No llores por mi, Hugo Chávez

«No lloré por esos sesenta años de vacío, de reniegos, de sangre, de desesperación, de estupidez infinita. Miré en derredor, vi pasar los últimos mohicanos de la estulticia chavista, los muertos de Puente Llaguno, los jóvenes asesinados por la maldad infinita de la mediocridad nacional, los años y años de mis amigos pasados en las mazmorras de un régimen corrupto cuyo único sentido fue darle unos segundos más de vida a un muerto en vida. Volví a la carretera y supe que la historia volvía a traicionarnos: los tiranos, como los árboles, mueren de pie. Merecerían morir ahorcados.»

Antonio Sánchez García @sangarccs

“La historia de América Latina es la historia de un fracaso”
Carlos Rangel

Luego de oír la noticia y de haberla digerido en medio de mi estupor, detuve el automóvil en el que me pareció el lugar menos transitado, a la sombra de un gigantesco samán, y me senté al borde de la carretera. Recordé ese momento de desesperanza y tribulación cuando Brecht, haciendo lo mismo mientras le reparaban el neumático averiado, se preguntaba a qué tanto apuro, si ya no había adónde ir. Las tropas soviéticas estaban aplastando la insurrección de Budapest y el sueño de Lenin yacía esparcido por entre los cadáveres de los húngaros aplastados por los tanques del Pacto de Varsovia.

De eso hace poco más de sesenta años. Gran parte de mi vida transcurrida desde entonces, la única que me ha sido dada, se la entregué a la revolución que brotaría del último rincón imaginable del Caribe, en gran medida, si no en medida fundamental, movido por el ejemplo de Fidel Castro, del Ché Guevara y de una tropilla de zarrapastrosos que parecían animar la utopía por la que murieran millones y millones de seres humanos desde los tiempos de La Comuna de París y el asalto al Palacio de invierno. Que provocara, justo es recordarlo, la reacción en cadena del nazismo alemán y desatara la mayor conflagración conocida por la humanidad, con un saldo de más de cien millones de cadáveres, seis millones de ellos gaseados en la acción más ominosa y cobarde de que los hombres tengamos memoria. Y que si por él hubiera sido, habría desatado una conflagración atómica que pudo haber terminado con la historia humana.

Una vida interrumpida hace cuarenta y un años de manera brutal, desgajada de sus raíces y echada a la intemperie del destierro, todo por haber creído en la palabra de quien juró estar dispuesto a hundir la isla en las profundidades del Caribe antes que rendirse al enemigo del hombre, el capitalismo imperial, los Estados Unidos. A los que les había declarado la guerra a muerte. Arrastrado por ese fulgor, cientos de mis compañeros de partido perdieron sus vidas y miles de mis compatriotas fueron asesinados o lanzados al vendaval de la miseria, el exilio, la desesperanza. Como generaciones enteras de latinoamericanos que creyeron que Cuba era el primer territorio libre de la región. La Numancia de la modernidad.

Y cuando creí haberme salvado del naufragio y juraba haber descubierto por fin la felicidad arrojado a las playas de la que consideré desde entonces una tierra prometida, ya definitivamente desengañado y perfectamente en claro que esa revolución había sido algo mucho peor que una estafa, una impostura, una fabulación, para ser en verdad una lamentable y estúpida tragedia, debí asistir con estupor al deslave del más irracional, delirante y absurdo de los procesos que un historiador imaginarse pueda: la entrega, llave en mano, de esta Tierra de Gracia, rica en bienes y perfectamente capacitada para ser una suerte de paraíso real, a los estafadores, a los embaucadores, a los tiranos del Caribe. Los culpables de medio siglo perdido para millones de latinoamericanos.

Digamos: como muchos de los de mi quinta, sufrí un doble naufragio. Haber salvado la vida de la incomprensible tragedia chilena para venir a perderla en la estúpida tragicomedia venezolana. Autor intelectual de ambos derrapes: Fidel Castro, el comunismo y la izquierda latinoamericana. Y mundial. Que no aprendió, no aprende ni aprenderá jamás que, como decía Jorge Luis Borges, no existen más paraísos que los paraísos perdidos. Paraísos, agrego yo, que vivimos a diario donde brilla el sol de la libertad y sólo un menguado, un débil mental, un irresponsable sin remedio podría destruir para salir en busca del fuego fatuo del castrocomunismo.

¿Cómo no habría de anonadarme saber que horas después de que el sátrapa de los Castro en la devastada Tierra de Gracia convocara a una patética marcha antiimperialista, Barak Obama y Raúl Castro restablecían las relaciones diplomáticas, enterraban la oxidada y carcomida hacha de guerra, derrumbaban de un soplido el segundo Muro de la Vergüenza y le enseñaban al mundo que la revolución no había sido más que el insensato, el atribulado, el pesadillesco sueño de una noche de verano, que los sesenta años de antiimperialismo no habían causado más que desastres, cegueras, hambrunas y desesperados pataleos de un naufragio sin salvación y que la que un torpe, un lenguaraz, un ambicioso y estúpido militar venezolano había llamado la Isla de la Felicidad no era más que el burdel que Cuba siempre fue y que todos sus dolientes podían, por fin, tirar el Manifiesto al basurero de la historia?

No lloré por esos sesenta años de oscuridad y vacío, de reniegos, de sangre, de desesperación, de estupidez infinita. Miré en derredor, vi pasar los últimos mohicanos de la estulticia chavista, los muertos de Puente Llaguno, los jóvenes asesinados por la maldad infinita de la mediocridad nacional, los años y años de mis amigos podridos en las mazmorras de un régimen corrupto cuyo único sentido fue darle unos segundos más de vida a un muerto en vida. Volví a la carretera y supe que la historia volvía a traicionarnos: los tiranos, como los árboles, mueren de pie. Merecerían morir ahorcados.

Antonio Sánchez García @sangarccs

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