El final de lo que parecía eterno

“Como se ve, el uribismo es una doctrina que se nutre del miedo, el caos, la incertidumbre y el dolor. Su estrategia ha sido la de cultivar los males tanto como sea posible para poder venderse como remedio, arrinconando a buena parte de la opinión que se ve casi obligada a elegirlos bajo el prurito de quien prefiere quemar su propia casa antes que dejar prosperar en ella las ratas, el comején y cualquier otra alimaña.”


La implosión del Centro Democrático y del uribismo en general era previsible. Sus tropelías, corrupción, cinismo y espíritu antidemocrático eran un poco más tolerables por parte de sus adeptos en tiempos en que las Farc y organizaciones similares eran invocadas, con razón, como el gran coco del país, lo que despejaba el terreno para que el uribismo hiciera y deshiciera sin que fuera posible realizar un ejercicio efectivo de control político a su desenfadado recurso al delito.

Hay que recordar que Uribe surgió como figura política de peso a nivel nacional sólo cuando los astros del desastre en Colombia se alinearon por completo. Resulta comprensible por ejemplo, que Uribe haya relevado en el poder a uno de los presidentes más ineptos que recuerde la nación, como lo fue Andrés Pastrana; lo que significó que el proyecto uribista se consolidara como resultado de la sedimentación de males cuyos principales protagonistas fueron el desmadre de los paramilitares y el fortalecimiento de la guerrilla de las Farc que marchaba fuerte en el tablero de la guerra en ese momento, pasando de librar una guerra agazapados en la selva, a marchar sobre las ciudades en su intimidante táctica de guerra de movimientos.

Como si lo anterior fuera poco, el narcotráfico vivía su segunda era de oro, desde una gran bonanza que era manejada a partir de un cambio de táctica por los grandes capos, quienes aprendieron que no era sostenible estar dando la cara y mostrando a los cuatro vientos su prosperidad criminal acicateada por la prohibición de las sustancias y la malhadada “guerra contra las drogas” orquestada desde el norte.

Como se ve, el uribismo es una doctrina que se nutre del miedo, el caos, la incertidumbre y el dolor. Su estrategia ha sido la de cultivar los males tanto como sea posible para poder venderse como remedio, arrinconando a buena parte de la opinión que se ve casi obligada a elegirlos bajo el prurito de quien prefiere quemar su propia casa antes que dejar prosperar en ella las ratas, el comején y cualquier otra alimaña.

Muchos se preguntaban por la naturaleza del teflón de Uribe que parecía no tener límites. ¿Cómo era posible que decenas de sus buenos muchachos cayeran sistemáticamente en manos de la justicia después de comprobárseles abyectos crímenes y “Él” tan orondo cual si no pasara nada? Lo más grave es que muchas ideas y decisiones adoptadas cuando el uribismo estaba en el cenit fueron aprobadas o vistas como algo que si bien era repugnante, habría que aceptar como mal menor. Uribe es el paisa típico vieja guardia quien no duda en transgredir cualquier principio con tal de verse favorecido. De igual manera es un personaje cuya estructura de personalidad lo lleva a emplearse a fondo en “resolver” los problemas con ánimo francote y cuidándose siempre de no dejar nada suelto. Se recordará el episodio en el que ese gamonal quería anexar ilegalmente una pequeña fracción de terreno a su inmensa hacienda por lo que se lo vio sacando uñas y dientes, aunque tal terreno ni siquiera valiera el esfuerzo.

Pues bien, como suele suceder con los vientos de la historia, que al cambiar de rumbo liquidan un proyecto político por grande e influyente que éste haya llegado a ser, ese parece ser el caso del Centro Democrático y su “líder natural”, a quienes en el presente no les es dable que se les descubra los torcidos sin que las consecuencias sean profundas, como sucedía años atrás.

El último episodio de esas “tragedias”, como ellos mismos las nombran, es el caso de Óscar Iván “bisoñé” Zuluaga, que ha dado para que desde el Centro Democrático se eleven todo tipo de quejas, alaridos y ayes de dolor, desencadenando la renuncia inmediata del inculpado bajo pruebas irrefutables, aportadas desde fuego amigo. Se equivocan quienes piensan que esas quejas y protestas surgen por el delito de Zuluaga, no, por el contrario, se trata de dolor ante la evidencia de que su juego impune está llegando a su fin, y como al propio Óscar Iván, les falta mucho pelo para la moña si creen que van a salir indemnes de ese proceso de erosión definitiva.

La suerte de esa formación política parece echada y lo más seguro es que las venideras elecciones regionales y locales sirvan de colofón de un proyecto que en general aportó dolor, desunión, atraso y perpetuación del espíritu antidemocrático, que en el presente el país busca superar.


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Andrés Arredondo Restrepo

Antropólogo y Mg. Buscando alquimias entre Memoria, Paz y Derechos Humanos.

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