país —para el que Hacienda estudia la experiencia de Hong Kong— y una eventual negociación algorítmica sobre el Sistema Electrónico de Negociación. Más de 1.500 personas naturales ya invierten en GxTESCol, la señal que Arias usa para justificar el siguiente paso.
La Bolsa de Valores de Colombia y Asobolsa plantearon, en el mismo congreso, qué falta para que ese mercado despegue del todo. Andrés Restrepo, gerente de la BVC, descartó que exista una sola palanca capaz de producir el salto —”no hay una respuesta que yo le diga: si esto pasa, esto se desata”— y señaló el frente tributario como uno de los más concretos: hay compañías listadas con tasas efectivas de tributación cercanas a 40% cuyos accionistas terminan asumiendo, en conjunto, una carga cercana a 60%, aunque su argumento no es bajar impuestos sino tratar cada decisión tributaria, regulatoria o de gobierno corporativo como parte de una política de largo plazo, no de ajustes aislados. Shenny González, presidenta de Asobolsa, coincidió en que el país ha atacado esos obstáculos uno por uno en lugar de con una estrategia conjunta —”no es el acetaminofén único para el dolor de cabeza”— y pidió una política de Estado con ejecutables, seguimiento y medición. Ambos coincidieron, además, en que el mercado necesita más emisores más allá de las compañías más grandes, a través de un “mercado de crecimiento” con exigencias graduales —la BVC cita como referencia a a2censo, donde empresas pequeñas escalan desde campañas de financiamiento colectivo—, y en que la integración con Chile y Perú a través de nuam, que ya homologó cerca de 95% de las reglas de operación y comparte motor de calce y pantalla de negociación, sigue en curso hacia la meta de integrar la renta variable en 2027, con la poscontratación como la etapa pendiente.
El vicepresidente José Manuel Restrepo enmarcó todas estas iniciativas en un problema mayor: Colombia registra hoy la relación de inversión a PIB más baja en más de cuatro décadas, y la estrategia del Gobierno busca canalizar el ahorro pensional y ampliar el número de empresas listadas para revertir ese rezago.
Valoración. Colombia cierra la semana con un diagnóstico fiscal que empeora —el CARF eleva el déficit total de 2027 a cerca de 10% del PIB y advierte que ese margen ya no alcanza para absorber un nuevo choque— justo cuando se acumulan otros dos: una inflación de agosto que sorprendió al alza antes de que El Niño empiece a sentirse en los alimentos y la energía, y un Congreso que decidirá si la ley de ajuste fiscal sobrevive con los 2,2 puntos del PIB que pide el Gobierno o se diluye hacia el 1,5% que anticipa Bank of America, el umbral bajo el cual un programa con el FMI deja de ser hipótesis. El mercado, con todo, sigue leyendo esta acumulación de riesgos con una calma que contrasta con las cifras del CARF: la misma tasa de los TES que cede y el mismo peso que se aprecia son la base sobre la que Hacienda ahora se anima a lanzar un ETF de corto plazo y el primer bono soberano tokenizado del país. Esa distancia entre el deterioro que describe el CARF y la tranquilidad que exhibe el mercado definirá si 2027 se resuelve con un ajuste fiscal creíble o con una llamada a Washington.
VI. Mercados financieros
Renta variable
Wall Street cerró la semana con una sesión de alivio: el Dow Jones subió 0,98%, el Nasdaq 100 0,91% y el S&P 500 0,86%, después de que el petróleo y los rendimientos del Tesoro interrumpieran cuatro sesiones consecutivas de alzas y el IPC de agosto no aportara ninguna sorpresa adicional sobre la ya conocida el jueves. Hewlett Packard Enterprise lideró el S&P 500 con un salto cercano a 11% tras superar las expectativas de resultados y elevar su guía para el negocio de servidores de inteligencia artificial; Cisco Systems avanzó 4,1% —el mayor incremento porcentual del Dow— y Caterpillar aportó 95 puntos al índice, el mayor respaldo individual de la sesión, mientras UnitedHealth, Amgen y Johnson & Johnson cerraron a la baja. Los sectores sensibles al crédito acompañaron la pausa en el petróleo: Alphabet ganó 1,5%, Amazon 1,9% y JPMorgan 0,8%, y los fabricantes de chips subieron con fuerza —AMD 2,5%, Intel 2,6%— mientras Dell se disparó 11,9% hasta un máximo histórico después de que RBC iniciara cobertura con calificación de sobreponderar; Oracle, en cambio, borró sus ganancias iniciales y cerró 1,8% abajo pese a resultados sólidos. El respiro del viernes no alcanzó a compensar la semana completa: el S&P 500 cedió 0,6%, el Nasdaq 0,7% y el Dow 426 puntos en el balance de cinco sesiones.
