Resentimiento social. ¿Un derecho en Colombia?

Se habla mucho del resentimiento social en Colombia. Se señala, se critica, se condena; se le pone etiqueta como si fuera un defecto moral de quien no ha sabido salir adelante, como si fuera simplemente odio al sistema o envidia frente a quien tiene más. Pero casi nunca se hace la pregunta incómoda, la que realmente importa: ¿de dónde nace ese resentimiento? Porque no, no nace de la nada; no es gratuito, no es un capricho. Es el resultado de una historia larga de abandono, desigualdad y frustración acumulada en millones de colombianos que sienten, todos los días, que el sistema no fue hecho para ellos.

Y es que basta con mirar el país sin maquillaje para entenderlo. Colombia es uno de los países más desiguales de América Latina, y eso no es un discurso: es una realidad que se siente en la vida diaria. Durante décadas, el crecimiento económico ha sido una cifra bonita en los informes, pero lejana en la mesa de la gente. Mientras una minoría concentra riqueza, beneficios y oportunidades, millones trabajan toda su vida sin lograr salir adelante, sin poder acceder a condiciones dignas, viendo cómo el esfuerzo muchas veces no alcanza, cómo estudiar no garantiza nada, cómo trabajar no asegura estabilidad. Entonces la pregunta es inevitable: ¿cómo no sentir rabia cuando el sistema no responde?

Pero el problema no es solo económico: es territorial, es estructural, es profundamente injusto. Porque en Colombia, nacer en un lugar u otro prácticamente define el destino. No es lo mismo nacer en una ciudad que en el Chocó, en La Guajira, en el Cauca o en el Catatumbo, donde el Estado muchas veces es una promesa que nunca llega; donde no hay vías dignas, donde la educación es limitada, donde la salud es precaria, donde la presencia institucional es débil o inexistente. Y lo que sí hay es miedo: miedo al abandono, miedo a la violencia, miedo a que la vida dependa más del azar que de las oportunidades.

A eso se suma una herida que Colombia nunca ha cerrado del todo: el conflicto armado. Una guerra que han pagado los mismos de siempre: los más pobres, los que ponen el pecho, los que entierran a sus hijos, los que son desplazados, los que viven con el miedo constante de que una bala o un grupo armado les arrebate lo poco que tienen. Mientras tanto, quienes toman decisiones o alimentan ese conflicto rara vez lo padecen, rara vez arriesgan a los suyos. Y ahí es donde el resentimiento deja de ser una emoción abstracta y se vuelve algo profundamente humano.

Porque, siendo sinceros, ¿cómo no va a sentir resentimiento un campesino al que le cobran extorsión por trabajar su propia tierra? ¿Cómo no va a sentirlo una madre que pierde a su hijo en una guerra que no eligió? ¿Cómo no va a sentirlo un joven que se endeuda para estudiar, que paga intereses altísimos, que se sacrifica y, aun así, no encuentra oportunidades, mientras otros avanzan por privilegios que nunca tuvieron que ganarse? Y, mientras eso pasa, la corrupción se volvió paisaje: algo cotidiano, algo que indigna pero también acostumbra. Donde una madre puede ser judicializada por robar una libra de arroz para alimentar a sus hijos, pero políticos y altos funcionarios roban a manos llenas y no pasa nada; donde las instituciones, que deberían proteger al ciudadano, terminan respondiendo a unos pocos, y el ciudadano del común percibe que quienes tienen el poder no responden por sus actos.

Y, sin embargo, el problema es aún más complejo. Porque, en medio de esa desigualdad, también se ha construido una cultura donde muchos sobreviven haciendo trampa; donde quien puede evade; donde familias manipulan su estrato para acceder a beneficios que no les corresponden; donde universidades públicas terminan siendo ocupadas por quienes sí podían pagar una privada. La corrupción dejó de ser solo de los de arriba y empezó a filtrarse hacia abajo, reflejando una sociedad que también se quebró en sus valores. Y en ese escenario aparecen liderazgos políticos que no buscan corregir esas fracturas, sino profundizarlas; que apelan al resentimiento como motor; que dividen entre “élite y pueblo”, entre “ricos y pobres”, entre “unos y otros”, alimentando emociones que, en lugar de canalizarse en soluciones, terminan convirtiéndose en odio, en polarización, en ruptura social.

Entonces, después de ver este panorama completo, la pregunta cambia de sentido. Porque ya no se trata de juzgar el resentimiento social como si fuera un error del ciudadano, sino de entenderlo como una reacción frente a un sistema que muchas veces falla. Porque cuando una persona hace todo bien y, aun así, el sistema la condena; cuando trabajar no es suficiente; cuando estudiar no garantiza nada; cuando vivir dignamente parece un privilegio y no un derecho, el resentimiento deja de ser un defecto y se convierte en una señal clara de que algo no está funcionando.

Y tal vez ahí está el punto de fondo, el que incomoda, el que muchos no quieren reconocer: en un país donde millones viven entre la desigualdad, el abandono y la injusticia, el resentimiento social no solo es comprensible, es una reacción legítima. Y cuando el Estado falla de manera sistemática, deja de ser un problema del ciudadano para convertirse en una deuda del país. Por eso, el verdadero problema no es que exista resentimiento social; el verdadero problema sería que, ante todo eso, no existiera.

Joan Steven Zuñiga Pacheco

Estudiante de derecho de la universidad Santo Tomás Sede Medellín y Estudiante de Administración pública Territorial en la escuela superior de Administración Pública ESAP.

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