Lo que dijo José Zuleta sobre Estanislao Zuleta

Presentación y selección de textos por Frank D Bedoya M

Presentación

Le pregunté a José Zuleta: ¿en algún momento has considerado escribir la biografía de tu papá? Y me respondió: “No voy a hacer eso, no me queda, sería una biografía oficial… Un hijo biografiando un padre, eso no va, eso tiene que ser otra persona”.

Después, cuando le mencioné su semblanza sobre Estanislao me agregó: “hasta ahí llegué. Una biografía no la puede escribir un hijo, está muy contaminado afectivamente para hacerlo”.

Yo, lector de biografías, soñé un día con escribir una biografía sobre Estanislao Zuleta, pero no he tenido las condiciones para realizar una investigación de tremendas magnitudes. Nunca me gustaron las biografías: “La rebelión de un burgués” (2006) de Jorge Vallejo Morillo y “Estanislao Zuleta o de la generosidad con el saber” (2022) de Marco Aurelio Arango porque ambas son muy ligeras en el tratamiento de las fuentes y están repletas de anécdotas y testimonios sin verificación de los acontecimientos expuestos.

La “gran biografía” sobre Estanislao Zuleta aun no existe. Una biografía que supere los testimonios de terceros y construya un relato de hechos verificados con el rigor historiográfico. Una biografía que narre el devenir de su pensamiento -que no fue un sistema dogmático pero que, sí fue un movimiento incesante de ideas en continua revisión y elaboración crítica por su autor-.

Aunque José Zuleta no vaya a escribir una biografía sobre su padre, sí ha escrito sobre él. Como un lector apasionado he querido hacer una selección y transcripción exacta de los pasajes en que José Zuleta ha contado la historia de Estanislao Zuleta. He seleccionado y ordenado los textos procurando elegir los que narran su vida. La interpretación y los juicios sobre su pensamiento y obra creo que, merecen una publicación aparte.

Elegir a José Zuleta como fuente privilegiada para conocer la vida de Estanislao Zuleta, obedece a dos razones: 1) porque fue su hijo y 2) porque José Zuleta es escritor y en su escritura ha demostrado el ideal estético que aspira y logra la belleza, y porque ha demostrado el respeto por las verdades históricas.

José, espero no te molestes conmigo, en ningún momento quise fraccionar tu obra, ni más faltaba, además, tu obra vive por encima de los afanes de unos lectores que buscan a Estanislao, tu obra es más que el recuerdo de tu padre. Este ejercicio solo surgió de la necesidad de encontrar un relato verídico y lo más “completo” posible sobre Estanislao Zuleta, lo hice para mí, quizá para mis hijos o para nuevos lectores.

Lo que dijo José Zuleta sobre Estanislao Zuleta

Fragmentos de “Semblanza”[1].

“El 13 de febrero de 1935 nació en Medellín Estanislao Zuleta Velásquez. Su padre, Estanislao Zuleta Ferrer, era un abogado con múltiples inquietudes intelectuales; había escrito varios ensayos de crítica literaria y de opinión política en la revista Claridad, que circuló por los años 30 en esta ciudad. Tenía una tertulia con Fernando González, Fernando Isaza y otros amigos, con quienes leía a Montaigne y hacían experimentos de hipnosis para observar el comportamiento del psiquismo humano. Eran ateos y anticlericales, algunos de ellos eran masones y, en general, el tipo de intelectuales que por esos años producían las facultades de Derecho.

En 1933, Estanislao Zuleta Ferrer se casó con Margarita Velásquez, y dos años más tarde, y a la usanza antioqueña, de ese matrimonio ya tenían dos hijos. La familia se había trasladado a Bogotá, donde el joven abogado de 29 años era asesor de una compañía de petróleos. Pero como había abierto en Medellín una oficina con Fernando Isaza, debía viajar con frecuencia a esta ciudad para tender sus negocios. El 19 de junio de 1935 Estanislao Zuleta Ferrer viajó por última vez a Medellín; el 23 su esposa recibió un marconigrama que decía: «He terminado mis asuntos. Esta tarde visito a Fernando González. Mañana viajo SCADTA. Me gustaría verte en el campo. Lleva a los niños. Un abrazo. Estanislao». Al día siguiente Margarita arregló a la nena y al niño, y a mediodía tomó el tranvía del campo de aviación de Techo. Estaba lloviendo; Margarita miraba por la ventanilla esa ciudad fría y empañada, donde se sentía extranjera. El niño tenía cuatro meses y tres semanas, era el 24 de junio de 1935. En el aeropuerto, se acercó a la oficina de SCADTA y preguntó: «Señorita, estoy esperando a mi marido que viene de Medellín, se llama Estanislao Zuleta». La señorita dejó caer el labio y clavó la mirada en el niño que Margarita tenía dormido sobre el hombro; entonces dijo: «Señora, pasó una cosa muy horrible. Váyase para su casa, hubo un accidente: murió Gardel».

Los aviones se chocaron en la pista y explotaron; desde el barrio Manrique se vio una bola de candela como un sol anaranjado y humeante. Desde su finca «Otraparte», Fernando González se quedó mirando el brillo magnífico de las llamas que consumían a su amigo, y por la noche, cuando aún no se habían apagado los escombros, y luego de escuchar el radioperiódico, dijo: «Ahora ya no hay con quien hablar en este país…».

Unos años después, Estanislao Zuleta Velásquez ingresó a la escuela. Allí nunca se sintió bien. Cuando cursaba cuarto año elemental, el profesor de aritmética llamó a Margarita y le sugirió que le hiciera un chequeo al niño porque «no podía entender, vivía abstraído y se asfixiaba en clases». Los médicos dictaminaron que padecía asma y que tal vez sufría una especie de retardo mental. En adelante, sus relaciones con la escolaridad y con la salud mental fueron más bien conflictivas.

La ausencia del padre vino a ser reemplazada por la evocación maravillosa y continua que de él hacía Margarita; ella se sentaba horas enteras con su hijo, antes de dormirlo, para narrarle un padre extraordinario, mitificado y glorioso. Estanislao no tuvo, pues, un sustituto de su padre: tuvo un padre configurado por la narración. En esa narración había un ingrediente fundamental que era un desprecio por lo actual, por lo real, por el presente, que obedecía a la negación de Margarita a otro amor, a otro hombre, pues ninguno pasaba la prueba de la confrontación con su maravilla irrecuperable. Esta actitud difería de la de Penélope, en que la esperanza, para Margarita, fue lo primero que se perdió. Estanislao fue influenciado para siempre por esas referencias al pasado y al origen que vinieron a crear en él una inusitada pasión por lo narrado, durante la infancia, y más adelante, por los libros.

Para Estanislao el mundo quedó dividido en dos: por un lado estaba el mundo de lo práctico, o sea, el mundo inmediato, y por otro, estaba el mundo de lo verdadero y de lo sublime, que se encontraba oculto y en reposo dentro de los libros. De este modo, se fue alejando cada vez más del ámbito cotidiano de la vida práctica, de las relaciones familiares, de ciertas formas sociales de relación, para que la timidez y la idealización se apoderaran para siempre de su carácter.

Entre los 10 y los 17 años, Fernando González se constituyó en el tutor y en el «padre»; él orientó las primeras lecturas e introdujo un ánimo de independencia del entorno social e intelectual, que sería definitivo en la ulterior trayectoria de sus ideas y de su vida.

La lectura fue su gran refugio; leía con una avidez incolmable. Por esa época Margarita tenía un costurero donde se confeccionaban los trajes de novia de las niñas ricas de Medellín, y allí, en medio de sedas y velos blancos, Estanislao seguía leyendo, esperando el fin de semana para irse a «Otraparte» a caminar con Fernando por las quebradas de Envigado y confrontar entre los bosques las ideas que habían surgido en el costurero de su madre. Esa fue su primera influencia y su primera formación.

