La humanidad y las preguntas de los niños

Gael, de ocho años, que ya sabe leer, ayer, y es importante este “ayer”, le preguntó a su papá: “A dónde van los días que pasan…”

Los padres de él, y de sus hermanos, están acostumbrados a que sus mucharejos los sorprendan con sus genialidades, en palabras y gestos, en performances. Se quedaron cavilando si esta pregunta era propia y original de Gael, o de dónde provenía. Al fin la madre recordó que tenían un libro, de Óscar Domínguez Giraldo, con ese mismo título: “¿Adónde van los días que pasan?”

Oh, maravilla, este libro es una recopilación de frases de otros infantes, transcritas. Y su hijo lo había leído, y ahora retenía la pregunta, se la apropiaba y la enunciaba. Bueno, esto es nada más y nada menos que el paso de la oralidad primaria, a la secundaria, según lo explica Walter Ong.  Esto es, dejar de hablar sólo sobre lo escuchado y hablado, y llegar a leer y expresarse sobre lo que antes fue leído. Transitar del signo sonoro, al signo visual, las transducciones, los juegos del lenguaje de Wittgenstein. Descifrar palabras, leerlas en silencio, en caracteres impresos, con conciencia del lenguaje binario, era la Historia de la lectura, de Alberto Manguel, y es la de Gael, convertida en anécdota doméstica.

Ahora muchos niños están “mediatizados” por las pantallas, atrapados en la oralidad y la iconicidad de los vídeos. En cambio, estos recorren el camino completo de la historia de la cultura de la literalidad. Y seguramente se verán atraídos por las luces de internet, pero este encuentro con los libros incidirá en su cognición. De esto han escrito muchos expertos, como Carlos Javier González y Gregorio Luri. Pero, esperemos a ver con qué salen Gael, Caetano y Pascual, al final.

Otro niño como él, como Gael, de quien no quedó grabado el nombre, preguntaría por la sucesión de los días, con oraciones gramaticales, con metáforas, hace milenios y entonces después de un “ayer”, después de muchos otros ayeres inmersos en la naturaleza, amanecerían en la historia. Esto pudo suceder en Altamira, o en el Chiribiquete, qué se yo, como señalan los argentinos. Tuvo que ser un chiquillo, un niño, una niña… Como otro muchacho de doce años, que se quedó hablando con los doctores de la ley y los confundió y les causó admiración, mientras sus progenitores pensaban que él estaba perdido… A los grandes eso no se les ocurre. O tal vez, después de que el hijo del fulano salga con estos descubrimientos, a uno le dé la pensadera y piense: de dónde vendrán los días que llegan.

De dónde llegan y a dónde van los días, o si éstos se encontrarán en una curva del tiempo y del espacio.  O si reverberarán en las sinapsis de Greg Dunn o de Ramón y Cajal, o en un chisporroteo de partículas subatómicas de la conciencia.

Entonces, así sucede, en un velorio de esos que hubo y hay y habrá, de tantos menores de edad que no aguantan esta vida tan dura, que sufren y después no resisten una enfermedad, que uno no quiere ni pensar; inhumaciones de “criaturas” muertas de hambre y de frío y destrozadas por las guerras y por todas las crueldades, una madre desgarrada habría entonado: ya se va para los cielos este querido angelito… Y le harían un entierro, un ceremonial y le pondrían guirnaldas de flores.  Desde ese día y hora éste sería ya no sólo un ser vivo, otro animalito, sino un niño histórico. Y entonces comenzarían las liturgias y la religión. Y por eso las negras del Pacífico habrán envuelto el dolor en arrullos y alabados. Y Sebastiao Salgado los habrá visto como si fuera la primera vez que se moría alguien en la tierra…

No se sabe cuándo fue el antes o el después de todo esto que contamos, de qué tiempo hablamos, o si es un movimiento pendular o circular, o sucede una emergencia de la cultura, y llega el momento en que un pueblo entero empieza a repetir y a enseñarle a los que sobreviven una letanía que reza así:

Todas las cosas tienen su tiempo, todo lo que está debajo del sol tiene su hora”. (Eclesiastés 3:1-22).

Cómo harán, cómo resistirán, cuando creemos que se nos cierra el mundo. Nos responde José Agustín Goytisolo: “Nunca te entregues, ni te apartes, junto al camino, nunca digas no puedo más y aquí me quedo”.

Y como primero se muere la muerte que acabarse la esperanza, estos empecinados volverán a enamorarse, a tener hijos, a reunirse y a invitar, y en una noche volverán a hacer fiestas y a cantar: el año que viene vuelvo si Dios me tiene con vida.

Así las cosas, y pasados “los días que uno tras otro son la vida”, de Aurelio Arturo y al observar que uno no se puede bañar dos veces en el mismo río, también habrá otro día para inaugurar la filosofía.

