El verdadero triunfo que nos dejó el Mundial

Cuando Raúl Jiménez anotó el gol, millones de mexicanos saltamos del asiento al mismo tiempo. En ese instante, nadie preguntó por quién había votado el de al lado. No importó si era empresario o albañil, si vivía en Monterrey o en Chiapas, si era moreno o blanco, si era de izquierda o de derecha. Durante unos segundos, solo fuimos mexicanos. Y quizá esa sea la mayor enseñanza que nos dejó este Mundial.

Sí, México fue eliminado. Toda derrota deportiva duele. Nos quedamos con la ilusión de seguir avanzando, de volver a vivir otra noche mágica. Sin embargo, mientras el marcador terminaba con ese sueño, ocurrió algo mucho más importante: a lo largo de unas semanas, recordamos que este país puede unirse.

¡Hacía mucho tiempo que no nos veíamos así!

Las calles volvieron a llenarse de banderas. Familias enteras se reunieron frente a un televisor. Desconocidos se abrazaban después de un gol. En las plazas, en los restaurantes, en los aeropuertos y en los estadios se respiraba un sentimiento que parecía olvidado: el orgullo de pertenecer al mismo país.

¡Y eso no es poca cosa!

México ha vivido una profunda polarización política y social en los últimos siete años. Desde el poder se instaló un discurso que divide a los ciudadanos entre buenos y malos, entre quienes integran el “pueblo” y quienes son considerados “adversarios”, y entre quienes supuestamente merecen y quienes supuestamente encarnan los privilegios. Expresiones del tipo “fifí” o “aspiracionista”, empleadas de manera despectiva en la tribuna presidencial, fueron afianzando la idea de que querer superarse, emprender, invertir o prosperar era motivo de sospecha.

Una sociedad no progresa sembrando resentimientos; tampoco simplificando la realidad. Es tan absurdo decir que “el pobre es pobre porque quiere” como afirmar que existen pobres simplemente porque existen ricos. La prosperidad del país nunca dependerá de enfrentarnos a unos mexicanos contra otros: dependerá de crear oportunidades, de fortalecer las instituciones, de garantizar seguridad, justicia, educación y libertad para que cada persona pueda desarrollar su propio proyecto de vida.

El problema es que, si todos los días se alimenta la narrativa de que nuestro vecino es el enemigo, terminamos olvidando algo fundamental: antes que simpatizantes de un partido, somos compatriotas.

¡Por eso esta Selección Nacional emocionó tanto! No solamente por el fútbol, sino porque representó exactamente lo que México necesita: una generación joven, llena de ilusión y sin complejos.

Ahí estaba Gilberto Mora, con apenas 17 años, convirtiéndose en uno de los futbolistas más jóvenes en disputar un partido de eliminación directa en un Mundial. Ahí estaba Julián Quiñones, colombiano de nacimiento y mexicano por decisión, demostrando que la identidad se construye asimismo con compromiso, trabajo y amor por una nación. Y ahí estaba Raúl Jiménez, quien después de sufrir una fractura de cráneo en 2020 y enfrentar una recuperación que muchos pensaban imposible, volvió a vestir la camiseta nacional para recordarnos que la resiliencia igualmente se juega.

Ellos representan algo mucho más grande que un resultado. Representan esperanza. Representan esfuerzo. Representan la certeza de que el talento mexicano existe cuando se le da la oportunidad de florecer.

Sí, Inglaterra fue un rival superior. Tiene una tradición futbolística centenaria, estructuras deportivas consolidadas y una escuela que ha madurado por generaciones. México aún tiene camino por recorrer.

Las naciones también maduran. Maduran sus instituciones. Maduran sus democracias. Maduran sus ciudadanos. Y México no es ni será la excepción.

Hubo, por supuesto, episodios lamentables. Algunos aficionados intentaron incomodar a las selecciones visitantes en su concentración y otros protagonizaron actos de agresión que avergonzaron a muchos mexicanos. Esos comportamientos deben condenarse sin matices, pero tampoco pueden definirnos.

El México real es otro. Es el que recibe al extranjero con un plato de comida y una sonrisa. Es el que convierte a un visitante en amigo. Es el que hace suyo al que decide vivir aquí.

No es casualidad que millones de personas de todo el mundo elijan México para establecerse, formar una familia o comenzar una nueva vida. Nuestra hospitalidad no es una estrategia turística: es parte de nuestra identidad.

Aquí todavía creemos que donde comen cuatro, comen cinco. Aquí todavía encontramos espacio para uno más. Aquí todavía entendemos que la alegría se comparte. Y quizá por eso duele tanto que durante años nos hayan querido convencer de que debíamos desconfiar unos de otros.

México no son solo las noticias sobre violencia, corrupción o crimen organizado. Es, además, aquel que abre su negocio antes de que salga el sol. Es la madre que hace milagros para sacar adelante a sus hijos. Es el joven que estudia y trabaja al mismo tiempo. Es quien emprende, quien produce, quien innova, quien ayuda a su vecino cuando lo necesita y quien siempre encuentra un motivo para sonreír, incluso en los momentos más difíciles.

¡Ese es el México que pocas veces se cuenta! Y probablemente es el México más grande.

Ahora que el Mundial terminó para nosotros, no permitamos que también termine esa sensación de pertenecer al mismo equipo. Conservemos esa unidad. No para dejar de exigir. No. Todo lo contrario. Conservémosla para reclamar juntos una nación donde la seguridad deje de ser un privilegio, donde las familias de los miles de desaparecidos obtengan verdad y justicia, y donde el Estado vuelva a cumplir con su obligación más elemental: proteger la vida, la libertad y el patrimonio de todos los ciudadanos.

Porque un pueblo dividido difícilmente puede pedir cuentas al poder. Un pueblo unido, en cambio, puede redirigir el rumbo de su historia.

El mayor triunfo que nos dejó este Mundial no fue deportivo: fue recordarnos que aún somos capaces de abrazarnos, emocionarnos y soñar juntos. Y si somos capaces de unirnos por un balón, ¡claro que podemos unirnos para construir un México mejor!


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Majo Salinas

María José “Majo” Salinas es una mujer emprendedora y multifacética que ha destacado en diversos campos gracias a su gran capacidad de adaptación y a su incansable espíritu de lucha. Licenciada en Comunicación, Majo ha sabido combinar su pasión por la creatividad y la innovación con su convicción de difundir las ideas de la libertad. Especialista en marketing digital y asesora patrimonial, ha ayudado a numerosos emprendedores y empresas a crecer y prosperar en un entorno cada vez más competitivo, al tiempo que trabaja activamente en fortalecer el gremio de mujeres emprendedoras, impulsándolas a desarrollarse cada vez más y a elevar el nivel de todo lo que hacen. Es Founder Member de El Insubordinado y colaboradora activa de distintas organizaciones liberales-libertarias como Liberales Disidentes. Es líder de LOLA Guanajuato, donde ha resaltado por su compromiso y su talento para liderar e incentivar a los demás.

Pero sin duda, uno de sus mayores logros ha sido fundar y dirigir FEMINISMO ORIGINAL, un movimiento que busca recuperar la esencia del feminismo, alejándose de las corrientes más radicales y promoviendo la igualdad de oportunidades y el empoderamiento de las mujeres desde una perspectiva libre y responsable. Con su ejemplo de perseverancia, dedicación y pasión por lo que hace, Majo Salinas se ha convertido en un referente de lucha para todos aquellos que buscan hacer de su vida algo más que una mera rutina y defienden sus ideales con todas sus fuerzas.

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