La derecha después de Uribe

Cada vez que alguien habla del futuro de la derecha colombiana, la conversación termina en el mismo lugar: Álvaro Uribe Vélez. Es inevitable. Ningún otro dirigente ha logrado marcar la política colombiana durante tanto tiempo. Por eso, pensar que Uribe simplemente desaparecerá del escenario político es desconocer la naturaleza del liderazgo. Los grandes líderes dejan de ocupar cargos, pero nunca dejan de influir.

Lo que sí me parece equivocado es afirmar que Uribe representa la extrema derecha. Esa es una etiqueta cómoda para algunos sectores, pero insuficiente para explicar su trayectoria. Gobernó con decisiones propias de la derecha en temas como la seguridad, pero también impulsó políticas sociales que difícilmente encajan en una visión puramente ideológica. Su legado no cabe en un eslogan.

Sin embargo, el error más grande sería creer que alguien heredará su lugar. Ni el gobernador Andrés Julián Rendón, ni el alcalde Federico Gutiérrez, ni el presidente electo Abelardo de la Espriella serán “el nuevo Uribe”. No porque les falte capacidad, sino porque la política cambió.

Las nuevas generaciones ya no siguen líderes de manera automática. Hoy exigen resultados, autenticidad y coherencia. La era de los caudillos empieza a ceder espacio a una política donde cada dirigente tendrá que construir su propia legitimidad.

La derecha colombiana no está buscando un reemplazo. Está viviendo una transformación.

Mientras algunos siguen empeñados en encontrar al sucesor de Uribe, el verdadero fenómeno ocurre en otro lugar: están apareciendo nuevos liderazgos regionales, dirigentes con discursos distintos, ciudadanos que entienden la política desde las soluciones y no desde los apellidos.

Eso, lejos de ser una debilidad, puede convertirse en la mayor fortaleza de un sector que durante años giró alrededor de una sola figura.

La política seguirá necesitando referentes, pero esos referentes ya no serán intocables. Tendrán que ganarse todos los días la confianza de los ciudadanos.

Y eso es una buena noticia.

Porque la democracia madura cuando el poder deja de depender de una persona y empieza a descansar sobre las ideas.

También creo que los ciudadanos están cambiando. Poco a poco se está agotando la política de los favores, de los contratos, de la burocracia y de la compra de conciencias. Aún existe, por supuesto, pero cada vez encuentra una sociedad más crítica.

Por eso no admiro al político que gana una elección porque reparte cargos, promete contratos o mueve una maquinaria gigantesca. Ese triunfo demuestra poder, pero no necesariamente liderazgo.

Admiro mucho más a quien logra convencer con argumentos, con trabajo y con resultados. A quien obtiene el respaldo de la gente sin deberle el cargo a nadie. Ese sí representa la esencia de la democracia.

Tal vez el futuro de la derecha colombiana no consista en encontrar otro Uribe. Tal vez consista, precisamente, en dejar de buscarlo.

Porque cuando una democracia depende de un solo nombre, es frágil. Pero cuando es capaz de producir nuevos liderazgos, distintas ideas y mejores debates, entonces demuestra que está viva.

Y esa, creo yo, es la verdadera discusión que Colombia debería estar dando.

Puesto que los liderazgos son pasajeros; los principios son permanentes. La nueva derecha no necesita un heredero de Uribe. Necesita una generación capaz de defender sus ideas con independencia, carácter y resultados.

Ariana Mira

Soy Ariana Mira, abogada, magíster en Derecho, especialista en Derecho Administrativo y en Derecho de Familia, Infancia y Adolescencia.

Soy socia fundadora y líder jurídica de VML Abogados, desde donde trabajo por la defensa de los derechos y la construcción de soluciones legales con impacto real.

Además, soy activista política y una firme creyente en la posibilidad de construir un mejor país, a través del liderazgo, la justicia y el compromiso ciudadano.

1 Comment

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  • excelente articulo abogada Ariana, hay que pensar en el futuro de la política colombiana ya que debe evolucionar; dejar atrás la dependencia de los “caudillos” y herederos para dar paso a una democracia cimentada en ideas, argumentos y resultados tangibles.