La peligrosa comodidad de decir “debería haber una ley”

Hay frases que, de tanto repetirse, dejan de cuestionarse. “Debería haber una ley” es una de ellas. Aparece en conversaciones cotidianas, en debates públicos y, cada vez más, en redes sociales. Basta con que algo incomode, moleste o parezca injusto para que alguien proponga, casi automáticamente, regularlo.

A primera vista, suena razonable. Después de todo, las leyes existen para ordenar la convivencia. Pero esa intuición es más peligrosa de lo que sugiere. Decir “debería haber una ley” no se limita a expresar una opinión: conlleva el uso de la fuerza, aunque sea indirecta, como mecanismo para abordar ese problema.

Y ahí es donde conviene detenerse.

No todo problema social requiere una solución legal. De hecho, muchos de los conflictos cotidianos que enfrentamos han sido históricamente gestionados a través de convenciones sociales, acuerdos voluntarios, reputación o simples decisiones individuales. Convertir cada incomodidad en una cuestión jurídica, lejos de sobrecargar el sistema legal, desplaza responsabilidades que pertenecen a la esfera personal o social.

Además, se perpetúa una ilusión: creer que legislar equivale a subsanar. La realidad es mucho más compleja. Las leyes no operan en el vacío: interactúan con incentivos, comportamientos y contextos que no siempre pueden controlarse. Por eso, con frecuencia, terminan generando efectos no previstos: mercados informales, evasión, distorsiones económicas o incluso nuevas injusticias.

La historia está llena de ejemplos en los que la regulación bien intencionada derivó en resultados contraproducentes. Sin embargo, la reacción instintiva sigue siendo la misma: ante el problema, más ley. Como si la norma, por el simple hecho de su existencia, tuviera la capacidad de transformar la realidad sin costos ni consecuencias.

Aun así, legislar no es gratis. Cada ley implica restricciones, burocracia y, en última instancia, sanción. Es decir, implica poder. Y cuando ese poder se expande sin una reflexión crítica, lo que se erosiona no es solo la eficiencia de las soluciones, sino también el espacio de libertad individual.

Esto no significa que las leyes no sean necesarias. Lo son. Una sociedad libre exige un marco jurídico claro que proteja derechos fundamentales y garantice el cumplimiento de reglas básicas. El problema surge al perderse la distinción entre lo que debe regularse y lo que puede (y debería) resolverse sin coerción.

El verdadero cambio quizá no esté en dejar de legislar por completo, y pase por aprender a hacer una pausa antes de pedir una nueva ley. En preguntarnos si realmente es necesaria, si funcionará en la práctica y si existen alternativas menos invasivas.

Porque, al final, la cuestión no es cuántas leyes podemos crear: es cuánta libertad estamos dispuestos a sacrificar cada vez que, casi sin darnos cuenta, decimos “debería haber una ley”.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Ailyn Amell

Abogada y activista libertaria colombiana, apasionada por la libertad en todas sus manifestaciones. Es magíster en Derechos Humanos, Derecho Internacional Humanitario y Transformaciones Sociales para la Paz por la Universidad Libre, y actualmente cursa el máster universitario en Democracia y Buen Gobierno en la Universidad de Salamanca (España). Desde temprana edad, ha destacado por su capacidad para cuestionar las estructuras del poder y proponer alternativas fundamentadas en la autonomía individual, el respeto a los derechos humanos y la limitación del Estado. Es Staff Writer de El Insubordinado.

Se desempeña como Coordinadora Senior en SFL Europe (Students for Liberty España) y como Líder de Capítulo en LOLA Salamanca (Ladies of Liberty Alliance), desde donde impulsa proyectos orientados a promover el pensamiento crítico, la libertad económica y la defensa de los derechos fundamentales. Es miembro de Mujeres Exitosas Latam, una red que visibiliza a mujeres líderes en América Latina y organiza espacios académicos que desafían los dogmas ideológicos.

Además, es creadora de «Libertas», un podcast en el que explora la libertad como práctica cotidiana y como principio político. En cada episodio conversa con figuras destacadas del ámbito intelectual y público, invitando a reflexionar sobre decisiones personales y grandes debates que inspiran a vivir la libertad como un estilo de vida.

Su compromiso social se proyecta también en iniciativas vinculadas al emprendimiento y la creación de valor, convencida de que la educación y la acción emprendedora son herramientas clave para la emancipación individual. Aylin no es solo una voz en el debate de las ideas, sino una líder en acción, comprometida con la construcción de una sociedad más libre, justa y próspera.

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