No somos guerrilleros

     

Lo sociedad colombiana no se puede seguir dividiendo entre amigos y enemigos. No se puede seguir pensando que en Colombia quien piense diferente debe ser eliminado.”


Héctor Abad Gómez nació en Jericó, Antioquia, en 1921, fue un médico de la Universidad de Antioquia, ensayista, máster de la Universidad de Minnesota, profesor titular desde 1956 del Departamento de medicina preventiva y salud pública de la facultad de medicina de la Universidad de Antioquia. Durante su vida, aparte de ser médico, se dedicó al oficio de escritor, periodista, político, y sobre todo activista por los derechos humanos. Después de su jubilación siguió vinculado a la cátedra universitaria, la que ejerció hasta el día en que fue asesinado. El 25 de agosto de 1987 fue asesinado en Medellín, tras amenazas por sus denuncias contra grupos paramilitares, quienes venían cometiendo crímenes selectivos en contra de militantes de izquierda, tanto en Antioquia como en toda Colombia.

Tiempo después, el extraditado ex jefe paramilitar,  Diego Fernando Murillo, alias “Don Berna” aseguró que Carlos Castaño fue el determinador del asesinato del médico y activista de derechos humanos Héctor Abad Gómez.

En el libro “Manual de tolerancia” su hijo, el escritor Héctor Abad Faciolince, recolecta escritos de su padre encontrados o descubiertos por él al buscar entre sus cosas un mes después de su asesinato. En este libro también se anexaron algunas páginas de dos libros que Héctor Abad Gómez publicó en vida: una visión del mundo y cartas desde Asia. En los escritos de Héctor Abad Gómez, que reflejaban muchas de sus ideas –si no todas-, se puede evidenciar o deducir que las enseñanzas del doctor Héctor Abad Gómez siempre fueron lecciones de tolerancia, de respeto por la libertad de expresar cualquier idea, incluso la más descabellada. Pareciera que lo único intolerable para Héctor Abad Gómez fuera la violencia, y la tolerancia es, precisamente, la mejor forma de no caer en la violencia.

En muchas de sus columnas publicadas en los periódicos El Mundo, El Colombiano, El Espectador, El Tiempo, y El Correo, Héctor Abad Gómez se dedicó a hacer múltiples denuncias de desapariciones y asesinatos de jóvenes universitarios, militantes de izquierda, activistas políticos y defensores de derechos humanos. Estas denuncias no solo las hacía escribiendo y denunciando hechos graves en sus columnas de opinión, sino que organizaba diversas y multitudinarias marchas y movilizaciones de estudiantes de su cátedra. Todo esto lo hacía con el fin de exigir garantías de vida y libertad de expresión en las universidades y las ciudades de Colombia. En sus últimos años, se dedicó al cultivo de rosas en un jardín sembrado por él mismo y el comité de derechos humanos de Antioquia. También se dedicó de lleno después de ser retirado de la cátedra universitaria por cumplir su tiempo, a luchar por los derechos humanos. Cuando fue asesinado era precandidato a la alcaldía de Medellín por el partido liberal.

Fueron estos últimos años decisivos para el trágico final de su vida. Por sus denuncias contra los paramilitares por sus abusos, asesinando a todo aquel que era acusado de izquierdista, comunista, socialista o cualquier otra cosa que se pareciera, él terminó siendo asesinado después de ser acusado incluso por sus mismos compañeros de cátedra universitaria, de ser un peligroso izquierdista, comunista, socialista y ateo. Estos adjetivos que se le atribuían iban totalmente en contra de sus enseñanzas, pues él, a pesar de ser ateo, siempre tuvo como prioridad en su pensamiento el amor al prójimo, la solidaridad, el perdón, la reconciliación, la paz y la justicia social. Amaba la vida, su profesión de salud pública lo hacía amar la vida. Su discurso siempre fue a favor de la paz y la reconciliación de las personas, siempre impulsó la idea de poder escucharnos todos respetando y aceptando nuestras ideas y pensamientos, así fueran diferentes. La tolerancia siempre fue el principio que él puso sobre cualquier posición.

