Mientras la participación democrática continúe reducida a un intercambio clientelar y a un acto de fe ciega, la política seguirá siendo ese milagro perverso donde los únicos que resucitan y prosperan son aquellos que viven de la ilusión de los demás.
I. El prodigio de las resurrecciones y la reconexión mística
La política contemporánea posee virtudes que la teología dogmática envidiaría. Ningún credo ni ritual litúrgico en la historia ha logrado consumar prodigios de tal magnitud en plazos tan perentorios: resucita difuntos políticos que la opinión pública daba por sepultados, santifica a los desleales más notorios, devuelve el rumbo a los desorientados y, sobre todo, obra el milagro cotidiano de restaurar las líneas telefónicas y los canales de WhatsApp que permanecieron en estado de coma vegetativo durante casi tres años. De la noche a la mañana, el silencio burocrático se metamorfosea en una desbordante hiperconectividad afectiva. Llegó, una vez más, esa bendita temporada en la que la amnesia colectiva se consagra como virtud ciudadana y la agenda pública se colma de abrazos apretados, sonrisas ensayadas y una cercanía tan entusiasta como impostada.
Es la época dorada del borrón y cuenta nueva, la fase en la que el calendario electoral impone su propia amnistía moral. Se reactiva el léxico de la camaradería, el implacable “esta vez sí” y el paternalista “cuente conmigo”, mientras la canasta de las promesas de campaña expande su capacidad de almacenamiento hasta límites metafísicos. En este recipiente ilimitado caben todas las aspiraciones de la economía doméstica: hay nombramientos garantizados para el esposo, plazas para la hija recién graduada, asignaciones para el nieto y hasta cupos burocráticos para el yerno o la nuera. En la matemática del pragmatismo electoral no existen criterios de mérito ni restricciones presupuestales; lo único imperativo es la multiplicación exponencial de los sufragios en los puestos de votación.
Resulta conmovedor presenciar el florecimiento estacional de las sedes de campaña. Esos inmuebles adornados con pasacalles y luces brillantes reabren sus puertas bajo la solemne promesa de permanecer abiertas de manera permanente, como prueba irrefutable de que el “pueblo” siempre tendrá un espacio de escucha en el poder local. Son las mismas promesas que hace tres años juraban que el despacho de la alcaldía mantendría una política de puertas abiertas. Sin embargo, la memoria ciudadana tiende a omitir cómo, tras los primeros meses de mandato, aquellas puertas institucionales no solo se cerraron, sino que se aseguraron con doble llave bajo la premisa soterrada de que la insistencia comunitaria no era más que una molestia impertinente de “pedigüeños”.
II. La pedagogía del sándwich, el discurso de la pureza y la escenografía del cambio
No obstante la evidencia del desencanto, la dramaturgia política sabe que al electorado le basta muy poco para renovar su profesión de fe. Un salón comunal caluroso, un vaso de jugo tibio y un sándwich envuelto en servilleta resultan suficientes para articular la asamblea y disponer el ánimo de la multitud. Allí, la audiencia se dispone a escuchar el carretazo retórico del aspirante de turno: esa figura ambigua que se promociona como lo “nuevo”, que asegura no haber estado jamás en las dinámicas de la política tradicional pero que, paradójicamente, anhela regresar a los pasillos del poder con el fervor de un vetusto cacique.
El guion de este Mesías de campaña es tan uniforme como predecible. Afirma con vehemencia que su candidatura no responde al apetito de contratos, a la búsqueda de rentas ni a la codicia del erario, sino a un deseo altruista de servir a una “familia necesitada”, omitiendo precisar que la única familia cuya prosperidad está en juego es la suya propia. Se proclama con altisonancia como un líder procedente “del pueblo, para el pueblo y por el pueblo”, fingiendo ignorar que en la contienda previa el candidato del sector contiguo utilizaba exactamente la misma fórmula retórica antes de defraudar a sus electores.
Dentro de esta puesta en escena, el discurso de la pureza moral constituye el pilar fundamental. La corrupción, el nepotismo y el despilfarro son siempre faltas imputables a los de la acera del frente: a los del movimiento rival, a los del otro color partidista, a la administración saliente. Los de la candidatura actual, en cambio, se presentan como castos e inmaculados; jamás han incurrido en incorrección alguna, ni en esta vida ni en las anteriores. Se declaran víctimas del sistema, argumentan que sus campañas se financian “con las uñas” y que sus deudas personales son el testimonio del sacrificio que hacen por la causa pública.
En este relato de inocencia, los dineros oscuros son una quimera inexistente. Si eventualmente se observa a muchachos de aspecto adusto acompañando la comitiva en camionetas oscuras o custodiando los mítines, el candidato ofrecerá una explicación tan rápida como inverosímil: se trata simplemente de “colaboradores” desinteresados que ciertas oficinas locales han tenido la gentileza de enviar para brindar apoyo logístico. Y en medio de esa logística providencial, si la comunidad manifiesta que para el evento se requieren láminas de zinc, sacos de cemento o ladrillos, las soluciones aparecen con una celeridad pasmosa. El dinamismo resolutivo de la campaña contrasta abiertamente con la parálisis administrativa del Estado, siempre y cuando esas cargas de material se traduzcan en el compromiso irrestricto de planillas llenas de votos.
III. La lobotomía cívica y la ilusión de la rifa burocrática
Lo verdaderamente deslumbrante de este fenómeno sociológico no radica en el cinismo de la clase política, sino en la complacencia con la que la ciudadanía se somete a una suerte de lobotomía autorrealizada. Ciclo tras ciclo, el electorado parece extirpar voluntariamente el lóbulo de la memoria reciente para sumergirse de nuevo en la credulidad. Se acepta el pacto tácito del engaño consciente: se aplaude la promesa que objetivamente se sabe irrealizable y se celebra al candidato cuya trayectoria previa es el catálogo de sus propios incumplimientos.
Este comportamiento colectivo se nutre de una lógica arraigada en la cultura popular: la mentalidad del azar aplicada al ejercicio de los derechos políticos. El ciudadano promedio vive bajo la expectativa permanente de que su lealtad electoral o su esfuerzo proselitista finalmente den fruto; abriga la esperanza de que, de tanto ayudar, en algún momento logrará “pegarle al palito”. La contienda política deja de ser un espacio de deliberación sobre lo público para convertirse en una rifa de oportunidades individuales: la ilusión de obtener un contrato de prestación de servicios en la alcaldía de turno, la expectativa de que el concejal atienda la solicitud de un favor personal, o la fe en que el candidato a la asamblea o a la gobernación recuerde el nombre de quienes repartieron sus volantes bajo el sol y les otorgue un renglón en la nómina pública.
Bienvenidos sean, entonces, los Lázaros de la contienda electoral, los resucitados de la política local y los aventureros que se lanzan al ruedo de la demagogia. La rueda ha vuelto a girar sobre sus viejos rieles, reeditando el espectáculo donde las necesidades estructurales de una comunidad se permutan por promesas vanas y prebendas inmediatas. Mientras la participación democrática continúe reducida a un intercambio clientelar y a un acto de fe ciega, la política seguirá siendo ese milagro perverso donde los únicos que resucitan y prosperan son aquellos que viven de la ilusión de los demás.














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