Fue durante esos paseos con Fernando González cuando Estanislao conoció la filosofía, pero ese conocimiento, según sus propios recuerdos, no fue en modo alguno un conocimiento teórico: «En esas caminadas, Fernando se detenía a cada momento y de pronto se quedaba mirando una hormiga que bajaba por una rama; entonces me decía: “Para ti la hormiga está a nuestro lado, y creemos que el suelo que pisamos está abajo y que la luz que nos permite ver viene de arriba, pero para la hormiga las cosas son de otro modo”». Estas reflexiones ingenuas, esa filosofía de paseante, descorrió los velos de lo evidente, y una mirada crítica sobre el mundo comenzó a alborear en la mente de aquel joven de trece años.

De los amigos, en primer lugar habría que hablar de Fernando Isaza, tío político y de quien diría don Gabriel Cano en un editorial de El Espectador: «Las condiciones del estilo de Fernando Isaza fueron en él innatas y consubstanciales, porque no escribía más correcta y elegantemente al final de sus días que como lo hacía hace 50 años, en plena adolescencia intelectual, y porque sus lecturas literarias fueron voluntariamente escasas y no sujetas a método alguno. Ecléctico en literatura como escéptico en filosofía, sus lecturas se orientaron menos hacia el pensamiento o la doctrina de los libros, que hacia el estilo y, sobre todo, hacia la personalidad humana de sus autores». En efecto, Fernando Isaza regaló a Estanislao Zuleta La montaña mágica cuando éste cumplió 14 años, y lo alentaba a que no pensara solamente en las historias que leía sino también en sus autores, en lo que estos proponían en sus vidas. Fernando Isaza rehusaría una candidatura presidencial y varios ministerios, pero no rehusó ser, al lado del otro Fernando, un maestro y un alcahueta en los días de juventud de mi padre.

Cuando Estanislao comunicó a su familia el propósito de abandonar el colegio, se armó un revuelo que parecía iba a romper para siempre los vínculos con la parentela. Fernando Isaza, un poco más sereno, reunió en su casa a la familia y les dijo: «Estanislao no necesita seguir en el colegio porque el colegio le quita mucho tiempo para sus estudios, además yo lo apoyo y me hago responsable». Este fue un acto de amistad que inauguraría la contravía en la cual se iba a desarrollar su existencia. Con esa licencia filial y con la libertad que su autoridad le daba, Estanislao continuó con el proyecto que se había trazado, cuyo primer paso era abandonar el colegio.

Después… Mario Arrubla, Óscar Hernández, Carlos Castro Saavedra, Óscar Ochoa, Delmiro Moreno, Ramiro Montoya y Gonzalo Arango, fundaron el Centro Literario Porfirio Barba Jacob. Las reuniones tenían lugar los sábados en la Biblioteca Santander; leían lo que escribían ellos mismos. Después de las reuniones, y en medio de la excitación de las discusiones y de la charla, sobrevino la bohemia. En el Café Regina, en el Metropol, en la Tienda del Sordo y en las calles de Medellín se oyeron sus poemas, recitados por voces afirmativas, jóvenes y ebrias. En las mesas de los cafés, los tangos vendrían a recordar el origen y la tragedia. Al final de las noches esculcaban los bolsillos, buscando la moneda que podría prolongar el exceso y la palabra.

Por esos días había un muchacho en Medellín que pintaba. Se llamaba Fernando Botero. Había estado trabajando en unas obras que reunió bajo el nombre de «Las mujeres azules», y consiguió que este trabajo fuera expuesto en el Museo de Antioquia. Estanislao se entusiasmó con las obras y realizó la presentación en un texto casi desconocido que tituló «La pintura de Fernando Botero».

[…] Ese escrito fue la primera publicación que hizo en su vida.

De los amigos del Centro Literario, Óscar Ochoa era el más bohemio: con él, los tangos y los poemas de Barba Jacob recorrieron las noches y llenaron las horas. Alguna vez, en un aniversario, recordaron que León de Greiff había traído de México, en una comisión consular, los restos del poeta que había dado nombre a su tertulia. Entonces fueron al Cementerio Universal y, ante la tumba de Miguel Ángel Osorio (Barba Jacob), leyeron ensayos sobre sus obras y recitaron sus versos.

Esa era la vida y la actividad del grupo. Pero Óscar Ochoa, «Ochoíta», el más frágil de todos, comenzó a derrumbarse y finalmente enloqueció. Este acontecimiento conmocionó a Estanislao y a Arrubla, que hasta esos días sólo habían leído algo del psicoanálisis. Entonces comenzó una lectura sistemática del psicoanálisis, en la cual se pedía cuenta sobre la pérdida del amigo.

En 1953, Estanislao había ingresado al partido comunista y fue invitado a Bucarest al Encuentro anual de Juventudes Comunistas. A ese viaje se oponían Fernando Isaza y la familia, pero Fernando González en esta ocasión salió en su defensa y le escribió una carta a Fernando Isaza donde hablaba de la juventud como la época en la cual se deben vivir todas las experiencias, sin avaricia, y concluía diciendo: «En tu caso personal, Fernando, entiendo que te opongas, porque estás viejo y además has leído mucho Selecciones». Este viaje terminó con la relación entre Estanislao y Fernando Isaza, quien, sin embargo, seis años más tarde, fue padrino de bodas de su primer matrimonio.

Ese viaje en compañía de Óscar Hernández fue definitivo en sus ulteriores lecturas; de allí trajo algunos libros de Sartre, que consiguió en París, y también algunos números de Les Temps Modernes. Había observado el movimiento intelectual de París, y, al confrontarlo con el que se realizaba en Colombia, vio que era necesario replantear las lecturas y trabajar por una cultura más universal que comprendiera otras miradas y abriera espacio, para que también aquí fuese posible promover el conocimiento de la antropología y el psicoanálisis. Además vio que había que sumar otras miradas y otras disciplinas en el pensamiento de nuestros problemas políticos. La vida intelectual de Estanislao se puede definir como esa búsqueda.

Como es obvio, mi conocimiento de esta época de la vida de Estanislao, mi padre, obedece a sus propios recuerdos y a los de Margarita y las tías. El período de Bogotá fue resumido por él en una entrevista, de la cual transcribo unos apartes:

«Mis primeros estudios —si se descuentan unos pocos inútiles, completamente estériles, años de bachillerato— fueron, hacia 1951 y 1952, la lectura de diversas obras filosóficas, entre las cuales me causaron una muy grande impresión principalmente Platón y Descartes. En el año 1952 comencé a leer a Freud, con poca compresión pero con mucha pasión. Leí los trabajos que podrían denominarse de análisis directo: La interpretación de los sueños, El chiste, La psicología de las masas y La psicopatología de la vida cotidiana.

Si no recuerdo mal, un poco más tarde, en el año 1954, comencé a estudiar a Heidegger muy detenidamente, principalmente El ser y el tiempo, y poco después a Sartre, El ser y la nada y las obras sobre psicología: La imaginación, Lo imaginario y La fenomenología de las emociones. Hasta ese momento había recibido influencia personal de algunos amigos de mi padre: Fernando Isaza y Fernando González, quien escribió un libro que se llama Cartas a Estanislao, o sea, mi papá.

Un poco después, en el año 53 o 54, leí por primera vez un texto de Marx, Manuscritos del 44. No conocía nada de marxismo, tampoco sus divulgaciones, pues, como se recordará, hasta ese año del 53 la prohibición que pesaba sobre el marxismo era supremamente fuerte; ese fue el año en que subió al poder Rojas Pinilla. Ese texto de Marx, al que siguieron algunos otros, me llevó a hacer algunos estudios sobre la situación económica y política y a fundar con unos amigos la primera publicación en la que yo participé: Crisis, una revista de política y economía.

Más adelante, durante el año 56, viajé a Bogotá. Entonces comencé a trabajar en el Instituto de Investigaciones Históricas, bajo la dirección de Pérez Villa, lo que me permitió hacer estudios sobre historia de Colombia; también me permitió estudiar durante casi un año completo todos los textos históricos de Hegel: Historia de la filosofía, Las lecciones de la filosofía de la historia, La estética. Entonces participé en otra publicación que había tenido origen estudiantil, que se llamaba Junio.

