Como sociedad debemos abrazar la reincorporación de los firmantes de paz

Al pequeño Sergio que me hablaba con insistencia sobre una guitarra lo conocí en el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación de San José de León en Mutatá. Lo recuerdo alegre y conversador. Tras escribir su mensaje a los niños de la ciudad en una cartulina con forma de mariposa amarilla me insistió en que debía conocer “a la sobreviviente”. ¿Y esa quién es? –le pregunté con una leve sonrisa– “Pues es la guitarra que sobrevivió a los bombardeos y con la que mi papá canta la canción que me escribió allá en el monte” –me respondió con una dulce voz infantil–. Sergio contaba para ese entonces con seis años y era uno de los “hijos de la paz” que nacieron luego de la firma del Acuerdo de Paz en noviembre de 2016. Hoy tiene 10 años, su papá, tan sobreviviente como su amada y descolorida guitarra, ya le ha compuesto, conforme Sergio ha ido creciendo, otras canciones. Porque hay historias posibles, vida y esperanza.

Pero, a ver, dígame, ¿Qué puedo hacer para apoyar el proyecto?, recuerdo que esa fue la pregunta que le formulé a Cristina cuando me habló sobre el Mercado de mujeres construyendo paz a finales de 2020. Se trata de un mercado único en su tipo ubicado en la Casa de reincorporación del barrio Belén y que busca, por un lado, avanzar en la difusión y comercialización de los productos que las cooperativas de firmantes producen en varias regiones del país, y, por otro lado, promover espacios de encuentro, pedagogía, memoria y reconciliación. “Pues mijo, puede colaborar trayendo gente, explicando sobre el Mercado y comprando los productos”. Seis años después de esa conversación sigo llevando gente, explicando sobre el Mercado y comprando parte de mi estrén navideño en Casa de reincorporación. Porque hay historias posibles, tenacidad y esperanza.

Hombre, cada año, bueno, cada que hay elecciones, le vengo explicando lo mismo, como es que funciona ese embeleco del umbral, el cociente electoral y la cifra repartidora, ¿nada que lo agarra pues?, Pacho, con su vozarrón de líder veterano y curtido, me responde, “profe, ahí la voy cogiendo, con cada elección lo entiendo más”. Fue candidato al Concejo municipal en las elecciones territoriales del 2019, lo asesoré y tras verificar la votación que obtuvo la lista del partido al final de la jornada electoral le comenté que no alcanzaba para ingresar a la cifra repartidora. Faltaron votos Pacho, no muchos, pero se hizo la tarea. “Seguimos profe, aprendiendo y formándonos”. Y ciertamente ha cumplido, no falta a las escuelas de formación, espacios de capacitación y asesoría. Porque hay historias posibles, ganas de aprender y esperanza.

Son tres experiencias profundamente humanas que he vivido a lo largo de la última década y que me han permitido formar parte del proceso de reincorporación de los firmantes de paz. Comprenderlo desde varias dimensiones, en lo territorial, social, político y familiar. Más allá de la frivolidad de las cifras, algunas esperanzadoras como aquella que confirma que 11.166 firmantes siguen comprometidos con el Acuerdo de Paz –lo que representa el 95% de quienes dejaron las armas en 2016–; y otras, sin duda, realmente aterradoras, como aquella creciente que se va acercando a los 500 firmantes asesinados desde 2016. Pero las cifras se quedan cortas al momento de retratar la complejidad emocional del proceso de reincorporación. El valor de ese compromiso inquebrantable de quienes luchan por un país diferente aún en medio de sucesivos incumplimientos, la estigmatización que mata, el genocidio y la inseguridad en sus múltiples formas.

Infortunadamente, siento que como sociedad no hemos entendido a cabalidad que la reincorporación es un proceso que no solo involucra a quienes depusieron las armas, sino que también requiere de un compromiso, si se quiere, muchísimo mayor, por parte del conjunto de la sociedad, para, en principio, no construir barreras que promuevan la estigmatización, y seguidamente, apoyar la decisión ética y política de quienes buscan una primera, segunda o hasta una tercera oportunidad para vivir en paz. Quienes honran la palabra empeñada en un Acuerdo de Paz que transformó el país creando un modelo de justicia transicional a partir de la centralidad de las víctimas. Todos y todas, cada ser humano que habita en este sufrido país puede contribuir valiosamente con ese proceso de reincorporación, ya sea desde la mirada que no estigmatiza, la acción consciente, o la comprensión necesaria.

Ahora, cuando hay incertidumbre, ya que el Acuerdo de Paz ingresa en su último periodo de cumplimiento en el marco de un Gobierno esquivo a la paz negociada, debemos, más que nunca, rodear y abrazar ese proceso de reincorporación. Para que no sea sometido a un limbo administrativo que eventualmente reduzca la esperanza y profundice la incertidumbre en el corazón del pequeño Sergio, de la aguerrida Cristina y del curioso Pacho, de miles de hombres y mujeres que siguen viviendo desde ese compromiso inquebrantable por la paz y que deben contar con las condiciones y garantías institucionales suficientes para que nos sigan convocando a construir nuevas historias desde la esperanza y la defensa de la vida.

Al Gobierno de Aberlado De La Espriella le hago un llamado sensato: no desmontar o erosionar la institucionalidad que sustenta la reincorporación; no generar bloqueos administrativos que comprometan la seguridad de los firmantes de paz en los territorios; y especialmente, consolidar un proceso complejo y multidimensional que es ejemplo para el mundo. No es mucho pedir, es reiterar la importancia de honrar un compromiso de Estado y proteger la vida de quienes desde noviembre de 2016 han estado firmes con la paz en medio de un sinfín de dificultades.

Y a los firmantes les digo: hoy, mañana y siempre, cuentan conmigo.

Fredy Chaverra Colorado

Politólogo, UdeA. Magister en Ciencia Política. Asesor, investigador y editor.

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