Europa se movió con menos convicción: el Stoxx 600 avanzó 0,3% y el FTSE 100 0,4%, pero el índice paneuropeo se encamina a su peor semana desde abril, con una caída acumulada superior a 2% por la presión de unos rendimientos soberanos en máximos del año. Esa divergencia —Wall Street cerrando la semana con ánimo, Europa camino a su peor semana en cinco meses— resume el riesgo que ya atraviesa a ambos lados del Atlántico: mientras el mercado estadounidense descuenta con relativa calma la subida de tasas que se decide el miércoles, las bolsas europeas cargan un doble golpe de tasas soberanas al alza y una prima de riesgo energético que llega directamente del conflicto en Oriente Próximo.
El MSCI Colcap retrocedió 1,41% hasta 2.590 puntos, en una toma de utilidades que interrumpió siete sesiones consecutivas de ganancias. ETB (-5,51%), Celsia (-4,38%) y Cibest (-3,50%) lideraron las caídas, mientras Fabricato (2,78%), Mineros (1,90%) y PF Grupo Davivienda (1,26%) fueron las únicas referencias que cerraron en verde. El índice perdió el soporte técnico de 2.620 puntos y se acerca a su media móvil de 50 sesiones, cerca de 2.570, el nivel que definirá si la corrección se detiene ahí o se extiende hacia 2.530. Ecopetrol lideró el volumen negociado con 35.115 millones de pesos, seguida de PF Cibest (16.369 millones) y PF Grupo Davivienda (12.604 millones); en el frente corporativo, Suramericana nombró a Maura Freiwald como miembro patrimonial de su junta directiva, en reemplazo de Rodrigo Belloube, quien ejerció el cargo hasta el 10 de septiembre.
Apple presentó el iPhone Duo, su primer modelo plegable, con un precio de entrada de 1.999 dólares, y la apuesta trasciende la innovación: en un mercado de smartphones ya maduro, la compañía busca abrir una categoría ultrapremium que eleve el precio promedio de venta, mejore la mezcla de producto y reactive el ciclo de renovación, un objetivo que solo se cumple si el lanzamiento genera demanda adicional en lugar de simplemente desplazar compradores desde el iPhone Pro Max hacia un equipo más caro. La acción subió 3,6% con el anuncio, pero cotiza a unas 37,5 veces beneficios, una valoración que deja poco margen para una ejecución débil: el mercado vigilará ahora las reservas, el volumen de ventas, el margen bruto y la contribución incremental al beneficio, porque vender un teléfono más caro solo crea valor para el accionista si se traduce en más utilidad, no en una simple sustitución dentro de la misma gama de la marca.
Renta fija
El mercado de renta fija global cerró la semana con rendimientos en máximos de varios años a lo largo de las curvas desarrolladas. El Tesoro estadounidense a 10 años tocó intradía 5,005% —su primer cruce por encima del umbral psicológico de 5% desde octubre de 2023— antes de retroceder hacia 4,92% cuando el petróleo aflojó su avance, para cerrar la semana en 4,97% (+2,9 puntos básicos) una vez que el IPC subyacente de agosto reafirmó el sesgo hawkish: la probabilidad de una subida de la Fed el 16 de septiembre saltó a 90% desde cerca de 70% antes de conocerse el dato. El tramo corto lideró la presión, con el 2 años subiendo 4 puntos básicos hasta 4,63%, mientras el 30 años cerró casi sin cambios en 5,36%, un aplanamiento que refleja el consenso: dos alzas totalmente descontadas para fin de año. La última operación de recompra de bonos del Tesoro añadió una señal de demanda débil: el Gobierno recompró apenas 5.200 millones de dólares, por debajo del tope de 6.000 millones y cerca de la mitad de los 10.500 millones ofrecidos, un indicio más de que el apetito por deuda estadounidense a largo plazo se debilita justo cuando Noruega evalúa vender y las tecnológicas emiten más bonos corporativos para financiar inteligencia artificial.