En el año 1958 se ofrece un viaje a Sumapaz para residir entre los campesinos en calidad de instructor. Emprendí entonces la primera lectura de El capital. En ese año se conocieron también muchos otros estudios de marxismo; era el período —por lo menos para nosotros, a quienes llegaba todo un poco retrasado— llamado de la desestalinización. Entonces se pudieron conocer los marxistas polacos. Los textos de Sartre sobre el marxismo, Los comunistas y la paz, por ejemplo, y algunos otros de Merleau-Ponty, entre ellos Humanismo y terror; eran textos muy anteriores, del 52 al 57, que finalmente llegaron aquí. En realidad, los estudios sobre el marxismo siguieron en gran parte en dirección a los textos de la llamada desestalinización. Textos que eran muy próximos entonces al pensamiento que se ha dado en llamar existencialista, aunque sus propios autores no gustan mucho de este calificativo, ni Sartre, ni Heidegger, y menos Merleau-Ponty.

Entonces estudié ya las obras en conjunto de estos autores, en la medida en que se conseguían en francés, en inglés o en castellano.

En el año 59 trabajé en el Ministerio del Trabajo, en una oficina que se llamaba Seguridad Social Campesina, e hicimos un libro entre varios autores sobre el departamento de Nariño (publicado precisamente por el Ministerio del Trabajo), en el cual se puede notar muchísimo la influencia del marxismo. Publiqué igualmente algunos ensayos en esa época, de los que recuerdo sobre todo uno que fue objeto de múltiples ataques por parte de la prensa conservadora, que se llamaba «Sobre el matrimonio, la prostitución y el onanismo: tres taras de nuestra sociedad».

En esta época no existía ninguna corriente marxista organizada, diferente al partido comunista, que, a pesar de la desestalinización, seguía practicando una forma de organización, una política educativa, cultural y teórica, prácticamente tan dogmática como la de la época del stalinismo. Por ese motivo, con algunos amigos, entre ellos Mario Arrubla, Jaime Mejía Duque, Delimiro Moreno, Eduardo Gómez, fundamos entonces un grupo político con una publicación propia que se denominó Estrategia. Nosotros estábamos desde ese año ya en Bogotá; sin embargo, seguíamos participando desde lejos y colaborando con Crisis.

A Estrategia se vincularon en seguida también otros amigos: Jorge Orlando Melo, Guillermo Mina y Javier Vélez, que luego se han dedicado a la enseñanza de la filosofía; sacamos, pues, algunos números de Estrategia; yo escribí allí un análisis del proceso electoral que se llamaba «Claves para las elecciones». Luego escribí un estudio sobre las corrientes de izquierda en Colombia: «Contribución a un debate sobre la política revolucionaria»; y, finalmente, un estudio en el que recogía, en el año 63, la principal preocupación teórica que había tenido en los últimos diez años, que se titulaba «Marxismo y psicoanálisis».

También en el psicoanálisis, desde luego, se presentaban nuevas corrientes, principalmente la corriente que encabezaba, desde el 53, Lacan, a quien yo comencé a leer un poco tardíamente con muy mala comprensión: con más empecinamiento que comprensión. Desde el año 58, finalmente, comenzó a sernos más accesible, a partir de que volvimos a sus textos publicados en la revista La Psycoanalyse, luego de haber leído los textos de sus discípulos, puesto que los de él mismo vinieron a ser comprendidos a posteriori, lo cual condujo a una nueva lectura de las obras de Freud, esta vez completa.

En los años siguientes me interesó cada vez más la aplicación del psicoanálisis al estudio de la literatura, que había sido una pasión desde la infancia; especialmente Dostoievski, Thomas Mann, Kafka, y luego también la literatura sartriana. Publiqué algunos trabajos poco después sobre psicoanálisis y literatura, por ejemplo, un estudio que publicó la Gaceta de Tercer Mundo, y que luego ha ido reproducido en diversas universidades, sobre una novela de Arrubla, denominado «Comentarios a La infancia legendaria de Ramiro Cruz».

En el año 56, y luego del viaje a Europa, vinieron grandes cambios en la vida de Estanislao. La segunda y definitiva salida de la casa materna y el traslado a Bogotá, donde, en compañía de Mario Arrubla, Álvaro Vélez, Rómulo Jaramillo, Bernardo Guerra, Octavio Vélez y otros amigos, compartían una pensión de cinco pesos mensuales, que incluía comida y lavado de ropas.

La dictadura de Rojas Pinilla acentuó el interés por los problemas políticos; la militancia y el estudio del marxismo eran la prioridad de aquellos días. El interés por los problemas colombianos y la aplicación de la teoría marxista a la sociedad colombiana produjeron un grupo de estudio, que daría sus frutos más tarde con los trabajos de Arrubla sobre el subdesarrollo y de Estanislao sobre la tenencia de la tierra en Colombia.

En aquella época de militancia habría que recordar una aventura que contribuye a conocer su carácter. La aventura comenzó en una fiesta en la que María del Rosario Ortiz Santos, sobrina de Calibán y cobijada con el manto de la casa Santos, se interesó por la joven figura intelectual que había llegado a Bogotá. No sé si Estanislao se enamoró de ella, pero aquella fiesta terminó en la parroquia del Sufragio de Medellín y, más tarde, en las montañas del páramo de Sumapaz, un municipio donde el partido comunista tenía muchas simpatías, y donde se debía hacer lo que denominaban formación de cuadros. En medio del frío y la mala alimentación, Mario Arrubla, Mario Vélez y la pareja de recién casados trataban de explicar a los atribulados campesinos los problemas de la lucha de clases, al tiempo que les enseñaban a leer y a escribir. Pero de esta montaña, que poco o nada tenía de mágica, regresarían rápidamente a la ciudad.

Ya en Bogotá, surgieron algunas publicaciones como Junio, Agitación, y luego Estrategia, revista de critica contemporánea. Los directores, Mario Arrubla y Estanislao Zuleta, abrieron una librería con otros amigos, que funcionaba en la calle 19, arriba de la Séptima en Bogotá: se llamó Librería La Tertulia, y allí funcionaba Estrategia. También intentaron editar: Jorge Orlando Melo tradujo Problemas del método de Sartre, y Ediciones Estrategia editó el libro, que fue un fracaso económico. Finalmente, la librería tuvo el destino que su nombre sugería, y los múltiples socios terminaron por repartirse los libros y acordaron seguirse viendo en «El Automático» para seguir las tertulias. Finalmente, la crisis se extendió a Estrategia; a ésta se sumó la ruptura del matrimonio de Estanislao, y el proyecto político quedó aplazado.

Estanislao no tenía empleo, tenía tres hijos, estaba perseguido por los agentes del DAS, quienes informaban a todos los sitios donde trataba de trabajar que él era un comunista indeseable. Pero las adversidades nunca interrumpieron su trabajo intelectual; al contrario, lo hacían más activo. Después de largas jornadas de lectura, se iba a los cafés —«El Cisne», «El Automático»— para hablar con los amigos de lo que estaba pasando y de las lecturas.

León de Greiff fue un amigo que, desde aquellos días hasta la muerte del poeta, influiría definitivamente en la vida de Estanislao. Una amistad como todas las de León: incondicional y a la vez distante; elevada sobre el terreno del arte y la poesía, donde la política y la teorización no estaban invitadas a la mesa. Sobre ese acuerdo tácito sobrevino una tertulia literaria que nada tenía de formal y que fue siempre accidental, disculpada en alguna época por la costumbre de reunirse todos los sábados en casa de Estanislao para almorzar frijoles y tomar aguardiente, en compañía de Boris, Hjalmar, el negro Mina, Javier Vélez, Óscar Espinoza y otros amigos de la casa.