A Héctor Abad Gómez lo asesinaron porque lo tildaban de ateo, cuando su pensamiento era el de un verdadero cristiano practicante. Incluso en su entierro, su esposa Cecilia Faciolince García en una entrevista dice no entender el porqué del asesinato de su esposo, siendo Colombia un país que se declara cristiano católico. Tampoco es cierto que Héctor Abad Gómez se hubiera decláralo comunista, socialista o guerrillero alguna vez; nunca tuvo un arma en sus manos, y siempre estuvo en contra de la lucha armada. Pero es claro que las palabras tienen poder. Y es de esta forma cómo funciona la inteligencia paramilitar: a X o Y persona la tildan de guerrillero, comunista, socialista o izquierdista, y a esa persona es a la que hay que eliminar. Y esto es aún más peligroso pero muy frecuente en Colombia, cuando ni siquiera se tiene claro el termino de comunista, socialista, izquierdista o guerrillero, sino que simplemente, todo aquel que hable de paz, de igualdad, de equidad, de justicia social, de derechos humanos, de cambios, o todo aquel que piense u opine diferente al gobierno ultraderechista y fascista es el enemigo a eliminar, es el comunista, el socialista, el izquierdista, el guerrillero.

La misma historia se repite en varios casos de personajes colombianos. En 1948 le quitaron la vida al líder liberal Jorge Eliécer Gaitán disparándole por la espalda, por el hecho de proponer un cambio estructural para Colombia. Por hablar de justicia social, de equidad e igualdad, de paz y prosperidad, lo tildaban de ser un peligroso comunista. Y así lo terminaron eliminando causando una violencia sin precedentes.

Después para vergüenza de la historia colombiana, el proceso electoral de 1989 se caracterizó por la extrema violencia dirigida por la mafia del narcotráfico, en cabeza de Pablo Escobar y por el paramilitarismo, siendo asesinados no uno, ni dos, ni tres, sino cuatro aspirantes presidenciales: Jaime pardo leal, Bernardo Jaramillo Ossa, Luís Carlos Galán y Carlos Pizarro. Estos cuatro personajes tenían en común no solo sus aspiraciones presidenciales, sino que proponían cambios estructurales para re direccionar al país hacia una era de paz, equidad, igualdad y justicia social.

Tan solo la semana pasada, el lunes, fue asesinado Harold Angulo Vence, conocido artísticamente como Junior Jein, El Señor del Pacifico  o El Caballo. Nació en buenaventura el 3 de julio de 1982, fue cantante, productor, compositor y activista. Fue uno de los precursores de la salsa choke. Este 14 de junio, fue asesinado con arma de fuego a sus 38 años en Cali. Los sicarios llegaron a pie a las afueras de la discoteca A Otro Nivel Disco Club, donde el artista se dirigía para promocionar su reciente sencillo “la recompensa”, allí le dispararon con un fusil. Inmediatamente lo llevaron a un hospital cercano donde llego sin signos vitales. Sus autores materiales fueron capturados al instante, pero aún no se especula quienes pudieron ser los autores intelectuales. Aunque no es muy difícil deducir que su asesinato está relacionado por su activismo, pues con su música y su arte siempre denuncio la violencia estatal y de los grupos armados.

Esto por nombrar tan solo algunos casos relevantes en la vida pública del país, pero al momento de nombrar las personas olvidadas en el anonimato que han sido y siguen siendo asesinadas en colombina por pensar u opinar distinto a las mayorías, no nos alcanza este espacio ni el de la memoria.

