La vida que arropan los sueños

Felipe Jaramillo

Suele creerse que los sueños son a la existencia lo que las sombrillitas de papel a los cócteles en un resort: un detalle ornamental que se balancea sobre el borde de lo real pero que, al final del día, carece de sustancia. Los despachamos al despertar como si fueran restos de una fiesta ajena, convencidos de que esa arquitectura de sombras no suma un solo gramo al peso de nuestra biografía. Sin embargo, nada resulta más equivocado que esa arrogancia de la vigilia, pues el sueño no es un decorado, sino la posibilidad técnica y poética de la crononáutica: es el único territorio donde el tiempo se dobla sobre sí mismo para permitirnos habitar de nuevo con quienes ya partieron, para sentarnos a la mesa con los muertos o jugar, con la piel intacta, en las calles de una infancia que la geografía física ha borrado.

Viajamos a lugares que no figuran en los mapas con suma nitidez, y entonces surge la pregunta inevitable: ¿quién posee el derecho de sentenciar que esa experiencia no es vida? Negar la realidad de lo soñado es mutilar nuestra propia historia, pues esas ventanas de escape que abrimos al cerrar los ojos —dignas de ser amadas con ferocidad o temidas por su peso asfixiante— no son más que el reflejo de la misma dualidad que nos habita cuando caminamos despiertos; el calor de un sueño es, en última instancia, tan abrasador y legítimo como el sol que nos golpea la nuca en la calle.

Esa relación con lo onírico se transforma con el peso de los años, revelando una simetría conmovedora: si en la infancia los sueños son el borrador donde dibujamos las ambiciones de un futuro, en la vejez se convierten en el refugio donde la vida se expande cuando el cuerpo comienza a estrecharse. He observado esta metamorfosis en mi padre, quien tras una juventud pletórica de aventuras, terminó —quizás sin sospecharlo— redactando en aquellos días el guion de lo que sería su presente actual. Hoy lo veo dormir mucho, muchísimo, en una entrega al descanso que podría confundirse con abandono, pero que en realidad es una actividad plena y febril; sus horas de sueño no son vacíos, sino expediciones constantes a su barrio de siempre, a los pasillos de su escuela o a los corredores de la empresa donde trabajo toda su vida.

En esa penumbra, sus diálogos con sus padres o con mi madre están a la orden del día, recuperando una cotidianidad que la muerte o el tiempo pretendieron arrebatarle. Es una inversión fascinante de la carga vital: si antes era la energía del día la que nutría sus anhelos nocturnos, ahora son los sueños los que alimentan y dan sentido a una existencia que hoy parece limitada por los años. Sus ojos cerrados no son una señal de ausencia, sino la prueba de que está habitando el único lugar donde todavía puede serlo todo, demostrando que el sueño no es el preludio de la nada, sino el sustento final de nuestra humanidad.

Felipe Jaramillo Vélez

Doctor en Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana, Creador de la escuela de pensamiento Aún Humanos la cual reflexiona sobre el ascenso de la técnica sin reflexión desde el Humanismo.

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