En Europa, el Bund alemán a 10 años cruzó 3,50% por primera vez en quince años, hasta 3,502% (+5 puntos básicos), ampliando el diferencial frente a la periferia —Francia en 4,451% (93 puntos de spread), Italia en 4,354% (83 puntos) y España en 3,979% (46 puntos)— sin señales de estrés sistémico, aunque con primas que empiezan a tensionarse. El Gilt británico a 10 años tuvo el movimiento más agresivo de la sesión: subió hasta 5,37%, un máximo de casi dos décadas, para luego ceder hacia 5,3% conforme el petróleo detenía su alza, mientras el 30 años rondó 6%, un nivel que no se veía desde 1998. El gobernador Andrew Bailey rechazó la idea de que otra subida del Banco de Inglaterra sea “inevitable” y condicionó las próximas decisiones a la evolución de los datos, pero el mercado no le sigue del todo: sigue descontando por completo cuatro subidas hacia mediados de 2027, sostenidas por un petróleo que no cede y por un crecimiento —el PIB británico avanzó 0,4% mensual en julio, por encima de lo esperado— que le quita a Bailey el argumento de la desaceleración.
La curva de TES colombianos se movió en la dirección contraria al resto del mundo desarrollado: cerró con sesgo comprador generalizado, con compresiones de 4 puntos básicos en Feb-2033 (12,49%) y Oct-2050 (12,50%), 3 puntos en Abr-2028 (12,30%) y 2 puntos en Nov-2027 (11,78%) y Oct-2034 (12,51%), mientras Jun-2032 se mantuvo estable en 12,50%. El patrón —tramos corto y ultralargo liderando la valorización— apunta a flujos institucionales distintos según el vencimiento: fondos de pensiones rebalanceando posiciones cortas ante la propuesta de eliminar el tope de 30% a la inversión extranjera, y aseguradoras y portafolios de calce de activos y pasivos aprovechando tasas cercanas a 12,50% en la parte larga. El frente fiscal aporta holgura adicional: el cupo de TCO de $67 billones queda plenamente disponible tras cancelaciones por $43,62 billones —$32,72 billones de ellas por redenciones anticipadas vía canjes y liberación de garantías TRS—, lo que deja al Gobierno $3,09 billones de espacio extra para el financiamiento de corto plazo, justo cuando el aumento de $25 billones en la emisión programada de TES para 2026 (hasta $110,25 billones) empieza a pesar en la formación de precios de las próximas subastas.
Divisas
El índice dólar (DXY) osciló entre 99,00 y un máximo efímero de 99,36 —alcanzado justo después de conocerse el IPC subyacente que superó expectativas— antes de que la corrección del petróleo y la toma de utilidades lo devolvieran a su rango previo. El euro cerró en 1,1595 (-0,11%) sin lograr consolidar por encima de 1,16, cerca de su nivel más bajo en más de una semana, mientras la libra mostró más firmeza, con el GBP/USD en 1,3526 (+0,11%) de cara a la decisión del Banco de Inglaterra la próxima semana. El movimiento más marcado de la sesión fue el yen: el USD/JPY cayó a 153,68 (-0,47%), convertido en la divisa desarrollada más fuerte del día por flujos de refugio ante la incertidumbre geopolítica y la expectativa de un ajuste del Banco de Japón, en la antesala de una semana con tres decisiones de bancos centrales —Fed, BoE y BoJ— seguidas.
El USD/COP cerró en $3.084,90, con una baja de $5,10 frente al jueves ($3.090), dentro de un rango entre $3.066,50 y $3.085,99 y un volumen de US$1.452 millones. El peso encadena ocho sesiones consecutivas de apreciación —su racha más larga desde julio de 2023— y se encamina a su segunda semana positiva, entre las divisas emergentes de mejor desempeño global; ni siquiera el retroceso del crudo logró frenarlo, sostenido en cambio por las necesidades de caja del Gobierno, la expectativa de que se libere el tope a la inversión extranjera de los fondos de pensiones y el aumento en la emisión de TES. El contraste regional es nítido: el peso chileno acumuló su quinta semana consecutiva de pérdidas y el sol peruano cerró la semana a la baja pese a repuntar el viernes, con el banco central de Perú manteniendo tasas sin cambios por duodécimo mes consecutivo. El desempeño del peso colombiano frente a sus pares confirma que los factores idiosincráticos —más que el ciclo global de tasas— siguen marcando la diferencia.
