La enfermedad del poder

En Colombia estamos entrando en ese instante decisivo en el que un gobierno concluye el 6 de agosto y otro asume el 7, un relevo que expone con crudeza cómo el poder transforma, muchas veces de manera inevitable, a quienes lo tocan. En ese cambio de gobierno emerge una verdad que incomoda a todos por igual: la enfermedad del poder no tiene color, ni tinte político, ni ideología; puede afectar a cualquiera que lo ejerza. Personas que antes eran cercanas, cálidas y disponibles, de pronto se vuelven inaccesibles. El celular deja de sonar para los mismos, los mensajes quedan en visto, las visitas se vuelven incómodas y la familia pasa a segundo plano. Es como si el poder trajera consigo una fiebre silenciosa que distorsiona prioridades y hace olvidar quiénes estuvieron ahí antes de los honores, antes de los saludos protocolarios, antes de los aplausos prestados.

El poder es circunstancial. Nadie se queda con él para siempre. Llega, se disfruta, se ejerce… y se va. Pero mientras dura, muchos creen que es eterno. Se transforman. Se alejan. Se rodean de personas que no estarán cuando el cargo termine, pero que mientras tanto alimentan el ego, celebran cada decisión y hacen sentir indispensable a quien, en realidad, solo ocupa un puesto temporal. Y en esa ilusión de grandeza, algunos olvidan lo esencial: la vida sigue su curso normal después del poder.

Cuando el cargo se acaba, el mundo vuelve a su tamaño real. Los saludos se reducen, las puertas se cierran, los favores se evaporan. Y entonces aparece la verdad más dura: quienes te rodeaban por conveniencia desaparecen sin despedirse. Los que te aplaudían ya no te reconocen. Los que te buscaban ya no te necesitan. Y ahí, en ese silencio, solo queda la familia… o, en el peor de los casos, nadie. Porque si el poder te cambió al punto de herir a quienes te querían, la soledad será el precio inevitable.

Los cargos no definen a nadie. No dicen quién eres, solo dicen qué función cumples por un tiempo. El ser, es decir, tu esencia, tu carácter y tu humanidad, valen infinitamente más que el saber o el saber hacer. El poder debería ayudarte a ser mejor persona, no a mostrar una versión distorsionada de ti mismo. Debería darte la oportunidad de servir, no de alejarte. Debería acercarte a quienes te quieren, no convertirte en alguien irreconocible. Pero la enfermedad del poder es traicionera. Hace creer que el cargo es mérito propio, que la silla es un pedestal, que la firma es un privilegio personal. Y no. El poder es un préstamo. Un encargo. Una responsabilidad que se ejerce por un tiempo y que debe dejarte más humilde, no más arrogante; más agradecido, no más distante; más consciente, no más altivo.

Quien olvida esto corre un riesgo enorme: el de quedarse solo cuando el poder termine. Porque siempre termina. Y cuando eso pase, lo único que quedará será la forma en que trataste a los demás. Si fuiste generoso, te recordarán con cariño. Si fuiste arrogante, te recordarán con distancia. Si ayudaste, te buscarán. Si humillaste, te evitarán. Si fuiste humano, te acompañarán. Si te “enfermaste”, te quedarás solo.

Agradece el cargo que tienes. Aprovecha el poder para servir, no para alejarte. Ayuda a quien puedas, escucha a quienes te quieren y mantén los pies en la tierra. Porque cuando el poder llegue a su final, y sí, siempre llega, lo único que permanecerá será tu nombre, tu familia y tu conciencia. Y ojalá, para ese momento, no sea demasiado tarde para recuperar lo que perdiste mientras estabas ocupado creyendo que el poder era tuyo y no un encargo temporal.

Neiger Zapateiro

Hijo del Caribe colombiano.
Economista, Administrador Público, Especialista en Finanzas y Magister en Dirección en la Gestión Pública.

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