En 1964, Jorge Orlando Melo se había casado con Margarita González, y Germán Colmenares con Marina, hermana de ella. A una fiesta, en casa de los Melo, invitaron a Estanislao y a la hermana menor de Margarita y Marina, una estudiante del Liceo Francés, de diecisiete años, llamada Yolanda González, y que sentía admiración por los intelectuales. Yolanda fue el gran amor de Estanislao, con ella vivió veinte años y tuvo dos hijas.

Después del segundo matrimonio, Estanislao trabajó en la Universidad Libre de Bogotá hasta 1969; la familia vivió en Cali hasta 1971, y luego vino a Medellín, donde fue profesor de la Universidad de Antioquia hasta 1975. En todo ese periodo estuvo trabajando demasiado tiempo por la subsistencia; la escritura fue muy afectada por ello, aunque escribió «Psicoanálisis y criminología» e impulsó la creación de tres publicaciones mimeografiadas, llamadas Contraataque, Polémica y Veinte varas de lienzo. Su actividad fundamental fue la de promover la lectura de El capital de Marx, con los que él llamaba el grupo de Cali y el grupo de Medellín, y de los cuales fueron surgiendo esas publicaciones.

También al final de este período comenzó a hacer clínica psicoanalítica, intentando seguir el método freudiano, pero con grandes dificultades para manejar la contaminación, pues en la elección de los pacientes pesaba más el afecto que tuviera por ellos que la distancia que suponía una relación analítica.

Del grupo de Medellín eran: Klaus Meschkat, Álvaro Tirado, Juan Camilo Ochoa, Antonio Restrepo, Beatriz Abbad, Gloria Arango, Yolanda González, Santiago Peláez, Fernando Zambrano, Iván Villegas y otros que no recuerdo ahora. Pero el suicidio de Iván Villegas produjo una crisis que terminó por disolver el grupo y sumió a Estanislao en una depresión de la cual no saldría hasta que fue invitado a Cali para hacer parte del recién fundado Centro Psicoanalítico Sigmund Freud. Allí, y como hacía siempre en épocas de crisis, Estanislao volvió sobre las obras de Thomas Mann, y de esta manera surgió la exposición sobre La montaña mágica en veinticinco charlas que después fueron reunidas y publicadas por Colcultura con el nombre de Thomas Mann, La Montaña mágica y la llanura prosaica, en 1977.

En la época del Centro Psicoanalítico se pusieron de moda uno grupos que grababan lo que Estanislao decía en las charlas y luego lo transcribían para estudiarlo. De estas charlas y de esas grabaciones son hijos los libros La teoría de Freud al final de su vida (Editorial Latina, 1978), La propiedad, el matrimonio y la muerte en Tolstoi (Editorial Nueva Letra, 1980) y Comentario a Así habló Zaratustra (Univalle, 1981). También existen, de esa época, sin publicar, las charlas sobre «Inhibición, síntoma y angustia», «Teorías de la infancia», «Análisis terminable e interminable», «Construcciones en el análisis», «Más allá del principio del placer», «El duelo en Chéjov, Proust y Mann», «El mercader de Venecia, Ricardo III y El rey Lear de Shakespeare», «La mujer en Faulkner, Hemingway y Poe», «Sobre el amor», «La metamorfosis de Kafka», «La náusea de Sartre», «El hombre del subsuelo de Dostoievski», «Luces de Chéjov», «La fenomenología del espíritu de Hegel», «El ser y el tiempo de Heidegger», y otros textos que fueron parcialmente transcritos o que se perdieron, como: «El Quijote», «Sartre y el psicoanálisis» y «Poe y el alcohol».

Como se ve, en esta época Estanislao vuelve sobre los temas y las lecturas más importantes, dejando la lectura de Marx para el consabido grupo de Cali, que seguía funcionando en su casa los fines de semana y del cual surgiría la última publicación política orientada por Estanislao: Ruptura, de la cual se hicieron tres números. A partir de aquí, Estanislao rompió para siempre con la idea de partido de Lenin y abandonó el ideal socialista de Marx, como se puede ver en los textos que sobre este autor escribiría más tarde: «El fetichismo en Marx», «Marx y los derechos humanos» y «El individualismo en Marx».

Luego surge el texto «Elogio de la dificultad», que daría a conocer en el acto en el que recibió el doctorado honoris causa en Psicología de la Universidad del Valle, en 1981, y que introduce una mirada sobre la sociedad, que se había gestado muchos años atrás, para la cual fueron ingredientes fundamentales el estudio de la antropología, las lecturas de André Gorz, de Bachelard, de Roland Barthes, de Bahro, de Kautsky y de los nuevos filósofos franceses. En el texto pedía cuentas al ideal revolucionario y a los fantasmas contenido en él, y no dejaba de mirar el capitalismo como una terrible enfermedad de la humanidad.

La democracia surgía entonces como el menor de los males, pero era necesario repensarla y hacerla más democrática, dentro de lo terribles límites de nuestra sociedad. A esto se refieren los últimos trabajos de Estanislao.

En 1984, Estanislao es llamado por el gobierno de Belisario Betancur como asesor de la Secretaría de Integración de la Presidencia de la República, cargo en el cual desempeña múltiples funciones en el proyecto PNR (Plan Nacional de Rehabilitación) y en la redacción de documentos oficiales de esa oficina.

En 1985 sobreviene su última gran crisis, con la ruptura de la relación con Yolanda González, y en 1986 debe abandonar la ciudad de Cali por amenazas contra su vida. Entonces, las Naciones Unidas lo nombran asesor en la Consejería de la Presidencia para los Derechos Humanos, y más tarde en un proyecto para la autonomía municipal en el departamento del Valle; su trabajo consistía en dar charlas sobre democracia y participación y en redactar documentos.

En diciembre de 1988 regresa a Cali y se reincorpora a la Universidad del Valle, donde trabajaba desde 1976; de sus clases en esta universidad también surgieron, por el sistema de grabación de las clases, algunos textos que publicaría más adelante la Editorial Percepción; estos textos fueron: El pensamiento psicoanalítico, Arte y filosofía y Estudios sobre la psicosis.

En los últimos cuatro años de vida, Estanislao emprendió una lectura crítica del psicoanálisis, estableciendo una contraposición con las teorías de la etología y preguntándose sobre la validez del determinismo inconsciente que planteaba la teoría de Freud. En esta última mirada sobre el psicoanálisis se preguntaba por el sistema demostrativo de Freud, con el cual no estaba ya de acuerdo, más concretamente en lo que se refiere a la interpretación de los sueños. Así, pues, se había propuesto servirse tanto del psicoanálisis como de la etología para reformular la inteligencia humana.

[…] En el transcurso de su vida, Estanislao tuvo dos influencias que habría que subrayar: Thomas Mann y Sigmund Freud; pero me refiero a ellas no como teorías o concepciones del hombre, sino también, y muy especialmente, a sus personalidades. Me atrevería a decir que los ideales del yo de Zuleta fueron fundamentalmente estos dos pensadores. Freud y Mann fueron lecturas de su juventud, pero cuarenta años más tarde seguían siendo autores a los que recurría continuamente. Esas dos figuras fueron el eterno entorno de su búsqueda. Tal vez porque allí estaban condensadas todas sus idealizaciones, y también todos sus obstáculos.

La familia, tengo que decirlo, fue para él, más que una seguridad o un proyecto, una limitación y un conflicto. Sus múltiples pasiones rebasaban el ámbito de lo familiar, y aunque su carácter idealizador promovía utopías y fraternidades, su racionalidad le advertía los peligros de tales deseos y lo regresaban a su habitual distancia de pensador solitario. Si bien Estanislao entendía el amor como una empresa común, en la cual era necesario tener una comunidad de ideales y de búsquedas en un terreno de respeto y de reciprocidad, lo cierto es que dichos ideales y búsquedas generalmente eran trazados por él de manera unilateral, según sus propios criterios, y se referían, más que a un proyecto familiar, a la relación con Yolanda, su mujer, su refugio y su compañera incondicional por muchos años.