La libra se benefició, además, de un PIB británico que creció 0,4% mensual en julio y sostuvo el mismo ritmo en el trimestre móvil, un dato que refuerza el argumento de quienes en el mercado siguen descontando cuatro subidas del Banco de Inglaterra hacia mediados de 2027, incluso después de que el gobernador Andrew Bailey rechazara el martes la idea de que otra subida sea inevitable y condicionara las decisiones futuras a la evolución de los datos. El euro, por su parte, quedó atrapado entre la subida de tipos del BCE del jueves y una Fed que el mercado da por segura para el miércoles: Lagarde advirtió que el regreso de la inflación a 2% —hoy proyectado para finales de 2027— podría demorarse todavía más, pero el diferencial de política que hoy favorece al dólar es el que impide al euro consolidar por encima de 1,16.
Commodities
El petróleo resume en una sola semana la tensión entre oferta y diplomacia: el Brent y el WTI subieron 10% hasta superar los 100 dólares por barril, impulsados por un triple catalizador —las tensiones persistentes entre Estados Unidos e Irán, la toma de la isla de Perim por los hutíes en el estrecho de Bab el-Mandeb, y el informe mensual de la Agencia Internacional de la Energía, que elevó su estimación del déficit global de oferta a 5,7 millones de barriles diarios para 2026 y advirtió que el sistema de refino mundial opera “al límite”—, la misma tensión que ya llevó el diésel estadounidense a superar por primera vez los 6 dólares por galón. El viernes, sin embargo, el crudo cerró a la baja —Brent en 104,66 dólares (-2,8%) y WTI en 100,24 dólares (-2,2%)— tras conocerse que Irán se reunirá con países del Golfo en Omán para discutir la situación en Ormuz, un giro diplomático que abrió una salida después de varios días de escalada, reforzado por una inflación estadounidense que, al confirmarse persistente, reactivó el temor a una desaceleración de la demanda global.
Los futuros de gasolina en Estados Unidos cedieron a cerca de 3,35 dólares por galón tras tocar un máximo intradía de 3,45, aunque se mantienen elevados: Irán advirtió sobre contraataques si Washington sostiene la presión militar, los hutíes avanzan sobre Bab al-Mandeb y los ataques ucranianos contra la infraestructura rusa siguen recortando la producción refinada de ese país, un cuadro que llevó a la AIE a recortar su previsión de demanda global pese al aumento de 1,269 millones de barriles en los inventarios estadounidenses de gasolina. El carbón, mientras tanto, subió por encima de 145 dólares por tonelada —cerca de su máximo en tres meses— después de que la AIE revirtiera su pronóstico y proyectara ahora un consumo global de 8.940 millones de toneladas en 2026, un máximo histórico: el gas natural más caro por la incertidumbre sobre los flujos de GNL a través de Ormuz empuja a generadoras en China, Corea del Sur, Japón y Europa a sustituir gas por carbón, mientras El Niño eleva la demanda de refrigeración y reduce la generación hidroeléctrica en India y Vietnam. La AIE advirtió que, de persistir la interrupción en Ormuz, la demanda de carbón podría marcar otro máximo en 2027.
Los metales preciosos cerraron la semana en terreno mixto pero bajo la misma sombra: la plata subió a cerca de 65 dólares la onza el viernes pero retrocedió más de 1% en la semana, y el oro cotizó cerca de 4.380 dólares —también con avance el viernes— pero acumuló su tercera pérdida semanal consecutiva, en ambos casos con los inversionistas digiriendo un IPC de agosto que dejó la inflación general en 3,4% y aceleró la subyacente a 0,3% mensual, su mayor salto desde abril. Los precios al productor confirmaron la misma presión, empujados por el costo energético que la guerra en Irán mantiene elevado, y la herramienta FedWatch de CME elevó a 86% la probabilidad de una subida de la Fed la próxima semana, desde 70% antes del dato: cuanto más se afirma esa apuesta, menos atractivo resulta un activo que no paga rendimiento.
