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Hay fechas que se recuerdan por los discursos. Otras, por las decisiones que cambian el rumbo de un país. Este 20 de julio quedará en la memoria por una razón distinta: los antioqueños celebramos la independencia de Colombia en una obra que simboliza la capacidad de construir futuro.
La nueva vía al mar, Gonzalo Mejía Trujillo y el túnel más largo de América, 9,7 km, sirvieron como escenario para recibir al presidente electo de los colombianos, Abelardo De La Espriella, al gobernador Andrés Julián y al alcalde de Medellín Federico Gutiérrez, en un evento que fue mucho más allá de un acto protocolario. Lo que allí vivimos fue un mensaje poderoso que nos unió alrededor de una obra que representa progreso, desarrollo y oportunidades.
Ya lo he dicho en varias oportunidades: las vías no son simplemente vías. Son una expresión de la presencia del Estado y una buena demostración de que el desarrollo no ocurre por casualidad. Ocurre cuando existe una visión de largo plazo y decisión de convertirla en realidad.
Durante un siglo se ha hablado de conectar Antioquia con el mar y hoy esa conversación cambió. La nueva vía al mar es una realidad que avanza a toda máquina y que, con la ayuda del nuevo mandatario de los colombianos, quien ha demostrado su amor por Antioquia, pondremos en funcionamiento en 2027 transformando la manera en que el Departamento se relaciona con Colombia y con el mundo.
Cada kilómetro construido significa menores costos logísticos para las empresas, mayor competitividad para nuestros productores, nuevas oportunidades para los agricultores, mejores condiciones para la industria y una puerta mucho más amplia para el comercio nacional e internacional.
La conexión eficiente entre el centro del país y el Caribe fortalece la capacidad exportadora, impulsa el turismo, dinamiza las cadenas productivas y mejora la calidad de vida de miles de familias que durante décadas estuvieron aisladas de las grandes oportunidades.
Por eso tuvo tanto significado que el Presidente electo estuviera allí, recorriendo una obra que representa mucho más que concreto, puentes y túneles. Representa una idea de país: uno que entiende que el desarrollo comienza cuando las regiones pueden conectarse entre sí y con los mercados del mundo.
Los grandes proyectos tienen la virtud de trascender los gobiernos y de pertenecer a los ciudadanos. Son el resultado del trabajo de muchas personas, de decisiones difíciles y de la convicción de que hay obras que no admiten más aplazamientos.
Quienes hemos tenido la oportunidad de participar en la ejecución de proyectos de esta magnitud sabemos que detrás de cada avance hay miles de horas de planeación, coordinación y trabajo conjunto entre entidades públicas, concesionarios, ingenieros, obreros y comunidades. Las obras importantes no son fruto de la improvisación. Son el resultado de la disciplina, la persistencia y la capacidad de hacer que las cosas pasen.
Esa es, quizá, la mayor lección que deja este 20 de julio. La independencia no solo se honra recordando nuestra historia. También se honra construyendo las condiciones para que Colombia sea un país más competitivo, más conectado y con mayores oportunidades para todos.
Porque el verdadero desarrollo no llega con los anuncios. Llega cuando las obras se terminan, cuando las regiones se integran y cuando las decisiones correctas empiezan a transformar la vida de millones de personas.













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