Sus relaciones con la parentela fueron prácticamente nulas; aunque pensaba y hablaba de su familia, prefería no frecuentarla, ni ser frecuentado por ella.

Lo únicos entretenimientos que tenía eran resolver problemas de ajedrez o jugar de vez en cuando una partida y, al final de su vida, ver películas en betamax antes de dormirse; por lo demás, siempre dormía muy poco, cuatro o cinco horas a lo sumo; lo demás, era lectura y trabajo, y, en algunos períodos de su vida, alcohol, con el cual, a pesar de ser un excelente contertulio, no tuvo, según sus propios términos, buenas relaciones.

No fue nunca un ser mesurado. Al contrario, si uno quisiera definirlo en este sentido, habría que decir que Estanislao fue un hombre excesivo, excesivo en el afecto, en la lectura, en las exigencias éticas, en la conversación, en el humor y en la depresión, en el amor y en los dos litros diarios de café, en la crítica y en el aprecio, en los cincuenta cigarrillos mentolados al día, en la bohemia y en la esperanza en una sociedad en la cual todos los días se reconocía menos.

Estanislao murió el 17 de febrero de 1990 en la mesa de trabajo, donde preparaba dos cursos que debía dictar ese año: uno sobre la obra de León de Greiff y otro sobre ética y política. Acababa de cumplir 55 años, vivía solo con sus libros, en un pequeño apartamento cerca de la universidad. La víspera de su muerte, me dijo: «¿Sabes una cosa? Me está gustando la soledad, uno se acostumbra y termina por quererla». Al día siguiente, la empleada lo encontró: tenía un café y unas tostadas en la mesa. Su apasionado corazón se había parado para siempre […]”.

Fragmentos de «Notas sobre un lector»[2].

“[…] No había en casa televisión, mi padre prescindió de ese electrodoméstico y nos ofrecía a cambio, leernos en voz alta. Con su carácter pausado y ceremonial hacía un preámbulo a cada lectura para despertarnos la curiosidad por el texto, el cual, luego ejecutaba con una voz tranquila y clara. Sabía como pocos hacer los énfasis y transmitir la música, las cadencias y los momentos claves de la narración.

[…] Me contó que sus primeras lecturas las había realizado siendo muy niño, en la biblioteca del colegio. Según sus propias palabras, “era muy mal estudiante, no aceptaba la disciplina y quería saber más de lo que los profesores estaban en condiciones de enseñar, por lo que me hacía muy impertinente y terminaban por castigarme”. El castigo en aquel colegio consistía en enviar al niño a la biblioteca. Tal vez una forma inteligente de no aceptar el castigo, fue encontrar placer en el castigo.

[…] Durante su vida, Estanislao Zuleta se las arregló para vivir de lo que más le gustaba: leer. De una u otra forma lo que hizo para ganar el sustento fue compartir lecturas que le habían conmovido. Logró ganarse un prestigio por su capacidad crítica y muchas personas durante tres décadas acudieron a escuchar el producto de su oficio de lector. Son legendarias en varias ciudades de Colombia las “charlas de Zuleta”. Esas charlas no eran otra cosa que el comentario de las lecturas que hacía y terminaron siendo la base de la mayoría de los libros que se le han publicado.

[…] Nada más aproximado a la forma de vivir y compartir las lecturas y al espíritu de generosidad que se apoderaba de Estanislao después de una lectura conmovedora, o como él las llamaba: “una lectura fundamental”. Cuando leía llenaba de anotaciones los libros, escribía sobre los márgenes o en pequeñas cartulinas que iba dejando entre las páginas, leía releyendo, volviendo sobre el texto que aún no terminaba, a veces, a mitad del libro volvía a empezar, otras veces lo terminaba y comenzaba inmediatamente su relectura. De noche, en la soledad de su biblioteca se le oía reír, con frecuencia, en el momento más alto de su entusiasmo, llamaba a alguien y lleno de júbilo le compartía un fragmento que consideraba extraordinario. En medio de esa felicidad, con la necesidad de compartir la experiencia, y de que otros compartieran su gozo, perdió cientos de libros que prestaba a sus estudiantes o amigos con la ilusión de tener interlocutores para compartir los hallazgos y la dicha de sus lecturas. Muchos de ellos guardan esos libros como fetiches y los muestran en las fiestas como objetos de colección.

La crítica literaria que sobrevenía a sus lecturas era algo muy diferente a lo que usualmente conocemos como crítica literaria. No tenía mayor aprecio por la exégesis que se realiza en el mundo universitario, o por las teorías que se aplican a la interpretación de los textos literarios. Conocía bien esas teorías, había seguido con cuidado desde la filosofía, y en las distintas interpretaciones y valoraciones del arte, a los formalistas, a los estructuralistas, a los lingüistas, a los postformalistas, a los semióticos, al deconstructivismo, y como decía irónicamente, a todos los “istmos”, sugiriendo que esas disciplinas de interpretación eran de alguna forma maneras de aislarse.

En el trabajo de compartir lecturas construyó muchos lectores. Y alentó a algunos de sus alumnos y amigos a tomar el camino de las palabras, o al menos, el de leer desde otra perspectiva. Algún escritor dijo, con ocasión de su muerte: “Murió el hombre que le enseñó a leer a Colombia”.

[…] Más allá de lo que lograba comunicar, y de su oficio de contagiar a otros el entusiasmo por los textos que leía, había algo que podríamos llamar las acciones derivadas. Esto es, el efecto que las lecturas ejercían sobre las decisiones de su propia vida. La lectura en su caso, tenía un efecto trasformador, a tal punto, que podía cambiar su forma de vida de una manera radical. La decisión de retirarse del colegio y de asumir su formación por cuenta propia, enfrentándose a la familia y a la sociedad cuando sólo era un adolescente, la de irse a vivir con los campesinos del páramo de Sumapaz, la de no tener televisión, la de no enviar sus hijos al colegio, y otras acciones que adoptaba respecto al amor, a la amistad, o a la política. Su singular manera de ejercer el oficio de profesor y de subvertir los sistemas de evaluación de los alumnos, eran acciones que estaban, de algún modo, relacionadas con su trabajo de lectura.

[…] La manera de leer de Estanislao Zuleta era intensa; impugnaba verdades, hacía temblar estructuras ideológicas, se obligaba a cambiar y a ser consecuente. Se entregaba de un modo temerario a la pasión provocada por sus lecturas, así construyó una voz sólida, y trasmitió a muchas generaciones (aún lo hace) el producto de su creación como lector. Pero hay que decirlo; leer de ese modo es un acto de re-evolución, que si bien le permitió pensar, ser original en su pensamiento y construir una obra, también lo condujo a una gran soledad, y a una cierta marginalidad intelectual.

Texto completo: «Mi padre, retrato a contraluz»[3]

La voz

Tomaba el libro con sus grandes manos y buscaba parsimonioso la página. Su voz era clara, sin acentos regionales, de un registro bajo sin llegar a ser grave, un tanto solemne aunque salpicada de vivacidad, como si los fogonazos de alegría que le producía la lectura y las secretas emociones consecuentes le dieran ese entusiasmo contagioso, en ocasiones festivo. Su dicción precisa respetaba la música de las palabras, lo que daba pulcritud fónica a sus oraciones. Al escucharlo sentíamos tranquilidad, había algo armónico y cierto en su voz. Sus palabras parecían buscar que nos conmoviéramos como él, seducían, invitaban a la comprensión y al gozo del texto que nos leía. Sabía que la literatura es música, y elegía muy bien lo que nos ofrecía. Sin atropellar el texto, su voz se dejaba ir por los ritmos y las pausas, alargaba un poco los silencios, respiraba, contenía su entusiasmo para que la lectura no se contaminara, y así construía una experiencia grata, casi siempre inolvidable.

