
“La interrupción —o, al menos, el intento de interrupción— de flujos de dinero y talking points que ciertas decisiones de política internacional han buscado no explica todo, pero sí revela algo: la influencia también depende de su infraestructura. Y cuando la infraestructura se tensiona, el discurso se queda sin gasolina…”.
Hay mañanas en las que uno se sienta —anónimo, en lugares ajenos, lejos de casa, prestado entre la gente que va y viene— y, sin proponérselo, termina escribiendo para no reventar por dentro. Es parte de mi rito ver las noticias diarias en los principales medios y en sus páginas en redes sociales: deslizar titulares, y entre el scrolling detenerme en un nombre que se vuelve estadísticamente recurrente (Zapatero). Entonces siento que, detrás de la noticia, opera con sigilo todo un manual entero de influencia política, como si los dolores de patria y soberanía dependieran de quien es el victimario, mientras el blanqueo de narrativas despercude al victimario y lo convierte en víctima.
Lo que asoma allí no es únicamente un episodio coyuntural ni una discusión partidista. Es, más bien, un ejemplo casi académico de sharp power: esa forma de poder que no persuade abiertamente, sino que perfora mediante la presencia mimetizada de regímenes afines. No busca convencer con argumentos, sino condicionar el terreno donde los argumentos se vuelven posibles. En vez de dialogar, infiltra; en lugar de iluminar, oscurece.
En las piezas sueltas del caso se intuye una ingeniería de colaboradores y operadores, una constelación de intermediarios que, fuera del registro transparente, se comunica mediante encuentros furtivos y claves mínimas —garabatos, iniciales, apuntes analógicos. Un arte de telegramas contemporáneo en el que la austeridad de la señal protege la densidad de la trama.
Lo más inquietante no es solo la existencia de esa red, sino su eficacia para instalar una idea simple —y por eso poderosa: que el socialismo, como etiqueta, es intrínsecamente bueno. Ser socialista entonces se convierte en una muestra elevada de integridad humana. Cuando una ideología se naturaliza por repetición y por prestigio prestado, deja de ser discutida, resistida y pasa a ser asumida. Y lo asumido no se vota: se hereda.
En medio de este escenario, resuena con fuerza la declaración atribuida a Zapatero: «(…) hemos aprendido entre los militantes, entre las compañeras, que ser socialista es normalmente tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho». Una frase célebre, algo intelectualoide. Sin embargo, no discuto aquí su estructura ideológica; discuto su uso político. El zapaterogate —o, más bien, este gate; no sabemos cuántos políticos más están implicados— deja muchos interrogantes.
Porque pocas cosas contrastan tanto como el lenguaje de la austeridad frente a las realidades de los territorios donde estas redes se han expandido con mayor comodidad: Latinoamérica y el Caribe. Allí, para demasiadas personas, «tener poco» no es un ejercicio ético sino una condena histórica y un maratón diario. Y «dar mucho» no es generosidad voluntaria, sino tributo forzado a Estados hipertrofiados que prometen redención y administran dependencia. Y una vez dependientes, el sistema se hace perversamente sostenible.
Pero más allá de los soterrados fines, la hiperconectividad nos ha quitado el privilegio de la distancia y el velo de información se cae. Hoy se compara, se evidencia, se contrasta: cómo viven las élites, cómo sobreviven las mayorías, qué se promete, qué se entrega. Y en ese espejo, el relato se resquebraja per se.
La interrupción —o, al menos, el intento de interrupción— de flujos de dinero y talking points que ciertas decisiones de política internacional han buscado (pienso, por ejemplo, en la forma en que Donald Trump está cortando estas redes oscuras de influencia) no explica todo, pero sí revela algo: la influencia también depende de su infraestructura. Y cuando la infraestructura se tensiona, el discurso se queda sin gasolina.
El resultado es un socialismo herido, no necesariamente por la fuerza de sus críticos, sino por el inexorable peso de su evidencia: regiones que no perciben avances sustentables, sino pobreza persistente, represión intermitente e intervencionismo estatal latente que asfixia la dignidad y reduce la ciudadanía a clientela.
Pero sería ingenuo celebrar una muerte definitiva. La historia política no mata: recicla. La inteligencia ideológica del socialismo —y de sus círculos intelectuales— ha demostrado tener una notable volatilidad adaptativa. Cuando una bandera se desgasta, se remienda; cuando un vocabulario se quema, se sustituye; cuando una ideología no da frutos, se construye —o se adapta— otra arquitectura ideológica; cuando se desenmascara un sentimiento artificial de culpa, se fabrica otro.
Por eso, lo que viene no siempre es el derrumbe, sino la mutación: nuevos ideales empaquetados con sensibilidad contemporánea, causas legítimas convertidas en plataformas, discursos segmentados para electorados que oscilan pendularmente entre el hartazgo y la esperanza en cada período constitucional de elecciones.
Habrá líderes performáticos abrazando una democracia declamada mientras vacían sus instituciones y ejecutan sus proyectos cleptocráticos; partidos nuevos o coaliciones recicladas; fusiones de retóricas que prometen a los ciudadanos derechos sin deberes, libertad sin costo, vida ligera sin responsabilidad. Y, como siempre, incautos. Muchos.
Al final queda una certeza amarga: quienes conocen de verdad lo que el socialismo/comunismo ha sido en sus expresiones más autoritarias y aun así lo defienden con fervor, rara vez lo hacen por ingenuidad. La defensa cerrada suele delatar pertenencia: ser parte del sistema, beneficiarse de sus engranajes o aspirar a ellos.
El resto —la mayoría— cree estar eligiendo una promesa cuando, en realidad, está entrando en un dispositivo de poder y de control.
Y los dispositivos, una vez activados, no piden permiso: exigen lealtad.













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