Hoy es muy común que en redes sociales o al caminar por las calles en una movilización social, en una marcha, o al expresar alguna idea contraria a la ideología ultraderechista del gobierno de Colombia se nos tilde de comunistas, socialistas, guerrilleros y violadores de niños. Y no, no es casualidad que nos tilden de comunistas, socialistas y guerrilleros a quienes marchamos como lo permite la constitución y como lo permite cualquier democracia. Lo que pasa es que en la academia militar les enseñan a los soldados y a los policías de que el enemigo a derrotar y a matar son los comunistas, los socialistas y los guerrilleros, igual a los paramilitares en su adoctrinamiento nazi les enseñan lo mismo. Entonces al salir, ellos ven que a nosotros nos tildan de terroristas y ellos piensan que nosotros somos el enemigo a derrotar. Es por eso que nos persiguen y nos matan. Las palabras tienen poder, en este caso un poder bastante irresponsable. Y no, no somos terroristas, somos ciudadanos.

Lo sociedad colombiana no se puede seguir dividiendo entre amigos y enemigos. No se puede seguir pensando que en Colombia quien piense diferente debe ser eliminado. La constitución política de Colombia de 1991, dice en el titulo 2 sobre los derechos, las garantías y los deberes, en el capítulo 1 de los derechos fundamentales, articulo 13: “todas las personas nacen libres e iguales ante la ley, recibirán la misma protección y trato de las autoridades y gozaran de los mismos derechos, libertades y oportunidades sin ninguna discriminación por razones de sexo, raza, origen nacional o familiar, lengua, religión, opinión política o filosófica”.

Esos mismos que nos acusan de terroristas por pensar y opinar diferentes, son los mismos que justifican la muerte violenta de otra persona por pensar distinto; son los mismos que apoyan la violencia del Estado y los justifican ignorando que la constitución lo prohíbe. Son los mismos que quieren ver todo cuadriculado y uniforme, que no quieren que exista una diversidad de expresión ni de pensamiento, sino que todos los miembros de la sociedad pensemos de la misma forma retrograda, y el que no piense de esa misma forma, entonces sobra, es un peligro, no pertenece a este país, a esta sociedad.

Y no, no es coincidencia. Pintar las paredes de gris, y hacer marchas del silencio con camisetas blancas no es coincidencia, no es que les guste la tranquilidad y la pureza. No, no es eso, es que no tienen el arte. Ganamos nosotros. ¡Y si nos matan!, pues sí, nos matan, pero igual ganamos. Si pintan el cemento de gris, es porque no pueden hacer otra cosa, aunque lo quisieran. Si hacen marchas del silencio es porque no tienen la capacidad para crear arengas, cánticos, rimas, melodías, y porque no tienen las voces de las mujeres pobres, víctimas de la violencia, del machismo y del patriarcado que de este lado han sostenido el paro nacional. Sus camisetas blancas son muestra de eso: no tienen nada qué decir. No saben qué expresar. En cambio de este lado, somos miles de colores, y cada camiseta, y cada color tiene una historia que contar, y en cada historia hay reflejada una lucha. Y mientras se camina, se van pintando todas las calles, se va cantando y se va bailando, y hay guitarras, y bajos, y saxofones, y pianos, y maracas, y tambores, y violines, y flautas, y sobre todo, miles de voces. En cambio ellos no tienen sino violencia.

No somos guerrilleros, ni comunistas, ni socialistas; somos ciudadanos, somos estudiantes, trabajadores, hijos de este pueblo. No queremos destruir el país, ni queremos armar guerras. Queremos construir un país mejor, con oportunidades para todos. Queremos paz, equidad e igualdad. Queremos expresar lo que sentimos y lo que pensamos sin tener que ser acribillados y asesinados ante la mirada impotente de nuestras familias. No somos terroristas, somos artistas.

About the author

Leonardo Sierra

Soy bogotano, me gusta leer, amante del arte, la literatura, y la música. creo en el cambio, así que propongo cambios para esta sociedad colombiana en la que vivo, creo en la paz, la reconciliación y el perdón. respeto y defiendo toda clase de libertad y expresión.

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