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Cuando en Latinoamérica escuchamos la palabra “fascismo” suelen ocurrir dos cosas. Quien la utiliza para calificar a un adversario muchas veces desconoce los elementos que realmente definen esta categoría política. Y quien recibe esa acusación suele conocer todavía menos su significado, porque también ignora esos mismos elementos. La explicación es sencilla: cuando pensamos en el fascismo, nuestro cerebro lo asocia casi de inmediato con imágenes en blanco y negro, botas militares, fusiles, desfiles de soldados o personajes con bigote. Es decir, con una realidad histórica que sentimos lejana a nuestra propia experiencia latinoamericana.
Para comprender qué es el fascismo desde una perspectiva más amplia, Umberto Eco escribió un breve ensayo titulado “Fascismo eterno”. Allí plantea catorce características que permiten identificar este fenómeno. Entre las más relevantes están el culto a la tradición, el rechazo a la modernidad, el miedo a la diferencia, el machismo, la exaltación de la violencia y el populismo cualitativo. Este último consiste en asumir que existe una supuesta “voluntad del pueblo” que está por encima de los individuos y de sus libertades. Es precisamente allí donde los regímenes de derecha con tendencias fascistas entran en tensión con las democracias liberales. Ahora bien, nos difícil identificar estas características en lideres políticos, grupos o gobiernos.
¿Por qué es importante reflexionar sobre esto hoy? Porque el mundo atraviesa un momento de creciente cuestionamiento a las democracias liberales. El rechazo al diferente, el aumento del discurso antiinmigración y el desprecio por el multiculturalismo avanzan con fuerza en distintos países. Todo ello ocurre de la mano de gobiernos que apelan a grupos nacionalistas para librar, desde las calles, una batalla cultural en nombre de la recuperación de los llamados “valores tradicionales”. Todo esto desde grupos de telegrama, Tiktok en 4k full Color.
Algunos ejemplos ilustran este fenómeno.
Rusia. Cuando Vladimir Putin inició la invasión a Ucrania no solo puso en marcha una escalada militar, sino también una ofensiva cultural dentro de Rusia. Bajo consignas como “retomar los valores tradicionales” o “proteger a la juventud de nuevas tendencias”, distintos grupos nacionalistas encontraron respaldo en la connivencia del Estado y de la Iglesia Ortodoxa para promover discursos de odio dirigidos contra inmigrantes, minorías e incluso ciudadanos provenientes de antiguas repúblicas soviéticas. Uno de los casos más visibles es RUSSKAYA OBSHINA (Comunidad Rusa), un grupo de extrema derecha que patrulla las calles y actúa contra inmigrantes, personas LGBTIQ+ y otras minorías. Actualmente cuenta con cerca de 150 sedes distribuidas en Rusia y en territorios ocupados.
España. En este país también han cobrado fuerza sectores que reivindican valores asociados al pasado falangista. Bajo consignas como “Sangre, suelo y tradición”, organizaciones como NÚCLEO NACIONAL han venido ganando simpatizantes que defienden la familia tradicional, rechazan la inmigración y promueven un nacionalismo español excluyente.
¿Hacia dónde nos conduce este panorama? Aunque cada país tiene dinámicas propias, muchas de estas expresiones comparten una agenda común que algunos han denominado la “Internacional Reaccionaria”. Sus principales banderas se resumen en la consigna “Dios, Patria y Familia”, desde la cual se oponen a las corrientes progresistas y a los avances alcanzados en materia de derechos de las minorías, protección del medio ambiente, lucha contra la pobreza y reconocimiento de la diversidad en sociedades cada vez más plurales.
Este contexto internacional ha despertado preocupación entre diversos sectores políticos, líderes sociales y activistas en América Latina por el crecimiento de estas agendas. En Colombia, la llegada de un gobierno de ultraderecha ha generado inquietudes incluso antes de su posesión, pues ya se ha anunciado decisiones que muchos consideran contrarias a la ampliación de derechos: Creación de bloques para la Defensa Urbana, que está en la misma sintonía de lo antes mencionado con los grupos nacionalistas violentos en Rusia y España. El nombramiento de Viviane Morales al frente del Ministerio de Educación, por ejemplo, ha sido interpretado por algunos sectores no como un avance, sino como un retroceso para el Estado laico, al considerar que desde esa cartera podría impulsarse una agenda educativa fuertemente influenciada por convicciones religiosas evangélicas y una determinada visión de la sociedad.
Nuestra tarea será mostrar que las libertades individuales no desaparecen de un día para otro, frente a estas, comienza siempre una escalada cultural, en la que se erosionan las libertades, al punto de hacernos creer, que, por la patria, la familia, los valores y la tradición, es necesario renunciar a estas libertades para recuperar el orden y la seguridad de una nación.
Y paso seguido, será evitar que gobiernos dictatoriales supriman derechos conquistados por las ciudadanías. Defender la democracia, es defender los derechos de todos.













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