¿Quién está financiando la transición hacia la sostenibilidad?

El dato importante no es solamente cuánto dinero se consiguió. Lo verdaderamente interesante es qué ocurrió con ese dinero después de ser captado”


Hablar de sostenibilidad se ha vuelto cada vez más común. Empresas que anuncian compromisos de reducción de emisiones, gobiernos que establecen metas climáticas, consumidores que buscan productos responsables e inversionistas que incorporan criterios ambientales, sociales y de gobernanza en sus decisiones. Sin embargo, detrás de todas estas transformaciones existe una pregunta que pocas veces ocupa el centro de la conversación: ¿quién está financiando la transición hacia la sostenibilidad?

Y para responder a esa pregunta, durante mi especialización en sostenibilidad y nuevas economías decidí investigar el tema y producto de esta revisión escribí una monografía llamada: “análisis del mercado de bonos temáticos en Colombia: desafíos y oportunidades para el financiamiento sostenible” porque es importante entender que transformar la manera en que producimos, consumimos y nos relacionamos con el ambiente requiere algo más que voluntad. Requiere recursos.

Es precisamente allí donde aparecen los bonos temáticos: instrumentos financieros que permiten movilizar capital hacia proyectos con objetivos ambientales o sociales. Bonos verdes para energías renovables, eficiencia energética o protección de la biodiversidad; bonos sociales para educación, vivienda, empleo o acceso a servicios esenciales; bonos sostenibles que combinan objetivos ambientales y sociales; y bonos vinculados a la sostenibilidad, cuyo desempeño financiero puede relacionarse con el cumplimiento de determinadas metas de sostenibilidad.

En otras palabras, detrás de un concepto que puede parecer exclusivo del mundo financiero existe una pregunta mucho más sencilla: ¿hacia dónde estamos dirigiendo el dinero?

Y con ese estamos, somos todos desde las personas quienes somos finalmente los que compramos los bonos hasta el Estado y las grandes instituciones financieras que son quienes los emiten, para esto Colombia ya empezó a responder, mostrando que no es ajena a la necesidad de avanzar hacia una economía limpia.

El mercado de bonos temáticos comenzó a desarrollarse en el país en 2016, cuando Bancolombia realizó una emisión de bonos verdes por $350.000 millones. Desde entonces, los recursos provenientes de este tipo de instrumentos han contribuido a financiar proyectos relacionados con energías renovables, transporte limpio, vivienda sostenible, infraestructura, educación y programas sociales.

Uno de los casos que permite entender mejor su potencial es el de Celsia. En 2018, la compañía emitió $420.000 millones mediante un programa de bonos verdes para financiar proyectos de granjas solares. De acuerdo con la información analizada en la investigación, estas iniciativas permitirían evitar la emisión de aproximadamente 3,44 millones de toneladas de CO₂ durante su vida útil y generar 312,6 GWh de energía al año.

El dato importante no es solamente cuánto dinero se consiguió. Lo verdaderamente interesante es qué ocurrió con ese dinero después de ser captado.

Esa es una de las grandes diferencias frente a un mecanismo tradicional de financiación. En los bonos temáticos, los recursos tienen una destinación definida, los proyectos deben cumplir determinados criterios de elegibilidad y el emisor debe reportar tanto el uso de los recursos como los impactos generados.

Así, el dinero deja de ser únicamente un recurso financiero y comienza a convertirse también en un instrumento para orientar decisiones económicas.

Sin embargo, el problema no es si existe el dinero sino quien puede acceder a él. El país ha avanzado en el tema, pero decir, que existe un mercado de bonos temáticos no significa que todas las empresas tengan las mismas posibilidades de participar en él.

Una de las principales conclusiones de mi investigación es precisamente esa: el mercado continúa concentrado en grandes entidades financieras, multilaterales y organismos públicos, mientras que las pequeñas y medianas empresas enfrentan mayores dificultades para acceder a estos mecanismos. Entre los obstáculos aparecen la falta de información, los costos de certificación, la necesidad de asistencia técnica y la complejidad de estructurar proyectos que puedan cumplir con los requisitos exigidos.

Y aquí aparece una contradicción que merece nuestra atención.

Si hablamos de una transición hacia una economía sostenible, ¿podemos construirla dejando por fuera a buena parte del tejido empresarial colombiano?

Las pymes no son un actor secundario de nuestra economía. Por eso, una financiación sostenible que solo esté al alcance de los grandes emisores corre el riesgo de convertirse en una herramienta de transformación para unos pocos.

En una de las entrevistas realizadas para la investigación, la Corporación ProSur evidenció precisamente esta dificultad: para las pequeñas y medianas empresas ya resulta complejo acceder a determinados mecanismos de financiación sostenible, debido, entre otros factores, a la falta de información clara y a los costos asociados a procesos de certificación y verificación. Por eso, el reto no debería ser únicamente emitir más bonos. El reto debería ser democratizar el acceso a las finanzas sostenibles.

