
En Bolivia, el Día de la Madre se celebra en medio de una herida abierta. En este 27 de mayo, las madres no están rodeadas de desayunos sorpresa y flores; en cambio, enfrentan una realidad más dura: familias que perdieron a sus seres queridos debido a una crisis ya normalizada, con ambulancias detenidas, caminos bloqueados, ollas vacías, precios elevados…
Es obsceno celebrar la maternidad cuando muchas madres no saben qué van a servir en la mesa. La COB ordenó en mayo de 2026 bloqueos a nivel nacional y su radicalización; en paralelo, varios informes reportaron decenas de puntos de bloqueo, desabastecimiento y grandes pérdidas económicas para el país. No se trata de una cifra fría: es la forma en que un liderazgo optó por reducir a la población civil a la condición de rehén de su pulso político.
La escena es brutal y habitual: una madre sale a buscar arroz, medicina, harina o verduras y regresa con las manos vacías o con artículos que ya nadie puede costear. Los bloqueos en La Paz y El Alto causaron la falta de alimentos, combustible y medicinas, lo que empeoró la angustia de aquellos que viven al día. Cuando eso sucede, la casa deja de ser un refugio y se vuelve administración del hambre.
Y detrás de cada número, hay una mujer que estira la sopa, parte el pan en más trozos de los que puede y le explica a sus hijos por qué no se pudo comprar lo que faltaba; que debe decirle a un hijo enfermo que sus medicamentos no llegan o que el oxígeno se va acabando, mientras lo ve apagarse por la tiranía de quienes dicen representar al pueblo. No se puede presentar el cerco de la COB como una lucha honorable: cuando se bloquean departamentos completos y se interrumpe el suministro, lo que se realiza es un castigo común contra familias, madres y niños.
Los bloqueos no son abstractos. Tienen nombre, cuerpo y duelo. Según informes de prensa, en mayo de 2026 se registraron varias muertes relacionadas con la falta de atención médica provocada por los bloqueos y la demora en recibir tratamiento. Entre ellas, la de un niño de 12 años que no pudo acceder a atención médica durante la emergencia. Si no se reconoce primero el daño ocasionado, cada una de esas muertes hunde cualquier discurso heroico en el cinismo. Para una madre, la pérdida de un hijo no es una cifra: es una fractura irreparable. Por eso resulta imposible idealizar la violencia política si quienes la sufren son familias comunes, especialmente mujeres que sostienen hogares atravesados por el miedo, la enfermedad y la ausencia.
Sin embargo, hay otra perversión que debe nombrarse con claridad: la manipulación de la figura materna. En toda situación difícil, surgen grupos que utilizan a mujeres y niños como escudo emocional para evitar una respuesta del Estado o ganar legitimidad moral. Esa táctica es antigua, cínica y profundamente perjudicial, pues rebaja la maternidad a una herramienta de presión y convierte a los hijos en instrumentos de blindaje político.
Una madre no debería exponer a su hijo para defender un liderazgo político. Tampoco un hijo debería ser empleado para exhibir pureza moral en una manifestación. En ese punto, la maternidad deriva en propaganda y deja de ser un símbolo de cuidado, bajo la idea de que el sufrimiento infantil puede justificar decisiones de adultos. Esa práctica delata una enorme irresponsabilidad: la de cerrar caminos sabiendo que habrá madres sin comida, gas, medicinas ni acceso para ambulancias.
Lo que está sucediendo ya no puede seguir encubriéndose con la etiqueta de protesta social. Bloquear rutas, rodear departamentos, impedir el paso de ambulancias, alimentos y medicinas y emplear niños como escudo político constituye una forma de crueldad contra la población civil que debe ser denunciada con severidad. No es exagerado afirmar que estos hechos rozan lo inhumano, pues vulneran derechos fundamentales.
En Bolivia, el Día de la Madre nació en homenaje a la resistencia civil de las Heroínas de la Coronilla, no a modo de licencia para el cinismo. Por ello, la fecha exige memoria, no ornamentación. Honrar a las madres implica condenar sin ambigüedades el bloqueo de la COB, los cercos departamentales y el uso de hijos como escudo político.
Hoy, la verdadera celebración de la madre boliviana no pasa por un ramo de flores, sino por poder comprar alimentos sin humillación, llegar a un hospital sin quedar atrapada en un bloqueo y no llorar la muerte de un hijo por negligencia política ni ver a líderes sindicales convertir la maternidad en barricada.
Bolivia no necesita discursos hermosos en este Día de la Madre. Necesita respeto por la vida, el pan, las ambulancias y las mujeres que mantienen al país en pie cuando la política lo arruina. Porque una madre no es una trinchera, un hijo no es un escudo y ningún bloqueo de la COB merece defensa si deja hambre, duelo y dolor entre los ciudadanos.
#DejenChambear ⚙️
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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