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“Lo decible precede a lo posible.” Con esta frase podemos resumir lo que Joseph Overton quería mostrarnos: cómo las sociedades amplían o “corren” los límites de lo aceptable o lo rechazable según el contexto, y cómo eso termina configurando realidades políticas.
Para comprender la Ventana de Overton debemos entender primero que el poder no gobierna solo con leyes, sino también -y sobre todo- con narrativas. Es ahí donde lo impensable comienza a verse aceptable.
Veamos un ejemplo para ilustrarlo:
Antes de la Primera Guerra Mundial, el consumo de alcohol era visto como algo normal; apenas escandalizaba a ciertos grupos religiosos. Sin embargo, para 1919, gracias a la 18ª Enmienda y a la Ley Volstead —la ley de prohibición del alcohol en Estados Unidos—, “la ventana se movió”: ya no solo esos grupos religiosos rechazaban el alcohol, sino que las instituciones del Estado le declararon la guerra a su fabricación, comercialización y consumo. Esto desató una oleada de contrabando, mafias, crimen organizado y violencia, dando lugar a personajes como Al Capone. Con el tiempo, Estados Unidos entendió que la prohibición solo había generado dolor y una pérdida enorme de ingresos fiscales. La ventana volvió a moverse, esta vez en sentido contrario, y a través de la 21ª Enmienda se derogó la prohibición en 1933.
Lo interesante es que, en 1920, derogar la prohibición era algo impensable. Pero las circunstancias —crisis, violencia, nuevas narrativas— llevaron a la sociedad a reordenar sus límites. Lo que antes era moralmente inaceptable terminó ganando aceptabilidad. A esto es a lo que Overton llamó los bordes de la ventana: los límites hacia los cuales una situación puede ser empujada.
Con este ejemplo en mente, vale la pena recordar la secuencia del movimiento de la ventana:
Inaceptable → Radical → Aceptable → Popular → Política pública
Según el contexto, el tema y los intereses en juego, algo puede recorrer este camino en cualquier dirección: de inaceptable a política pública, o -igual de posible- de aceptado a inaceptable. Todo depende de la situación, de quién empuja y de qué espera obtener con ello.
El caso colombiano
Días atrás, la noticia del presidente Abelardo confirmando la muerte de varias personas en el Guaviare -donde se le vio caminando entre los cuerpos- generó tensión entre el Gobierno Nacional y la Defensora del Pueblo, Iris Marín. Marín señaló: “El Estado y el Gobierno no pueden entrar en una competencia por demostrar quién puede ser más cruel”, y pidió que los cuerpos fueran “respetados y tratados dignamente”. Después agregó algo clave: “No deberíamos normalizar que los cuerpos de personas muertas hagan parte de la escenografía de una declaración pública, ni que la muerte se convierta en una forma de exhibir autoridad”.
Entendiendo cómo funciona la Ventana de Overton, ese mensaje de la Defensora es, en el fondo, una advertencia directa: que la ventana no se mueva. Y también un llamado a la ciudadanía, para que no permita que los intereses del gobierno empujen esa ventana hacia lo aceptable —convertir a los muertos en trofeos de guerra, en un gesto que les resta toda dignidad. Premiando la barbarie sobre la civilidad y el respeto sobre los cadáveres.
Por eso, entender la Ventana de Overton nos permite leer, en clave de narrativas y lenguaje, hacia dónde quieren llevarnos a pensar y a aceptar. Porque la ventana también se mueve cuando el gobierno y sus influenciadores —con la complicidad de los medios tradicionales, que lo pasan a la ligera entre una noticia y otra de farándula— logran que la sociedad termine normalizando lo que antes le parecía impensable.
Recuerde siempre: quien controla hacia dónde se mueve la ventana, controla el futuro.














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