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“Tal vez, solo tal vez, parte del futuro de este país dependa de mirar hacia adentro con la misma admiración con la que miramos hacia afuera.”
En Colombia repetimos, casi sin pensarlo, que la mejor vida está afuera. “En otros países sí se progresa”, “allá sí hay oportunidades”, “allá sí valoran el trabajo”. Son frases que circulan con naturalidad, como si la tierra prometida solo existiera al cruzar una frontera. En esa lógica, lo propio adquiere un brillo tenue y lo ajeno un resplandor exagerado. Admiramos con devoción los logros de los vecinos, pero rara vez reconocemos el valor de lo que crece en nuestra propia casa.
No se trata de negar las dificultades del país ni de romantizar sus carencias. Quien decide migrar lo hace movido por razones válidas, urgentes o esperanzadas. Pero esa mirada constante hacia afuera ha ido desacostumbrándonos a apreciar lo que está aquí, lo que se construye desde hace generaciones, lo que sostiene silenciosamente una parte fundamental de nuestra vida cotidiana. Y en ese punto es inevitable hablar del campesino.
El campesino no es un héroe ni un mártir. Tampoco es el único sostén del país. Pero su oficio —que no es simple trabajo físico sino un saber profundamente tejido con la tierra— sí es uno de los pilares más antiguos de nuestra identidad. Y, sin embargo, es uno de los menos reconocidos. Tanto nos cuesta valorarlo que incluso desde la política pública se ha pretendido rebautizarlo: en un reciente debate ante el Congreso, desde el Ministerio de Agricultura se llegó a asegurar que el término campesino resultaba “despectivo” y se propuso reemplazarlo oficialmente por la expresión “pequeños empresarios del campo” para presuntamente “elevar su estatus”. Ese intento por revestir de lenguaje corporativo a quien cultiva el suelo revela exactamente el núcleo del problema: la creencia de que para otorgarle dignidad a un campesino hay que convertirlo en un actor de mercado, despojándolo de su propio nombre. Tuvo que ser un fallo del Juzgado 46 Laboral del Circuito de Bogotá el que recordara una verdad elemental: “campesino, campesina y campesinado” no son marcas comerciales, sino categorías constitucionales dignas que nombran una historia, una cultura y una identidad.
Quienes llevan botas de caucho no solo producen alimentos, aunque esa sea la dimensión más visible. Cifras oficiales de la Unidad de Planificación Rural Agropecuaria (UPRA) señalan que cerca del 70% de la producción agrícola que alimenta diariamente a los hogares colombianos proviene de la agricultura campesina, familiar y comunitaria. Siete de cada diez platos que se sirven en el país existen gracias a sus manos. Pero su contribución trasciende las toneladas de comida. El propio Acto Legislativo 01 de 2023 —que modificó el artículo 64 de la Constitución para reconocer explícitamente al campesinado como “sujeto de derechos y de especial protección constitucional”— subrayó que este grupo sostiene un “particular relacionamiento con la tierra” y una dimensión social, cultural y ambiental indispensable para la soberanía alimentaria. Allí donde en las ciudades vemos barro, ellos ven señales. Donde vemos cansancio, ellos ven propósito. Donde vemos oficio, ellos ven continuidad. No porque representen el pasado, sino porque entienden algo que el país entero necesita recordar: la tierra no es solamente un recurso explotable, es un territorio que se cuida, se interpreta y se respeta.
Llamar a Colombia “tierra prometida” puede sonar ingenuo, pero la frase adquiere otro sentido si pensamos en quienes la habitan desde hace décadas sin aspirar a perseguir utopías lejanas. No porque no puedan, sino porque encontraron en estas montañas, llanuras y valles un modo de vida que todavía tiene sentido. Y eso, en tiempos de desarraigo global, es una forma de sabiduría.
No se trata de exaltar al campesino por encima de otros actores del país. Se trata de reconocer que, en nuestra búsqueda compulsiva de modelos extranjeros, hemos dejado de mirar a quienes llevan generaciones demostrando que esta tierra —con todos sus problemas— sigue dando oportunidades reales, siempre y cuando existan manos que la entiendan. La tierra prometida no es una geografía milagrosa; es un lugar donde la vida se construye con paciencia, conocimiento y arraigo.
Tal vez el país no necesita fabricar nuevos mitos, sino aprender a valorar lo que siempre estuvo aquí. Tal vez la dificultad no está en que Colombia carezca de promesas, sino en que nos cuesta reconocerlas cuando brotan de manera humilde, sin propaganda y sin glamour. Y tal vez, solo tal vez, parte del futuro de este país dependa de mirar hacia adentro con la misma admiración con la que miramos hacia afuera.
Porque quienes habitan la tierra prometida; la real, la tangible, la que no depende de pasaportes ni de idealizaciones, llevan botas de caucho. Y aunque no representen todos los caminos del progreso, sí encarnan una forma de construir país que merece algo tan simple como justo: ser vista.














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