
“La campaña presidencial de Iván Cepeda Castro parece enfocada en demostrar que una candidatura no requiere adversarios cuando cuenta con suficientes errores propios. Lo que comenzó como un intento de continuidad del proyecto político de Gustavo Francisco Petro Urrego se ha convertido en una sucesión de contradicciones, improvisaciones y salidas en falso que han terminado debilitando al progresismo justo cuando más necesitaba cohesión y credibilidad.”
A pocos días de la elección definitiva, la percepción que transmite el entorno oficialista no inspira confianza ni solidez. Por el contrario, se evidencia una situación de nerviosismo y desespero, así como una clara incapacidad para aceptar una realidad política que se ha venido consolidando desde la primera vuelta. Una parte importante del país ha decidido enviar un mensaje de inconformidad con el rumbo que ha tomado Colombia durante los últimos cuatro años. Por ello, cabe destacar el creciente compromiso de muchos ciudadanos con la nación al ponerse firmes con la patria.
El principal responsable de esta situación es Gustavo Francisco Petro Urrego. Su presidente no ha logrado convertirse en un factor de unidad para su sector político y, en cambio, se ha convertido en el principal obstáculo electoral de la candidatura que buscaba heredar su proyecto de gobierno. La lista de errores es extensa. La gestión se ha caracterizado por una constante confrontación, seguida de escándalos de corrupción que han afectado a diversos sectores de la administración y decisiones políticas cada vez más alejadas de la realidad institucional del país.
El desconocimiento de los resultados de la primera vuelta fue, quizás, una de las señales más inquietantes. En una democracia consolidada, los comicios representan la voluntad del pueblo y su ejercicio es fundamental para la estabilidad y el desarrollo del país. Sin embargo, desde diversos sectores del oficialismo se ha procurado sembrar dudas sobre el proceso en lugar de llevar a cabo una reflexión seria sobre las causas de la derrota. Cuando un gobierno experimenta una disminución en su respaldo ciudadano, la respuesta apropiada es la autocrítica. No obstante, los resultados obtenidos fueron diametralmente opuestos a los esperados.
A ello se sumó la permanente participación indebida en política por parte de Gustavo Francisco Petro Urrego. Durante un extenso período, su mandatario ha recurrido a escenarios institucionales, discursos oficiales y canales gubernamentales para intervenir, ya sea de manera directa o indirecta, en el debate electoral. La investidura de la presidencia conlleva una responsabilidad ineludible, una conducta prudente y el respeto de las normas que rigen el sistema democrático. Sin embargo, los hechos han demostrado lo contrario.
La situación adquirió una gravedad sin precedentes cuando se empezaron a propagar conjeturas acerca de la posible renuncia de su presidente para asumir un rol más protagónico en la campaña. Aunque la posibilidad mencionada se disipó, el mero hecho de que se contemplara un escenario de tal magnitud puso de manifiesto el grado de desesperación que se vivía en el seno del proyecto progresista. Como si ello no bastase, recientemente se ha sugerido la utilización de la Comisión de Acusaciones de la Cámara como plataforma para la promoción de medidas cuyo objetivo es la alteración del curso normal del proceso político. En lugar de transmitir serenidad institucional, las acciones recientes han avivado la percepción de un sector político que parece incapaz de aceptar la posibilidad de una derrota electoral.
Sin embargo, sería injusto atribuir toda la responsabilidad exclusivamente a Gustavo Francisco Petro Urrego. La campaña de Iván Cepeda Castro ha experimentado una serie de desaciertos estratégicos que resultan difíciles de comprender. Uno de los aspectos más notables ha sido la selección de la fórmula vicepresidencial. En vista de que la elección estaba muy reñida, la candidatura necesitaba obtener más apoyos, ampliar su base electoral y generar confianza en los sectores moderados. Sin embargo, los hechos ocurrieron de manera totalmente opuesta a lo esperado. Cada aparición pública de la candidata vicepresidencial suscita nuevas controversias, críticas y dudas respecto a la capacidad e idoneidad del proyecto para gobernar.