En la cordialidad o en la discordia, su voz era la herramienta para mantener los hilos tensos, para dar a sus palabras el registro de mayor eficacia y pertinencia. Tal vez la naturalidad, la espontánea forma de sus énfasis y el brillo de su entusiasmo al querer hacer de otros sus pasiones, creaban los colores, la música de su voz.

A veces también cantaba, lo hacía en el prolongadísimo baño matinal; cantaba fragmentos de canciones, trocaba sus letras, interrumpía la canción y la recuperaba según su capricho o su jabonosa circunstancia; entre los sonidos del agua y el ajetreo y los jadeos del baño escuchábamos: En la doliente sombra de mi cuarto al esperar/ sus pasos que quizás no volverán, (Silencio) / a veces me parece que ella detiene su andar / sin atreverse luego a entrar…

Otras veces, en lo más alto de la fiesta, abrazado a sus amigos, cantaba. Nosotros despertábamos y reconocíamos su voz entre un coro de voces desconocidas; entonces salíamos sigilosos de nuestras camas para espiar aquella alegría inaudita; veíamos a otro padre: uno alborozado que poseído por una extraña felicidad cantaba con una voz más poderosa de lo habitual: Y alegre, también su yegua va, al presentir, que su cantar, es todo un himno de alegría, y en eso le sorprende la luz del día, y llegan al mercado de la ciudad…

Una vez lo oí cantar mientras veía llover, parecía celebrar la lluvia. No alcancé a saber qué cantaba, era un murmullo inaudible, algo que cantaba para sí, para su íntima, momentánea felicidad.

Los ojos

Eran grandes sus ojos, de un tono marrón claro, la luz parecía venir de adentro de ellos. Los párpados adormilados les conferían cierto aspecto de ensoñación, de ingenuidad tímida. Cuando miraba había curiosidad, bondad y algo de rigor, de firme serenidad. Podía reír con ellos a pesar de las gafas que los enmarcaban y que los hacían parecer aún más grandes. Cuando se las quitaba sentíamos que una bondad repentina se apoderaba de él, y todo su rostro se hacía mejor.

En ocasiones, mientras leía o conversaba, se conmovía y la luz habitual de sus ojos se encendía, visitada por un repentino brillo líquido que disimulaba retirándose un momento o simplemente bajando la persiana entreabierta de sus párpados.

Nos contaba lo que había visto en un viaje lejano a Europa. Mientras recordaba sus ojos parecían retraerse y buscar cosas, detalles de algo visto para contárnoslo. Se quedaba por largos momentos abstraído, levantaba un poco la cabeza, los ojos apuntando hacia un distante horizonte, hasta que algo lograba satisfacerlo, como si hubiese atrapado un recuerdo perdido, y entonces regresaba y seguía narrando.

Las manos

Blancas, pulcras, teñidas suavemente por el rojo de la sangre. Cuando daba la mano lo hacía con firmeza, de manera completa y afectuosa. Recuerdo que tenía el vicio de enrollar papelitos y hacer bolitas de papel. Lo hacía sin darse cuenta, mientras pensaba: tomaba el papelito entre su índice derecho y su pulgar y de manera lenta iba armando la bolita con las yemas de sus dedos, al final las lanzaba de un papirotazo hacia la papelera o hacia cualquier parte. Era una manera de ayudarse a pensar, de redondear las ideas.

En cada uña tenía una medialuna, lo que las hacía ver un poco decoradas; cuando le preguntamos por qué las tenía nos dijo: “es por mis ancestros insomnes: son la huella de sus noches en vela a la luz de la luna”. Luego de estas ocurrencias reía para anunciarnos que era una invención suya; en esas ocasiones se le sentía sereno, confortado: se volvían infantiles sus modos, su manera de sorprenderse con su propia ocurrencia.

Cuando conversaba gesticulaba con las manos como dirigiendo la orquesta de sus palabras. Las movía hacia afuera, las desplegaba si lo que decía abarcaba muchos ámbitos o las contraía cuando trataba de ser preciso. En las enumeraciones abría sus dedos y luego los replegaba uno a uno hasta completar la cuenta. Sus ademanes le ayudaban a hacer comprensible lo que decía, de tal modo que las manos parecían bailar la música de sus pensamientos.

Se dejó la barba después de los treinta años. Al comienzo era despoblada y oscura, como la de un muchacho que quiere parecerse al Che. En su caso se la dejó porque quería ser tomado en serio. Con los años, tal vez de tanto acariciarla mientras leía, se fue poblando, su semblante se hizo serio, después se salpicó de canas que no tenía su cabello. Su rostro se alargó y se disfrazó de sabiduría. Cuando iba a “motilarse” se la hacía arreglar muy rala y al llegar a casa nos sorprendía que regresara mucho más joven de lo que se había marchado.

Ahora, al recordar sus manos me pregunto: ¿cuántas páginas habrá pasado su índice derecho?

El acto de encender un cigarrillo era ejecutado por etapas: abría la cajetilla y, sin mirar, tanteaba el pequeño cilindro; lo tomaba y se quedaba pensando muy lejos de allí; al regresar de su ensoñación, ya en este mundo, martillaba tres veces el filtro sobre la mesa o el libro o lo que fuera, luego posaba el cigarrillo sobre sus labios, y parecía irse otra vez por las nubes, luego buscaba el encendedor, lo accionaba, miraba la llama y la acercaba; aspiraba con toda la fuerza de sus pulmones, el humo aparecía mucho tiempo después, en varias lentas expiraciones azules; daba la impresión de que aquello era algo paralelo a una búsqueda de su intelecto, actos que completaban la acción invisible de su imaginación y nos permitían rastrear el ritmo de sus ideas.

Al recordar sus manos me pregunto: ¿cuántas veces también tuvo entre su pulgar derecho, el índice y el corazón la copa? Y sí: esa mano que le dio de beber, cuántos placeres, y cuánto dolor nos dio su mano.

La memoria

Era inmensa la despensa de su memoria. La ejercitaba, jugaba con ella y en ocasiones alardeaba demostrando su vastedad. Cuentan sus amigos que desde la adolescencia se reunían en el Centro Literario Porfirio Barba Jacob a recitar poemas, y que en esas tenidas ocurrían “desafíos” en los cuales decían poemas y textos de memoria; era una especie de duelo en el que casi siempre Estanislao salía vencedor. Mucho más tarde en sus clases los alumnos se quedaban perplejos al observar cómo citaba y refería los textos que complementaban su exposición sin recurrir a los libros: sacándolos de la gran despensa de su memoria.

En una época de nuestra infancia qui- so que conociéramos a los poetas franceses que a él le gustaban, entonces se aprendía el poema en francés y nos lo decía para que oyéramos su música, luego lo traducía y nos invitaba a que lo aprendiéramos; entonces proponía un juego: él decía el primer verso del poema que había traducido: Dolor mío ten calma y tu angustia serena / nosotros continuábamos: ¿No ansiabas ver la tarde?, mírala ya desciende / él seguía: Una atmósfera oscura por la ciudad se extiende/ nosotros: trayendo a unos espíritus la paz a otros la pena / él: mientras la muchedumbre que el placer enajena y azota cual verdugo sin compasión / pretende cazar remordimientos cuando el festín se enciende/ nosotros: Ven dolor por aquí, dame tu mano buena y huyamos lejos / mira cómo los muertos años huyen con viejos trajes por el balcón celeste / él: cómo brotan del mar los desengaños / cómo el sol bajo un arco se muere en lontananza / nosotros: y cual un gran sudario que viene desde el este / oye amor oye cómo la dulce noche avanza (“Recogimiento” de Charles Baudelaire, traducción de Estanislao Zuleta).

Un día le pregunté por qué tanta memoria; entonces me dijo: “Porque soy lento, a más velocidad menos memoria”, sonrió y luego de una pausa continuó: “Eso es solo parte del asunto, la verdad es que la memoria no es un don; es una manera de relacionarse con lo que a uno le interesa: es la intensidad con la que se conecta lo que se vive con lo que se piensa, con lo que se siente, con lo que se quiere, con lo que se sabe, con lo que se lee y con lo que se desea hacer. Así es difícil olvidar”.

