De las ilusiones del lenguaje

En pocas ocasiones nos percatamos de que la posibilidad de preguntar por algo, no implica la existencia de una respuesta


¿Quién es el ser humano más inteligente del planeta? ¿Y el paisaje más bello? ¿Somos la misma persona con el paso del tiempo?  ¿Qué tipo de existencia tienen los números? El uso del lenguaje nos permite realizar preguntas como estas a diario.  Una vez formuladas, es inevitable cavilar acerca de cuál sería, en nuestra opinión, la respuesta correcta. En pocas ocasiones nos percatamos de que la posibilidad de preguntar por algo, no implica la existencia de una respuesta. Tanto la pertinencia de la pregunta, como la presencia de una respuesta oculta que aguarda a ser descubierta, son presuposiciones del hablante.

“De entre todas las personas que lean esta pregunta, ¿cuál es la más virtuosa moralmente?” En determinados contextos, esta cuestión puede tener una respuesta exitosa. En otros, esto no es así. Todo depende de qué estemos haciendo al formular la pregunta. De tratarse de una pregunta enmarcada en un contexto informal, aquel en que se usa coloquialmente el lenguaje, cuál sea la respuesta correcta es enteramente azaroso. En numerosas ocasiones, la respuesta más ingeniosa o graciosa será la más adecuada en función del fin que sea. Por ejemplo, para ligar con otra persona. Pero que una respuesta concreta finalice el debate en el contexto informal, no conlleva que esa respuesta sea la respuesta a la pregunta en toda situación informal. Aunque la pueda haber en casos particulares, no hay ninguna solución universal a esa pregunta en términos informales.

En un contexto filosófico-académico, el marco para lograr la respuesta ideal se estrecha. Normalmente, en este tipo de casos se procede solicitando una definición de “virtuosidad moral”, que es común que esté influenciada por el uso coloquial del lenguaje. Se buscan condiciones necesarias y/o suficientes para que un individuo o acción x sea virtuoso moralmente. A partir de ahí, la discusión está servida. De la confrontación surgen diversas definiciones, contraejemplos, experimentos mentales, teorías, métodos, etc. No obstante, si la filosofía ha proporcionado alguna respuesta desde su surgimiento, es que es incapaz de llegar a alguna respuesta. Motivo por el cual el filósofo Ludwig Wittgenstein afirmó que no existe el progreso en filosofía, así como tampoco hay problemas filosóficos. Es presumible que la causa de ello, de ser cierto, no sea otra que la propia naturaleza de la actividad filosófica. Esta es estrictamente conceptual. La caja de herramientas del filósofo son exclusivamente las palabras. Ellas son la condición de posibilidad de la filosofía -al permitir preguntas como las vistas más atrás- y, simultáneamente, su límite. El filósofo no puede ir más allá del lenguaje, por ejemplo, para investigar la realidad empírica. En tal caso, dejaría de ser filósofo para ponerse la bata de científico (del mismo modo, una científica que filosofe deja de lado el uso científico del lenguaje). La filosofía es fruto por ello de la ilusión del lenguaje. Aparece cuando el individuo cree que, de la existencia o uso de una palabra (“Dios”, “Justicia”…), se sigue la existencia de algo a lo que se refiera.

Finalmente, hay un gran uso todavía más estrecho y complejo del lenguaje. Este es el uso científico del mismo. Sorprendentemente, el lenguaje empleado de esta manera nos permite dialogar con el mundo que nos rodea. A partir de este uso, han surgido teorías extremadamente precisas acerca de los componentes de la naturaleza. Por supuesto, muchas personas dedicadas profesionalmente a la investigación científica son víctimas de la ilusión del lenguaje. En estos casos no son conscientes, o bien de que están usando el lenguaje del mismo modo que los filósofos, o bien de que la filosofía es una actividad completamente dispar de la científica. Mientras que en filosofía no hay respuestas, en las ciencias, al menos idealmente, sí que las hay. La actividad científica formula sus preguntas y respuestas a partir de la experimentación con el mundo. En este sentido, el uso científico del lenguaje, insistimos en que en su uso ideal, es consciente de la ilusión del lenguaje. En virtud de ello, “¿es una teoría científica un reflejo o un modelo de la realidad?” o “¿existen los números?” son preguntas sin cabida en el marco científico. Surgen por el simple capricho de que el lenguaje permite elaborarlas, no por indicio empírico alguno.

Es importante entender que, a partir de esta diferenciación, de inspiración wittgensteniana, entre el uso coloquial, filosófico y científico del lenguaje, no se deriva una suerte de “autoritarismo lingüístico”. Es decir, no implica que el filósofo deba cesar de filosofar. Por una parte, la discusión acerca del deber nos sumergiría, paradójicamente, en el filosofar mismo. Por otra, esta actividad, como la literatura o la música, puede tener otro tipo de fines de utilidad social. Ya sea a modo entretenimiento, como quien juega al ajedrez, o a modo de inspiración para otras actividades, como la científica. Lo que sí se deriva de esta diferenciación es que hay una serie de normas implícitas en los distintos usos que damos al lenguaje. Si queremos hacer un chiste, hablar de química inorgánica es incoherente. Cada forma de usar el lenguaje tiene implicaciones diferentes, por ejemplo, respecto a lo que podemos decir que existe en la naturaleza. El uso científico del término “clorofila” lleva implícito que en la naturaleza existe la clorofila. El uso filosófico de “virtuosidad moral”, no.

About the author

Alejandro Villamor Iglesias

Es graduado en Filosofía con premio extraordinario por la Universidad de Santiago de Compostela. Máster en Formación de Profesorado por la misma institución y Máster en Lógica y Filosofía de la Ciencia por la Universidad de Salamanca. Actualmente ejerce como profesor de Filosofía en Educación Secundaria en la Comunidad de Madrid.

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