Los políticos gamines

Desde hace algún tiempo observo con una mezcla de fascinación y desconfianza a ciertos personajes de la política colombiana. No porque sean excepcionales, sino precisamente porque sospecho que no lo son.

Viven al borde de todo reglamento. No fuera de él. Tampoco dentro. Habitan esa franja intermedia donde la norma aún puede invocarse mientras ya ha comenzado a ser burlada; donde la transgresión no se consuma del todo porque necesita conservar su apariencia de legalidad. Una suerte de zona gris de respetabilidad, poblada de lo que podríamos llamar mafiositos de salón o traqueticos de corbatín.

Muchos los consideran una anomalía. Yo empiezo a creer que encarnan una de las figuras más persistentes de nuestra cultura: la del pícaro.

La literatura española dejó una larga genealogía de pícaros. Mentían, simulaban, engañaban y se aprovechaban de cuanto podían. Pero el lector los observaba con cierta indulgencia, porque detrás de sus trampas había hambre; detrás de sus astucias, necesidad. Eran, a la vez, víctimas y tramposos, supervivientes y sinvergüenzas. Esa ambigüedad explicaba su extraña simpatía.

El pícaro contemporáneo conserva rasgos de aquel linaje, pero ya no puede explicarse solo por la necesidad. Lo encontramos entre quienes viven del rebusque y entre quienes administran fortunas; entre quienes apenas terminaron la escuela y entre quienes exhiben doctorados; entre los que sobreviven y los que dominan.

En Colombia hemos ensayado para él otro nombre: gamín.

No en su sentido estrictamente social —el niño abandonado de la calle—, sino como disposición moral. Porque una cosa es el gamín como condición, y otra la gaminería como actitud frente al mundo.

Hay gamines en los barrios populares y gamines en los clubes sociales. En las esquinas y en las juntas directivas. Con zapatos rotos o italianos. Lo que los une no es la pobreza ni la riqueza, sino una misma relación con las reglas: una elasticidad sistemática frente a lo normativo.

El problema, quizá, no es el gamín. Es la gaminería.

Se burlan por igual una fila, un impuesto, una norma o una institución. Y no son monstruos. Los monstruos, al menos, tienen la cortesía de ser reconocibles: viven en los márgenes de lo humano y rara vez se confunden con lo cotidiano.

Estos, en cambio, son perfectamente normales. Conversan con naturalidad, asisten a reuniones familiares, cuentan chistes, sonríen en fotografías. A veces resultan incluso encantadores, sobre todo cuando su astucia viene acompañada de ostentación.

Nada en ellos anuncia una perversidad extraordinaria. Y quizá ahí reside el problema.

Porque mientras el gamín de calle —hoy eufemísticamente llamado “habitante de calle”— produce rechazo, la gaminería social recibe con frecuencia admiración. La llamamos viveza, habilidad, malicia indígena o inteligencia práctica. Celebramos su capacidad para abrirse camino, encontrar atajos o sacar ventajas donde otros solo ven límites.

Existe entre nosotros una antigua fascinación por quien logra salirse con la suya: quien encuentra la rendija, descubre el atajo, esquiva el obstáculo o dobla la norma sin romperla del todo. No admiramos necesariamente el delito, sino algo más ambiguo: la ventaja.

Y así la ventaja empieza a confundirse con la inteligencia, la astucia con el talento, la trampa con el ingenio. Cuando esa confusión se instala, la gaminería deja de ser una conducta para convertirse en una cultura.

Nadie aprende lo que una sociedad predica. Aprende lo que una sociedad recompensa. Las sociedades educan más con sus premios que con sus sermones. Y pocas cosas hemos premiado tanto como al vivo.

No se trata, claro está, de condenar toda forma de picardía. La vida exige ingenio, flexibilidad, capacidad de maniobra. Ninguna sociedad prospera solo con obediencia. La creatividad misma suele incluir una dosis de irreverencia frente a las reglas existentes.

El problema no es la astucia. Es su destino.

Existe una astucia creadora y una astucia parasitaria. Una que abre posibilidades y otra que simplemente extrae beneficios. Una que construye y otra que explota.

Tal vez esa sea la frontera real entre la picardía y la gaminería: la primera todavía imagina; la segunda se limita a obtener para acumular. La primera es sobrevivencia, la segunda es codicia.

Llevado al extremo, el problema no es la picardía, sino el momento en que una sociedad deja de admirar la inteligencia y empieza a admirar la ventaja. Porque la inteligencia produce conocimiento, instituciones, belleza, riqueza. La ventaja, en cambio, solo necesita de quien obtenerla: un débil, un pendejo, un distraído o un pobre que, sin darse cuenta, está dispuesto a seguir siéndolo.

La mayoría de estos gamines de caché opera en pequeña escala: la oficina, la familia, el vecindario, los negocios. Pero algunos descubren algo más rentable: el rendimiento político de la gaminería.

Comprenden que los mecanismos usados para manipular a una persona pueden escalarse para influir sobre millones. No inventan los resentimientos: los interpretan. No crean emociones: las ordenan. No producen sensibilidad colectiva: la condensan.

La astucia deja entonces de ser rasgo de carácter para convertirse en técnica de poder.

Aparecen las insinuaciones calculadas, las medias verdades, las exageraciones oportunas, las mentiras emocionalmente eficaces. Ya no se trata de ventaja individual, sino de ingeniería de afectos: organizar miedos, movilizar resentimientos, consolidar lealtades.

Por eso resulta cada vez menos convincente pensar que estos actores sean outsiders. La palabra tranquiliza, porque sugiere anomalía. Pero quizá no lo sean.

Las nuevas tecnologías han ampliado este juego a una escala inédita. Los viejos pícaros habrían vendido el alma por un instrumento capaz de mapear deseos, temores y prejuicios con la precisión que hoy ofrece un teléfono. La tecnología no inventó la picardía: le dio infraestructura.

Así, el viejo arte de la ventaja privada termina convertido en forma de acción colectiva.

Y entonces la pregunta cambia. Tal vez no se trate de ellos, sino de nosotros.

¿Qué admiraciones los hicieron posibles? ¿Qué tolerancias acumuladas? ¿Qué pequeñas transgresiones celebramos durante años mientras fingíamos condenarlas? ¿Qué instituciones renunciaron a formar carácter para limitarse a administrar intereses?

Tal vez el desorden institucional no sea solo causa. Tal vez sea también consecuencia.

Las instituciones débiles producen oportunismo; pero el oportunismo, cuando se generaliza, también debilita las instituciones. Los vivos prosperan en reglas frágiles, y al prosperar las fragilizan aún más. El círculo se cierra con precisión casi perfecta.

Por eso sospecho que el viejo pícaro nunca desapareció. Cambió de traje, de escenario, de retórica. A veces se volvió empresario. A veces dirigente político. A veces comentarista. A veces influencer de opinión.

Pero siguió siendo el mismo. No porque fuera un extranjero. Sino porque siempre habitó entre nosotros.

Y quizá lo más inquietante no sea su existencia. Sino la facilidad con la que seguimos admirándolo sin querer admitirlo.

Fabio Humberto Giraldo Jiménez

Profesor de Ciencias políticas de la Universidad de Antioquia, Medellín Colombia. Ejercí, además, como Director del Instituto de Estudios Políticos (5 años) y como Director general de Posgrados (5 años) de la misma universidad. Como profesor jubilado dicto actualmente una cátedra sobre opinión política y me dedico casi exclusivamente a la lectura y a la escritura de textos de opinión.

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