Tres recuerdos

I

Estábamos en la casa, escuché que hablaba en voz baja como si se secreteara con alguien. Me acerqué curioso, pues sabía que estábamos solos, o al menos eso creía; lo sorprendí hablándole a los libros para- do frente a un anaquel de la biblioteca. Le pregunté, desconcertado, que qué hacía. Él respondió: “le estoy dando una gran noticia a Baudelaire”, “¿Qué noticia?”, pregunté. “Que la traducción de la obra de Poe que ha hecho Cortázar al español es magnífica; ya sabes, fue Baudelaire quien tradujo a Poe al francés. He puesto la traducción de Cortázar al lado de los libros de Baudelaire y de Poe para que sean amigos”.

II

Era sensible y por sensible frágil, con frecuencia se ensombrecía ante lo que sentía era: “la catástrofe ética y estética del mundo moderno”. Recuerdo que una vez le escuché decir muy afectado: “para quien no sea cínico cada vez será más difícil vivir”.

Un día llamó por teléfono y me pidió que fuera a visitarlo, lo encontré triste, “cariacontecido” como decía él. Me llevó a su alcoba y en un tono clandestino dijo: “me han amenazado”, se quedó unos instantes suspendido en ese silencio que le ayudaba a ordenar las palabras antes de pronunciarlas; luego continuó: “siempre pensé que podrían amenazarme; he defendido los derechos humanos, he sido un hombre de ideas y he vivido con ellas y a pesar de ellas, defendiéndolas; a los que somos así en este país nos amenazan y nos matan”. En ese momento el humo del cigarrillo lo envolvió y por un instante su rostro se esfumó, luego, y al tiempo que retomaba el hilo, disipaba la nube azul, continuó: “Pensé que era una amenaza de los que han recibido tantos defensores de derechos, pero no: la amenaza proviene de milicianos del ELN porque en una conferencia afirmé que la guerrilla es anacrónica y no tiene razón de ser. Entonces me voy para que no me maten por decir lo que pienso. Y sabes qué pienso…”, allí volvió a hacer una pausa y mientras expiraba el humo de su cigarrillo dijo: “Que los derechos humanos más importantes son los que menos practicamos: el derecho a ser escuchado, el derecho a cambiar, pero el mayor, el más importante de los derechos humanos, es el derecho a ser diferente”.

III

Un año antes de su muerte estuvo un par de meses en mi casa; había regresado a Cali luego de su refugio y aún no tenía en don- de vivir. Cuando encontró un apartamento cerca de la universidad, me anunció que se iba y nos fuimos a tomar unas cervezas. Al regreso, en el asiento trasero del taxi, dijo: “no sé cómo darte las gracias por soportarme todos estos días en tu casa, solo voy a decirte un poema de alguien que aprecio mucho y que espero exprese lo que siento y lo que te quiero decir”. Entonces se acercó como para decirme un secreto y de su voz encendida escuché: Cuando cuento las horas que el reloj enumera / Y veo el bravo día caer en noche ingrata; / Cuando veo la violeta perder la primavera / Y rizos de azabache blanqueados de plata / Cuando pierden los árboles las hojas amarillas / Que del calor guardaron al rebaño en su ruta / Y el verdor del verano ya anudado en gavillas, / Es llevado en su féretro con blanca barba hirsuta; / Por tu belleza entonces me interrogo y me digo / Que en las ruinas del tiempo también tú te irás yendo; / Que dulzura y belleza han de marchar contigo / Y morir a medida que otros vayan creciendo; / Que nadie contra el tiempo puede impedir tu olvido / Salvo un hijo que luche cuando tú te hayas ido (Soneto Número 12 de Shakespeare).

Fragmento de «Lo que no fue dicho»[4].

“[…] Un amigo de mi padre llamó a contarme que algo andaba mal, que papá había preguntado por mí. Que necesitaba hablar conmigo. Fui a buscarlo a la universidad. Mientras caminábamos bajo los árboles de mango, contó que lo hablan amenazado. Creí que era una amenaza como la que habían recibido todos los defensores de derechos humanos o que tenía que ver con que estaba tratando de convencer a los del M-19 para que se desmovilizaran y entraran a la vida civil. Había subido varias veces al campamento de Santo Domingo en el Cauca, donde estaban concentrados para los diálogos de paz, allí les daba charlas y razones para dejar las armas. Pero no, su pesadumbre era por que la amenaza provenía de milicianos de la guerrilla del ELN. La misma en la que perdió la vida el padre Camilo Torres.

Se quedó mirando el campo, había varios mangos pintones caídos sobre el prado.

-No se han alcanzado a madurar y se caen del árbol -dijo, como se dicen los pensamientos.

Unos estudiantes lo saludaron, él sonrió. Luego dijo:

-Estaba esperando una amenaza, sí, como todos los que trabajamos defendiendo los derechos humanos. Si hubiera venido de donde la esperaba me habría sentido hasta bien: amenazaron y asesinaron a Héctor Abad. A Carlos Gaviria le tocó irse, pero una amenaza de la guerrilla a un hombre de izquierda es algo indigno, casi ridículo.

-¿Y qué vas a hacer?

-Me voy a ir, por eso te busqué.

-¿Y cuánto tiempo te vas?, ¿cuándo vas a regresar?

-No sé -se quedó como buscando las mejores palabras-, te quería decir que, a pesar de todo lo que nos ha distanciado, siempre estás presente. Nuestra vida no ha sido… Vivir no es fácil cuando la vida se asume como una…

La voz se le apagó atragantada por el sentimiento, para no llorar, guardó silencio. Me pasó el brazo por el hombro.

-Vivir es lo único, papá. ¿Por qué no te descargas de tanto asunto ajeno? La paz es la gran causa, pero si buscarla te va a costar la vida, termina siendo un absurdo.

-Sí, tal vez sea así, pero ya llevo mucho tiempo en este camino y no creo que sea hora de devolverme. Tampoco soy dado a heroísmos. Pienso que la guerra nos está quitando todo lo que podemos ser.

-¿Te vas a ir de Colombia?

-No quisiera… pero… no es para hablar de eso que… déjame decirte algo, hay cosas de las que nunca hemos hablado que nos pueden acercar, quiero que sepas que para mí la poesía es más importante que todo, que la filosofía y que la política -se quedó en silenció encendió un cigarrillo y continuó-: en ella hay una manera de vivir con intensidad, con sentido.

-Todas las formas de vivir son respetables, con filosofía o sin ella, con poesía o sin ella, conozco gente maravillosa que lo único que sabe son canciones y refranes y son excelentes personas. Y además son felices.

Se detuvo. Luego preguntó:

-Tú escribes, ¿cierto?

-Sí.

-Me gustaría leer lo que escribes.

-Escribo para mí, nadie ha leído lo que escribo.

-Eso está bien, pero me daría alegría leerte.

-Voy a mirar qué puedo darte a leer. No sé si entenderás, escribo en libretas y tengo letra de niño de tercero de primaria.

-Lo que tienes siempre es una pulla para mí.

Reí. Seguimos caminando en silencio. Algo que siempre quise saber vino a mi memoria:

-Tengo hace rato una pregunta para hacerte.

-Dime.

-¿Por qué me circuncidaron?

-Un médico nos recomendó hacerlo, porque era sano.

-Y por qué solo a mí.

-No sé.

-José y circuncidado. Es raro, ¿no?

-No es nada de eso. No pienses en esas cosas.

-O tal vez lo hicieron en honor a aquel libro que comienza: «Hondo es el pozo del pasado ¿no sería mejor decir que es insondable?»

-Es el comienzo de José y sus hermanos.

-Tal vez tenga que ver. Recuerdas eso de «Tú serás un des tino». O aquello que decía Raquel: «Dios gozó de mí y me dio un hijo.

-Es un libro hermoso.

-¿La biblia?

-El José. Aunque en cuanto a la historia de Jacob y José, son el mismo libro.