Las elecciones presidenciales suelen definirse por la capacidad de atraer a los votantes indecisos. Cualquier declaración desafortunada, muestra de desconocimiento o intervención polémica puede resultar en el alejamiento de aquellos ciudadanos que una campaña necesita conquistar. Cuando una fórmula vicepresidencial presenta desequilibrios, muestra ignorancia, y no logra contribuir de manera significativa, el problema deja de ser anecdótico para convertirse en una cuestión estratégica.
Otro factor que ha afectado al progresismo es el apoyo que recibe de sectores que suscitan un fuerte rechazo en una parte considerable de la sociedad colombiana. Mientras la mayoría de la ciudadanía exige seguridad, legalidad y respeto por las instituciones, diversos grupos armados y antiguos integrantes de organizaciones guerrilleras expresan su simpatía hacia el proyecto político oficialista. La izquierda se ha empeñado en minimizar el impacto de estos respaldos. No obstante, es importante señalar que la percepción pública puede diferir en cuanto a estas cuestiones. Para millones de colombianos, resulta fundamental reconocer que aquellos que anteriormente justificaron la violencia ahora se presentan como comentaristas políticos, referentes éticos o analistas de la realidad nacional.
Es particularmente llamativo el comportamiento de algunos excombatientes que, sin haber cumplido plenamente los compromisos adquiridos tras los acuerdos de La Habana, pretenden presentarse ahora como autoridades morales de la vida pública colombiana. La reconciliación nacional es un factor que requiere la verdad, la justicia y el cumplimiento. Es indispensable evitar la construcción de discursos selectivos o amnesias convenientes.
Paradójicamente, los principales promotores de la candidatura de Abelardo de la Espriella parecen provenir del propio progresismo. Cada exceso verbal, cada ataque desproporcionado, cada intento de victimización y cada señal de desesperación contribuye a fortalecer la narrativa de cambio impulsada por la oposición. La política suele castigar duramente los errores no forzados. La campaña de Iván Cepeda Castro parece haberse especializado precisamente en incurrir en dichos errores. Mientras que sus oponentes se enfocan en la obtención de nuevos respaldos, el progresismo destina una parte significativa de su energía a la clarificación de controversias, la justificación de declaraciones y la gestión de crisis generadas por sus propios líderes.
A estas alturas, resulta evidente que Colombia ha comenzado a desenmascarar una propuesta política que durante años construyó buena parte de su legitimidad sobre promesas de transformación que no lograron traducirse en resultados concretos. El discurso del cambio perdió fuerza cuando se enfrentó a la realidad del gobierno. Las promesas formuladas no se vieron reflejadas en la ejecución de los hechos. La narrativa se ha encontrado con los hechos. Por lo tanto, el contexto político actual revela una dinámica que trasciende la mera contienda electoral. Este proyecto refleja el agotamiento de una política que observa cómo una parte creciente de la ciudadanía cuestiona sus resultados, sus métodos y sus prioridades.
La elección del próximo 21 de junio será un proceso electoral de gran importancia, que trascenderá la mera disputa entre candidatos. Será una evaluación ciudadana que abarcará cuatro años de gestión, decisiones y resultados. Precisamente por ello, la campaña progresista parece estar mostrando signos de inquietud. La percepción de que la derrota se torna cada vez más palpable es un factor que debe ser tenido en cuenta.
Los tiros en el pie de la izquierda no son responsabilidad de sus oponentes. Estas acciones han sido el resultado directo de sus propias decisiones. De sus contradicciones. De sus errores estratégicos. Es evidente la falta de capacidad para comprender el mensaje que millones de colombianos han expresado de manera contundente en las urnas. Cuando una campaña llega a ese punto, el problema trasciende el ámbito electoral. Este fenómeno se presenta como un indicador inequívoco de agotamiento político.













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