En 2004, cuando el Gobierno Nacional aprobó el documento Conpes 3307 de 2004 que le dio vida al Metroplús, muchos de los que conocimos esta maravillosa noticia para mejorar la movilidad en Itagüí, estábamos muy jóvenes, hoy a 21 años y diez meses después, esos mismos itagüiseños tenemos hijos adolescentes y algunos hasta con hijos y todavía no ha subido un bus articulado del sistema que nos prometieron. Ese es el verdadero balance del Metroplús en Itagüí: no es una obra, es una espera que deja en evidencia el mal gobierno de 6 alcaldías que han tenido bajo su responsabilidad la ejecución de la obra.
Desde 2009 nos vienen diciendo que el sistema estaría rodando “en menos de dos años”. Han pasado dieciséis años desde esa promesa y la respuesta sigue siendo la misma: pronto, el próximo semestre, el próximo alcalde. Y no es solo la espera. Es la plata. El tramo 4A Fase 1B, ese que corre junto a la quebrada Doña María, se contrató en 2021 por cerca de 39.000 millones de pesos y terminó costando casi 72.000 millones. Eso no es un ajuste menor: es un sobrecosto de más de 30.000 millones de pesos en una sola fase de la obra, justificado con “obras extra”, “ajustes de diseño” y “afectaciones climáticas” que Metroplús reconoce por escrito, pero que nunca se explicaron a tiempo ni con el detalle que merece la ciudadanía. Antes de esa fase, un contratista —Guinovart— abandonó la obra con el 90 % de avance y terminó demandando a la propia Metroplús por 17.000 millones de pesos. Años de litigios, de obra a medias, de maquinaria parada mientras los abogados discutían.
La prensa ya empezó a llamar las cosas por su nombre. Se ha hablado de “elefantes blancos” para describir obras del sistema Metroplús que quedaron construidas pero nunca operaron. Yo no quiero que ese término termine describiendo también a Itagüí. Porque hoy, en 2026, la infraestructura vial está lista hasta el almacen Metro, pero no hay una sola estación terminada, no hay un solo bus circulando, no hay una sola tarifa cobrada. Nos venden como triunfo la “operación temprana”, que no es otra cosa que la promesa número quince de que esta vez sí.
Itagüí necesita transporte masivo. Lo necesita, y lo necesita ya. Vengo a decir que 21 años y diez meses, 6 alcaldías, cientos de miles de millones de pesos y una demanda de por medio son razones más que suficientes para exigir cuentas claras: ¿quién autorizó cada sobrecosto?, ¿por qué nunca hubo consecuencias por el abandono de Guinovart?, ¿cuándo, con nombre y fecha exacta, va a rodar el primer bus con pasajeros pagando su pasaje en Itagüí?
Mientras no tengamos esas respuestas, seguiremos pagando —literalmente— por una promesa. Y las promesas, cuando llevan más de dos décadas sin cumplirse, dejan de ser promesas: se llaman engaños.













Comentar