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Del estruendoso fracaso de la paz total se ha hablado mucho, se convirtió, con una creciente amplificación mediática desde mediados de 2023, en un lugar común y además fue un tema decisivo en la pasada contienda electoral. A Iván Cepeda, el “arquitecto” de la política de paz total –Ley 2272 de 2022– e integrante de la delegación negociadora con la guerrilla del ELN, le representó un costo de oportunidad gigantesco al no poder tomar distancia de un fiasco tan protuberante. Aunque siento que ese asunto se debe revisar con exhaustividad para no ceder a la tentación de anclarse a una estridente valoración mediática y simplificadora, sino que, además, implica diferenciar cada uno de los procesos de diálogo sociojurídico o negociación política, así como sus impactos a corto, mediano y largo plazo.
Desde esa perspectiva, considero que en la mesa de diálogos entre el Gobierno Nacional y la Coordinadora Nacional Ejército Bolivariano se sintetiza lo positivo, lo negativo y lo lamentable de la paz total. Vamos por partes.
Lo positivo
La Coordinadora Nacional Ejército Bolivariano (CNEB) nació como resultado de una fractura en la Segunda Marquetalia, es decir, la CNEB emergió como una disidencia de la reincidencia creada por Iván Márquez a mediados de 2019. Dicha trayectoria de ruptura, fractura y escisión no parece incidental ya que se tornó recurrente entre los grupos armados de origen insurgente que participaron en la dinámica negociadora de la paz total; así, el Frente Comuneros del Sur con presencia en el departamento de Nariño se escindió del ELN; y, el Estado Mayor de Bloques y Frentes surgió como facción disidente del Estado Mayor Central (la famosa ruptura Mordisco-Calarcá). Las causas de estas fracturas son específicas y responden a múltiples factores, que van, sin orden de prioridad, desde: 1). Falta de cohesión interna en torno a un mando; 2). Precaria identidad ideológica debido a su condición de “proyectos armados en desarrollo o consolidación”; 3). La sobreposición de los objetivos inmediatos de la paz total versus los objetivos organizativos-territoriales de cada actor armado.
Lo cierto es que a finales de 2024 la CNEB partió cobijas con la Segunda Marquetalia y se decidió por continuar con un incierto proceso de negociación que concluyó en la creación de una Zona para la Capacitación Integral y Ubicación Temporal en el municipio del Valle del Guamuez en Putumayo donde llegaron 99 colombianas y colombianos dispuestos a entregar las armas e iniciar su ruta de reincorporación a la vida civil. Un resultado positivo para una política extremadamente ambiciosa que en su variable de negociación se pensó desde una totalidad pero que la cambiante y tozuda realidad de un conflicto armado reconfigurado redujo a pequeños procesos territorializados en Nariño (Frente Comuneros), Catatumbo (Frente 33) y Putumayo (CNEB).
Lo negativo
Ahora bien, así cerca de la mitad de los 99 colombianos y colombianos concentrados en Valle del Guamuez hayan ratificado su compromiso por la paz y su renuncia a la violencia armada, por directriz unilateral del Gobierno Nacional, se ordenó que la Zona de Ubicación Temporal termina oficialmente el 30 de septiembre de 2026. Una decisión tajante que no tuvo en consideración los avances logrados en 16 acuerdos; entre ellos: la destrucción verificada de 14,5 toneladas de material de guerra; la estructuración de un programa de sustitución voluntaria de cultivos ilícitos; la creación de la Zona para la Capacitación Integral y Ubicación Temporal. Nada de eso importó. El Gobierno no valoró los avances del proceso, el llamado de las comunidades locales, o la voluntad de los combatientes concentrados y procedió a terminar de un plumazo con un proceso que sí demostró resultados, sí, pequeños –desde nuestra perspectiva cómoda y centralista– pero muy importantes para comunidades históricamente azotadas por el conflicto armado.
Entonces, ¿Qué se viene para los colombianos y colombianas que no han abandonado la Zona para la Capacitación Integral y Ubicación Temporal y que siguen comprometidos con la paz? Por parte de ellos ya tenemos una respuesta contundente: “No vamos a volver a tomar los fusiles”. Y de parte del Gobierno, ¿Cuál será la respuesta para esos colombianos y colombianas que creyeron en un proceso de paz y que ahora buscan un espacio y una oportunidad para iniciar su reincorporación a la vida civil?
Todavía se está a tiempo para plantear una alternativa, ya sea desde la Agencia de Reincorporación y Normalización –que además se encuentra paralizada por cuenta de la desidia presupuestaria del mismo Gobierno–; valorando los aspectos positivos y no echando en el mismo costal a procesos que no llegaron a nada frente a otros que sí avanzaron con voluntad de desarme y reinserción; diseñando una estrategia diferencial de atención que tenga en cuenta a las comunidades y los acuerdos alcanzados. Es mucho pedir, no creo, pero sí lo es para un Gobierno que tiene una visión generalmente negativa sobre la paz negociada y que no ha sabido –ni en lo institucional, ni en lo político– valorar aspectos positivos de la paz total y la voluntad de quienes, aún en medio de la más absoluta incertidumbre, dicen: “No vamos a volver a tomar los fusiles”.
Lo lamentable
Lo lamentable es la indiferencia de buena parte de nuestra sociedad con los colombianos y colombianas que han expresado voluntad para dejar la violencia y apostarle a la paz. Sí, comprendo el malestar y la frustración con los resultados generales de la paz total, es algo que también he sentido, con mucho dolor, lo reconozco, pero eso no me lleva a desestimar la voluntad de aquellos que creen en la reconciliación y a quienes acompaño desde esta breve columna. Colombianas y colombianos que debemos rodear en estos momentos, acompañarlos en sus demandas al Gobierno, reconocer su valentía y firmeza para decir “no vamos a volver a tomar los fusiles” en un país atravesado por el conflicto armado donde el mercado criminal se sigue expandiendo con cerca de 27 mil personas en armas.
Por ellos y para ellos escribo esta columna –insignificante en medio de la situación– y expreso mi total respaldo a su valentía por apostarle a la paz.














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