-Un ateo llama a su hijo José y lo circuncida. Parece un acertijo. Un enigma.

-Tal vez. Bueno… sólo quería decirte que me voy y que te quiero.

-Gracias, papá, espero que el dios de los ateos te bendiga.

Le dio risa.

-Eso sí hace difícil vivir. No creer es duro. Perdemos nuestra esencia. Perder la ritualidad, lo que reúne, lo que permite ser comunidad.

-Sí, no creer es perder lo que nos ayuda a los ingenuos.

-Creo en ti, quiero que lo sepas.

Unas garzas levantaron el vuelo, remontaron el aire, elegantes y blanquísimas, como si fueran para una boda. Le di un beso en la mejilla. En la frontera de la barba con la piel lozana.

-No te olvides del encargo.

Estuvo un año largo fuera. A su regreso lo vi varias veces; parecía como si una gran decepción se le hubiera metido adentro. Habló de la matanza de los candidatos de la izquierda a la presidencia, de Pardo Leal, de Bernardo Jaramillo y de su amigo José Antequera. Al final le pregunté:

-¿Negros nubarrones se ciernen en el firmamento?

-Ya no son nubarrones, estamos en plena tempestad. Una tempestad que nos dañará, nos cerrará las puertas. Los asesinatos se volvieron rutina y cultura.

Caminamos hacia el apartamento en que vivía cerca de la universidad. En el camino me invitó a tomar una cerveza en una tienda. Hablamos de los libros que estaba leyendo. De los tres cuentos de Flaubert. Felicité era su personaje preferido. Habló de ensayo filosófico pensaba escribir y del recuerdo nombre: De las falsas oposiciones y las diferencias efectivas. Intentaba combatir fanatismo y la polarización, buscaba que en la conversación y discusión encontraran un terreno en el que las ideas se confrontaran reconociendo la diferencia como valor en sí mismo. Que, por encima de diferencias, se respetaran el rigor y la lógica de la argumentación.

Al final de tarde, luego hablar de lo sucedía Europa, dijo:

-Hay algo que recordé en estos días pensando en ti.

Encendió un lento cigarrillo y luego, cuando el humo estuvo adentro de su humanidad, continuó:

-Cuando era muchacho dieciocho años viajé a París con Óscar Hernández. Una noche estábamos en café una con un pintor peruano; nos contó que a dos calles de allí su estudio Pablo Picasso. Le pedimos que nos llevara, queríamos conocerlo. Cuando llegamos lugar, una casa de pisos, el peruano nos señaló una ventana, dijo: es allí. Nos quedamos mirando la cortina iluminada del estudio de Picasso. Ya íbamos a timbrar cuando noté que algo se movía sobre la cortina. Era la sombra de Picasso, vimos la mano y el pincel de Picasso moverse, estaba pintando, parecían los movimientos de un director de orquesta. La luz convertida en música, en sombra. Y entonces fue suficiente. Ya no quería conocer a Picasso, esa imagen y lo que significaba era más poderosa que todo. Siempre he guardado ese recuerdo como un tesoro. Contigo me sucede que no sé qué escribes, lo que quiera que sea, también es suficiente para mí.

Seguimos hablando. Lo que decía tenía el tono de una des pedida. Lo agobiaba el mundo, estaba complacido por la caída del muro de Berlín ocurrida un mes atrás:

-Lo que lamento es que el capitalismo es el que va a cobrar esta victoria. Las libertades no ganaron, ganaron la derecha europea y la norteamericana-dijo sentencioso.

Pasamos por un garaje en el que alquilaban videos. Vimos en su apartamento, en Betamax, The Wall, de Alan Parker. Quedó deslumbrado, paró varias veces la película. Al final, lleno de gratitud, dijo:

-Al lado de esto, los Beatles son baladitas.

Se quedó pensando un rato. Luego agregó:

-Nada más hermoso que la belleza de la tristeza. La belleza que logra el dolor es salvadora. ¡Qué música tan triste y tan luminosa! Es la sinfonía del viejo mundo. Un himno a la tristeza a la altura del Himno a la alegría.

Silencio.

-Me pregunto cuánta belleza habrá sido editada. Suprimida. Cuánto acto de creación se elimina para dar el tamaño a la obra. ¿A dónde irá esa belleza?

-Debe existir un limbo para el arte que no pudo ser.

-O un purgatorio.

-Dejar de escribir lo que merecía ser escrito es equivalente a olvidar lo que merecía ser recordado.

Silencio.

-¿Crees que lo que viviste esa noche frente a la cortina de Picasso es arte?

-Lo que vivimos puede tener tanto o más valor que el arte, no importa si esa experiencia sea sólo para quien la vive.

-Hay cosas que nos suceden que son como milagros llenos de sentido.

Recordé que una vez, cuando estaba por irme de la casa, dañó un grifo del agua en un baño. Papá no sabía qué hacer. Se quedó mirando el agua que salía, parecía estar pensando en algo muy lejano; le pregunté que qué pasaba, que qué íbamos a hacer. Entonces fue a la biblioteca, trajo un libro que estaba leyendo y dijo:

-Mira, qué extraña casualidad, estaba leyendo este pasaje cuando escuché el goteo del agua:

“Lo que le pido a la ducha es sobre todo que me confirme como amo del agua, como perteneciente a esa parte de la humanidad que ha heredado de los esfuerzos de generaciones la prerrogativa de llamar el agua para que le llegue con la simple rotación de un grifo”.

-¿Y eso de quién es?

-De Ítalo Calvino.

-Hay que arreglar la llave -dije tratando de que volviera a la realidad.

-Un grifo debería ser el símbolo de la cultura, de la modernidad. ¿No te parece una belleza lo que acaba de ocurrir?

Fui a cerrar la llave de paso.

Papá murió de un infarto. Acababa de cumplir cincuenta y cinco años. Y también, dos semanas antes de morir, cumplió los requisitos de edad para su anhelada pensión, la que le permitiría dedicarse a escribir. No alcanzó a recibir ni una sola mesada”.


[1] José Zuleta Ortiz, «Semblanza». En: Estanislao Zuleta, “Colombia: violencia, democracia y derechos humanos”, Altamir Ediciones, 1991.

[2] José Zuleta Ortiz, «Notas sobre un lector». En: Aquelarre. Revista del Centro Cultural de la Universidad del Tolima, Volumen 13, N° 26, 2014.

[3] José Zuleta Ortiz, «Mi padre, retrato a contraluz». En: Revista Universidad de Antioquia, N° 319, 2015.

[4] José Zuleta Ortiz, «Lo que no fue dicho», Seix Barral, 2021.


Fuentes utilizadas en esta publicación:

José Zuleta Ortiz, «Semblanza». En: Estanislao Zuleta, “Colombia: violencia, democracia y derechos humanos”, Altamir Ediciones, 1991.

José Zuleta Ortiz, «Notas sobre un lector»En: Aquelarre. Revista del Centro Cultural de la Universidad del Tolima, Volumen 13, N° 26, 2014.

José Zuleta Ortiz, «Mi padre, retrato a contraluz»En: Revista Universidad de Antioquia, N° 319, 2015.

José Zuleta Ortiz, «Lo que no fue dicho», Seix Barral, 2021.

Fotografía: (1967) José Zuleta, Estanislao Zuleta y Yolanda González por la Séptima en Bogotá.

About the author

Frank David Bedoya Muñoz

Frank David Bedoya Muñoz (Medellín, 1978) es historiador de la Universidad Nacional de Colombia y fundador de la Escuela Zaratustra. Fue formador político en la Empresa Socialista de Riego Río Tiznado en la República Bolivariana de Venezuela. Ha publicado “1815: Bolívar le escribe a Suramérica”, “Relatos de un intelectual malogrado” y “En lo alto de un barranco hay un caminito”, libro que reúne cinco relatos, un ensayo y dos conferencias sobre la vida y obra del Libertador Simón Bolívar. Actualmente es asesor en el Congreso de Colombia.

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