En los agrícolas blandos, el algodón se mantuvo cerca de 87 centavos por libra tras replegarse desde un máximo de más de dos meses: el reporte WASDE recortó 3% la previsión de producción y las condiciones de cultivo se deterioraron hasta dejar solo 34% de la cosecha estadounidense calificada como buena o excelente, mientras El Niño —que se espera persista hasta febrero de 2027— y un monzón indio 16% por debajo de lo normal amenazan a dos de los mayores productores del mundo. El azúcar, por su parte, subió a cerca de 18,5 centavos —su nivel más alto desde abril de 2025— y acumula un avance cercano a 30% en el año, mientras la Organización Internacional del Azúcar proyecta un déficit global de 260.000 toneladas para la temporada 2026-27 y las lluvias intensas en el centro-sur de Brasil interrumpen la cosecha justo cuando India, el otro gran productor golpeado por el monzón débil, evalúa restringir sus exportaciones para contener precios internos en máximos históricos. En Colombia, el precio interno del café continuó su descenso: la carga de 125 kilos cerró el viernes en $2.005.000, $5.000 por debajo del jueves, según la Federación Nacional de Cafeteros.
El cobre ilustra mejor que cualquier otro metal cómo la política comercial estadounidense, no la escasez física, mueve hoy los precios. El contrato a tres meses en la Bolsa de Metales de Londres tocó un máximo histórico de 14.850 dólares por tonelada antes de retroceder, después de que Washington confirmara el 10 de septiembre que todavía no ha decidido si impone aranceles al cobre refinado —una amenaza que lleva meses sobre la mesa—, un anuncio que, paradójicamente, calmó al mercado precisamente porque despejaba la incertidumbre de corto plazo. Los importadores, sin embargo, no esperaron esa claridad: Estados Unidos importó 225.000 toneladas de cobre solo en julio, un volumen sin precedentes desde que existen registros en 1990, y esa compra anticipada dejó casi 696.000 toneladas almacenadas en territorio estadounidense frente a apenas 236.000 en la LME, una distribución desequilibrada más que una escasez real. Las minas chilenas, líderes mundiales, tampoco ayudan: registraron una caída de producción en julio por problemas climáticos, en momentos en que la demanda de centros de datos de inteligencia artificial y energías renovables solo puede crecer; el metal sube ya 15% en el año, con un empuje adicional desde Oriente Medio, donde el bloqueo de Ormuz encarece el ácido sulfúrico que se usa para extraerlo.
Valoración. Una sola variable explicó casi todos los movimientos de la semana: el petróleo. Su repunte de 10% sostuvo el sesgo restrictivo de la Fed, el BCE y el Banco de Inglaterra al mismo tiempo, encareció el carbón por sustitución energética, presionó al oro y la plata a través de unas expectativas de tasas que subieron con cada dato, y financió —vía dólares y menor aversión al riesgo— la fortaleza puntual del peso colombiano y de los TES, que se movieron en dirección exactamente opuesta a sus pares desarrollados. Ese mismo contraste marca a Colombia por fuera de los mercados financieros: el país sigue leyendo con calma un deterioro fiscal que el CARF describe en términos mucho más duros, y esa calma —TES comprimiéndose, peso apreciándose— es hoy la base sobre la que Hacienda se anima a modernizar el mercado de deuda pública. El cobre, mientras tanto, recordó que no todo lo que sube esta semana lo hace por la Fed o por Irán: su pico histórico en Londres respondió a una compra anticipada frente a un arancel estadounidense que ni siquiera existe todavía, la clase de riesgo que ningún banco central puede anticipar ni corregir.
Nota del Autor
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Las opiniones, proyecciones y análisis aquí presentados son exclusivamente del autor y no reflejan necesariamente las posturas de entidades públicas o privadas con las que mantenga vínculo profesional o académico. Tales opiniones están sujetas a cambios sin notificación previa, de acuerdo con la evolución de los hechos económicos y financieros.
Las inversiones en mercados financieros conllevan riesgos inherentes, incluidas posibles pérdidas parciales o totales del capital invertido. En consecuencia, se recomienda a los lectores realizar su propio análisis independiente y, de considerarlo necesario, acudir a asesores financieros debidamente habilitados conforme al marco regulatorio aplicable antes de adoptar decisiones con impacto económico














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