¿Sostenibilidad y rentabilidad pueden caminar juntas?

Durante mucho tiempo se ha presentado la sostenibilidad como si fuera un costo adicional para las empresas. Sin embargo, los bonos temáticos muestran que la relación puede ser diferente.

La investigación encontró que estos instrumentos pueden generar beneficios financieros, reputacionales y estratégicos. Para los emisores, pueden contribuir a diversificar las fuentes de financiación y, bajo determinadas condiciones, acceder a mejores condiciones financieras. Para los inversionistas, representan una alternativa para dirigir recursos hacia proyectos con impactos ambientales y sociales verificables.

Además, existe un elemento que cada vez cobra mayor importancia: la reputación.

Una empresa que demuestra que sus recursos están siendo utilizados para financiar proyectos sostenibles y que reporta de manera transparente sus resultados puede fortalecer la confianza de los inversionistas y mejorar su posición frente al mercado.

Esto cambia la conversación.

La sostenibilidad ya no puede entenderse únicamente como una obligación ambiental o como una estrategia de comunicación. También está comenzando a convertirse en una variable financiera.

Pero tampoco podemos romantizar los bonos verdes

Aquí considero que está una de las discusiones más importantes.

Que un bono tenga una etiqueta verde, social o sostenible no significa automáticamente que todos los problemas estén solucionados.

El mercado necesita transparencia, trazabilidad y mecanismos adecuados de verificación. El inversionista debe poder saber qué se financió, cómo se utilizaron los recursos y qué impacto produjo realmente el proyecto. En Colombia todavía existen desafíos en estos aspectos, así como en la consolidación de marcos regulatorios y estándares que fortalezcan la confianza del mercado.

También existen factores que van más allá de la sostenibilidad.

Las altas tasas de interés y la incertidumbre política y fiscal pueden afectar el dinamismo de las emisiones, porque los mercados financieros no funcionan aislados de la realidad económica. De hecho, uno de los expertos consultados en la investigación planteó estas condiciones como una posible explicación de la reducción de emisiones durante los últimos años analizados.

Esto demuestra algo fundamental: las finanzas sostenibles siguen siendo finanzas.

Necesitan rentabilidad, confianza, regulación, gestión del riesgo y condiciones de mercado.

Entonces, ¿quién está financiando la transición?

La respuesta no puede ser únicamente “los bancos”, “el Gobierno” o “los inversionistas”.

La transición hacia una economía sostenible requiere la participación de todos.

El Gobierno tiene que crear reglas claras y estables. El sector financiero debe desarrollar productos que respondan a las necesidades del mercado. Las empresas tienen que construir proyectos capaces de demostrar impactos reales. Los inversionistas deben evaluar no solamente la rentabilidad, sino también el destino y los resultados de sus recursos. Y las universidades, gremios y organizaciones empresariales pueden convertirse en puentes de conocimiento y acompañamiento.

En este sentido, las alianzas entre universidad, empresa y Estado pueden ser fundamentales para cerrar las brechas que actualmente dificultan la participación de empresas pequeñas y regionales.

Colombia ya tiene una base sobre la cual construir. El mercado de bonos temáticos ha demostrado que existe interés por este tipo de instrumentos y que el capital puede dirigirse hacia proyectos capaces de generar impactos ambientales y sociales.

Pero todavía queda una pregunta pendiente.

¿Estamos utilizando las finanzas sostenibles solamente para financiar algunos proyectos sostenibles o estamos comenzando a transformar la manera en que entendemos las finanzas?

Quizás el verdadero éxito de los bonos temáticos no se medirá únicamente por el número de emisiones realizadas o por los billones de pesos movilizados.

Se medirá por nuestra capacidad de conseguir que el capital llegue a donde más se necesita, que los impactos puedan demostrarse y que la transición hacia la sostenibilidad no sea privilegio de las grandes organizaciones.

Porque al final, hablar de sostenibilidad también es hablar de dinero.

Y la pregunta que deberíamos hacernos no es solamente cuánto dinero estamos generando, sino también:

¿qué futuro estamos financiando con él?

Sara Salas Valencia

Soy administradora de empresas, especialista en Sostenibilidad y Nuevas Economías, docente y una apasionada por la academia, el aprendizaje continuo y la generación de conocimiento.
Mi mayor aspiración profesional es desarrollar una carrera en el ámbito universitario, dedicándome a la investigación, la docencia y la producción académica, convencida de que el conocimiento es una herramienta para transformar organizaciones y contribuir al desarrollo de la sociedad.

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