
Cuando me enseñaron a pedir deseos, nadie me enseñó cómo asumirlos. Alguna vez, harta de mucho y con miedo a tanto, le pedí a las estrellas que me concedieran el deseo de ser libre; de ser inmune a la cadena perpetua del miedo y del apego, de jamás vivir bajo el yugo ajeno y de ser solo dueña de mí misma.
Fue pasando el tiempo y, a ciegas, construí, garrote a garrote, esta hermosa jaula que me contiene; este presidio estrecho con murallas de cristal donde cumplo aquel deseo que hoy me condena. No debo más de lo que estoy dispuesta a dar, cumplo con lo que me exigen, agacho la cabeza cuando no doy la talla y no le pertenezco a nadie. Jamás me advirtieron lo que implica ser dueño de uno mismo; se me ahogan las plantas a punta de lágrimas, a veces en la soledad no logro acompañarme, no tengo todas las respuestas y a la luna no llego solita.
Y pese a lo abrumante, aquella jaula es deslumbrante. Allí también soy muy feliz. Los sueños resisten al amanecer. El sol siempre brilla para que no esté muy pálida, pero hace frío para que no me sude el puño cuando escribo. Es un desorden absoluto, pero sé exactamente dónde encontrar cada cosa que allí atesoro. Hay enormes estanterías con historias que he visitado, releído y reescrito en incontables ocasiones, y otras que no me atrevo a terminar. Tengo un piano que sí sé tocar y, en armonías, me canta lo que en palabras se me escapa. Mantengo flores frescas que no marchitan, velas que no se consumen ni se apagan, una cafetera que nunca deja de servir café, un delicioso vino que no da resaca y un chocolate que no engorda.
Ahí nadie me encuentra; el mundo no me asedia y me siento inalcanzable. Mas el cristal es frágil y acaba por romperse.
De vez en vez llegan cartas a mi puerta. Siento cómo viajan desde esa cosa que late en mi pecho y suele asustarme. Algunas las leo y otras las guardo en el baúl del olvido. He leído cartas que resuenan con mis versos, otras que me dibujan el mapa hacia donde ir cuando la razón no coopera y algunas más que me recuerdan que, ante todo, sigo siendo humana.
Hace un tiempo ese corazón latió muy fuerte. Había relegado sus cartas y se acumulaban en mi puerta hasta cerrarme el paso. Latía tan fuerte que su resonancia reventó mi cristal. Bajé corriendo a ver qué desastre había ocurrido, para descubrir el corazón hecho trizas. Bastó el roce de algún intruso travieso para que se desbordaran heridas que traté a medias porque, quizás, sanarlas me sacaría de mi jaula.
Y sin escape, sin resguardo y con un corazón que ya no enviaba cartas mágicas diciéndome qué hacer o adónde ir, escapó una violencia que hasta entonces desconocía. Un corazón desangrado sigue latiendo. Renuncié a aquella condena y me lancé a un mundo externo que me resultaba ajeno, y allí aprendí que en otros podía esconderme. Que podía quemar las palabras que no escribía, regurgitar las emociones que no procesaba y recorrer mundos enteros antes de encontrar el amor que me negaba.
Me olvidé de aquel lugar perfecto que alguna vez existió y en el que fui feliz. Padecí de esa enfermedad mortal que llaman “mal de amores”, cuando te duele lo que late en el pecho, te roba el apetito y te permea la psique. Esa enfermedad con la capacidad tenaz de hacerte revivir emociones hermosas una y otra vez, pero con lágrimas y melancolía por lo que ya se fue.
Aprendí que, en efecto, no hay fórmula exacta que la cure y que hay gente que se queda en esas toda la vida. Sé, sin embargo, que a punta de suplementos se previenen las enfermedades y que, así como se suplementan las vitaminas y los minerales, también se suplantan los amores. No con el amor de otros, sino con el amor que nos damos.
Así que me dispuse a reconstruir mi bóveda. Noches enteras de suma soledad y concentración, buscando qué partes habría de dejar y cuáles habrían cumplido su ciclo.
Me cercioré de dejar las ventanas y las puertas abiertas. Pocas veces cruzo el umbral; ahí permanece la salida para cuando me sienta valiente.
Todavía es de cristal porque las ganas de ser vista no se han ido, aunque ya no cargo aquella condena que me ha impedido atender al corazón cuando, entre latidos, envía cartas.
Aún me pertenezco, aún soy libre, y es a esa libertad a quien le he otorgado la llave.
Me ha llevado a enfrentarme a un repertorio de personajes desde que abrí las puertas: buenos, malos, extraños, irrepetibles, indomables, brillantes y pasajeros. Muchos dejaron aprendizajes y su cuota de amor, y otros serán fantásticos personajes de una futura novela.
Me ha llevado a enamorarme profundamente de una soledad elegida, porque me permite actuar al son de las cartas que envía un corazón en un lenguaje que nadie más comprende, y a elegir a quién traducírselas.
Me di cuenta de que, en efecto, hay unos cuantos que sí entienden y sí escuchan.
Me resguardé de aquellos intrusos que hieren al corazón; comprendí que el corazón es una cosa salvaje y que por ello tiene su propia jaula, que llamamos costillas. Se lo compartiré a quienes están dispuestos a leer mis cartas. A mirarme a los ojos sin salir corriendo, a quienes no invaden este presidio y no temen cortarse con los vidrios rotos que sigo sin recoger.
Porque solo a mí me temo; solo a mí me tengo, y quizás esa es mi verdadera condena.
Un alma en exilio, que huye ante la amenaza de ser confinada por quien no entiende, que oscilo entre mundos porque este es muy pequeño. Elegí ser libre y, para ello, no puedo habitar siempre aquel presidio indeleble que me contiene y del que únicamente yo tengo la llave.
La versión original de esta columna fue publicada inicialmente en el blog Isa Ramelli | Substack y posteriormente en El Insubordinado.













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