A propósito, en esta casa comienzan a filosofar desde temprano. Habían viajado en avión a Cartagena. La mamá les anunció que, de pronto, volverían en el futuro, porque habían pasado felices. Con una pregunta propia y original, que literalmente apuntaron, Caetano, de cuatro años les expresó: “¿Será que podemos ir al pasado caminando?”

Dejamos nosotros y ellos dejarán de ser niños y confiamos en que Gael y sus hermanos Caetano y Pascual, crezcan como unos árboles y extiendan sus brazos y den frutos. Tal vez olvidarán sus preguntas de la infancia, o se desencantarán cuando no les den las respuestas. O aprenderán al chocarse contra las piedras y los muros y sus padres tendrán que dejarlos equivocarse y decidir y crecer y ser ellos.

Juan Sebastián Bach, padre de muchos hijos, compuso el canon del cangrejo, que es una especie de palíndromo musical. Una metáfora que se materializa en una cinta de Moebius (o banda de Möbius). Un pentagrama que va y se devuelve, tendrán que verlo para saber de qué se trata. Juega con el tiempo y con la música, como si en esta cinta pudiéramos recorrer y contemplar los días que llegan y los días que pasan.

Pero esto nos queda grande, es muy difícil de comprender y de imaginar. Por eso nos llega más el Galerón llanero y nos lo aprendemos como si fuera una ronda infantil, aguas que lloviendo vienen, aguas que lloviendo van.

Entre “las intermitencias de la muerte”, la permanencia, la resistencia y la obsolescencia. Hay vidas que duran días y otras que se truncan, o se desperdician; y otras que se eternizan y agotan a los cuidadores. “Que Dios no nos mande junto, lo que apenas podemos resistir en veces” escribía Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada.

Para nuestra perplejidad, Susan Sontag escribe: “El tiempo existe para que no todo ocurra al mismo tiempo, y el espacio para que no todo te ocurra a ti”.

Cosas de niños decimos y pensamos que ellos son simples, ingenuos y que no se van a quedar así. Jesús nos sale adelante y afirma: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo escondido estas cosas de los sabios e instruidos, se las has revelado a los que son como niños».

Cuando uno no tiene la lucidez de los “inocentes”, se tiene que valer de recuerdos, de canciones y de citas. También, puede ser que, al empezar a escribir, al pasar de la voz a las letras opuestas, digitales y mudas, se pierda algo de la inocencia. Escribir nos cambia la visión del mundo, porque como el palíndromo de Bach, es un espejo donde se mira otro espejo. Los espejos de siempre y los de Borges nos interpelan.

Y Gael dice lo que dice, pero cuando él descifra, o anota, recuerda y enuncia: dónde van los días que pasan, la reflexión es otra. La oralidad se transmuta en literalidad. Esto es literatura y linda con la poesía.

A dónde irán a llegar este trío de hermanos. Cómo se repartirán por los caminos, qué bifurcaciones encontrarán y con quiénes conversarán y a quiénes leerán. A propósito, y como si fuera una respetuosa sugerencia de lo que su mamá y su papá les pueden orientar a sus hijos, Costa Gavras titula sus memorias: Ve adonde sea imposible llegar.

Entre tanto, con otras viejas cansadas y sabias, escuchemos la voz dulce de Zully Moreno, a orillas del Atrato: bonito que es subir a una canoa y recostarse en ella y dejarse ir… siguiendo la corriente y dejarse ir. Ver el alegre adiós de la gente en la orilla y dejarse ir y ver cómo se achican las cosas que se alejan y dejarse ir.

Gael lee y habla sobre sobre lo leído. Caetano va en la oralidad primaria, a su aire. Y a Pascual ya le tocará su puesta en escena. Estos niños, mientras juegan con los perros y gozan con todo, dan brincos por la historia de la humanidad, celebran sus días y la vida toda; ven amasar el pan en un horno como una liturgia; y antes de acostarse, se acercan a la chimenea y a la poesía.

Narra el Papá: Estábamos en la noche, a través de la ventana se empezó a ver la luna despuntar, todos nos quedamos mirando estupefactos y profiere Gael:

“Mamá no miremos tanto la luna, que se pone tímida

y se esconde otra vez detrás de la montaña.

y entonces llega el día”.

Andrés Darío Calle Noreña

De Santa Rosa de Osos, Antioquia. Coleccionista de palabras y etimologías. Antiguo profesor titular de la Universidad de Manizales. En materias esdrújulas: ética, estética, semiótica, lingüística, política. Estudios de Comunicación, Filosofía y Antropología. Sembrador de árboles. Lector disperso, con algunas publicaciones: "Aire y agua, palabras que no pesan", "Palabras de pan duro". Escucha y aprendiz de contemplación. Hace parte de la empresa cultural Ratiodeka, de Madrid. Ciudadano en ejercicio.

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