No dar papaya

En 2017 el profesor de la Universidad Nacional de Colombia, Mauricio García Villegas, publicó “El orden de la libertad”. En este libro mostró que la sociedad en América Latina, y por supuesto en Colombia, es desordenada y tolera altos niveles de incumplimiento de las normas; hecho que genera permanentes calamidades colectivas, sobre todo, aquellas que están asociadas a la cultura. Señala García que este es un problema asociado a la falta de coordinación y regulación, debido a que los individuos en la sociedad no están dispuestos a ceder parte de su libertad al momento de cumplir las normas de tipo jurídico, social o moral.

 

En el caso de la cultura la situación es compleja, nuestros comportamientos que están determinados por la sociabilidad y por la historia, la mayoría de las veces se interiorizan de forma tal que se convierten en algo natural. Lo que quiero decir, es que cuando incumplimos las normas lo hacemos por una carga cultural que ya ni siquiera percibimos, dimensionamos o comprendemos; incumplir las normas se convirtió en paisaje. De hecho, a diario nos relacionamos e interactuamos con elementos que siguen reforzando esa cultura del incumplimiento: la música, las imágenes, las noticias, la movilidad y hasta los políticos. Todo aquello que pueda ser referente y tenga la capacidad de transferirnos algo, nos está llevando a naturalizar el incumplimiento.

 

Hace unos días me di cuenta que tenía una fotodetección (incumplí una norma). Digo que me di cuenta porque revisé el sistema, nunca fui notificado. Fui entonces a la Secretaría de Movilidad, realicé el proceso de actualización de datos y me informaron que todavía podía hacer el curso para obtener un jugoso descuento del 50%. Pregunté que dónde podía realizarlo y la respuesta fue inmediata: “aquí mismo, sólo tiene que bajar”. Pensé: “que buen servicio, lo tienen todo a la mano” (¡!). De inmediato fui al lugar, no solo había uno sino dos “centros de atención integral a conductores”. De inmediato me inscribí para realizar el curso sobre “Normas de tránsito por comparendo con una duración de dos horas”. Mis expectativas no eran muchas, pero al final no había de otra. Saqué una hoja y mi lapicero rojo.

 

La persona encargada saludó y se presentó como “instructor certificado por el Ministerio de Transporte”. El espacio tenía unas 20 sillas, éramos 10 personas: tres mujeres y siete hombres. El calor que hacía hizo mucho más difícil el ambiente poco pedagógico. Al frente una pantalla de 40 pulgadas, debajo un kit de carreteras y en la mesa del lado izquierdo un código de tránsito con un par de lapiceros y muchas pequeñas hojas de encuesta de satisfacción que al final diligencié. En el televisor comenzó a correr un video que indicaba una duración de una hora. El curso era entonces un video que entre pausa y pausa era acompañado por comentarios, preguntas y participaciones del público.

 

Primero mostraron una serie de accidentes de carros que eran acompañados con listados de fracturas, lesiones y sus costos económicos. Luego, unos temas de revisiones mecánicas y la importancia del kit de carreteras que, por cierto, está poco reglamentado en el código que estaba en la mesa  según me indicó el instructor. Y finalmente, hablaron de las señales de tránsito y las principales infracciones (de nuevo con sus altos costos). El reloj corría y el instructor certificado concluyó: ya saben señores: “no dar papaya”. Al principio no lo podía creer, pero luego continuó diciendo: cuídense mucho de los “chupas” o los “azules que llaman” (agentes de tránsito) en dos municipios en particular. Después preguntó: ¿cómo le dicen a los policías? Al ver que nadie le respondió, agregó: “los sapos, porque ellos pueden llamar al tránsito para que realice el comparendo”. Y como si fuera poco, para reforzar su expresión inicial, la sacralizó: “ya saben, ya saben, onceavo mandamiento…”.

 

Lo que les narro es un ejemplo de lo que plantea el profesor García Villegas en su texto. No solo es incumplir las normas, existe una estructura sociocultural instaurada en todos nosotros. En nuestro país tenemos una estructura en la que cumplir las normas se ve mal y por eso vivimos muy atentos para que nadie nos vea incumpliéndola; no existe un convencimiento de la importancia del cumplimiento porque la norma solo es un obstáculo que debemos superar. Además, la viveza está por encima del esfuerzo. Al hablar sobre esto con algunos conocidos, me decían que habían tenido experiencias similares, se reían y me decían: “normal”. Ojalá todos en algún momento nos diéramos cuenta de esta naturalización perversa, que algún día lo anormal sea incumplir la norma; que cuando nos llegue y nos notifiquen de una infracción de tránsito, el curso no sea un negocio sino que sea un verdadero proceso de aprendizaje y sensibilización para coordinarnos y regularnos. Esa debería ser la relación entre la libertad y el orden.

 

 

Pedro Piedrahita Bustamante

@piedrahitab

Pedro Piedrahita Bustamante

Politólogo, Doctor en Derecho Internacional y Magíster en Seguridad y Defensa. Se desempeña como profesor de tiempo completo de Ciencia Política de la Universidad de Medellín.