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Ciencia política, ¿predicar en el desierto?

Hay una notable convergencia entre especialistas en torno a la idea de que la ciencia política es una disciplina cuya expansión, como hoy la conocemos, se vincula al siglo XX, quedando íntimamente relacionada con la evolución de la democracia y del capitalismo. Por la primera se expandieron los temas de estudio y se estableció un clima de libertad para la discusión y el análisis; mientras que el segundo incorporó principios de mercado a la lógica electoral y potenció la sociedad de masas, con la consiguiente ampliación del demos que también afectó a los estudios universitarios especializados.

La apertura de escuelas y de programas académicos y de investigación, así como la expansión de la demanda desde el estudiantado fueron una consecuencia de ello. Como señaló Sartori, si la práctica de la política era un arte, su conocimiento requería de mecanismos propios de la ciencia los cuales, según Bobbio, giraban en torno a tres requisitos fundamentales: el principio de verificación como criterio de validez, la explicación como propósito y la no valoración como presupuesto ético.

La ciencia política contó con una importante reflexión desde la academia, por parte de individuos que contribuyeron con su estudio e investigación a su desarrollo. Gracias a su magisterio, los gigantes sobre cuyos hombros se establecieron las principales teorías contribuyeron a la consolidación de una disciplina que se ubicó en el nicho de las ciencias sociales acompañando a la historia, la economía y la sociología fundamentalmente.

Preguntado un grupo de veinte colegas –de muy variopinta procedencia nacional y cuya edad promedia los 65 años– por quiénes serían, en su opinión, las personas nacidas en el siglo XX sobre las que se ancló la disciplina, el resultado obtenido es bien significativo: dentro de una gran dispersión, entre las respuestas hay una coincidencia en subrayar el liderazgo intelectual de Robert Dahl, Maurice Duverger, Juan Linz y Giovanni Sartori. Cuatro autores para quienes la democracia tenía un carácter central como lógica de funcionamiento o conjunto de reglas que establecen quién está autorizado a tomar las decisiones y con qué procedimientos.

Concebida la política como un conjunto de reglas para confrontar, modelar y hacer benéfico el poder, la democracia tendría para ellos un carácter de demiurgo al albur de las instituciones del estado de derecho. El carácter representativo de la misma, consecuencia inequívoca de las nuevas sociedades de masas, se veía canalizado por procesos electorales, una acción colectiva con partidos políticos y unas instancias de poder en las que la opción por el presidencialismo o por el parlamentarismo no era indiferente. La democracia no sería tanto un ideal como un marco de lo posible, en estados con una vocación social que propendrían cada vez más al intervencionismo y sujetos a procesos de deterioro y de caída y de vuelta a empezar.

En julio pasado, Fukuyama y López-Calva subrayaron en qué medida los sistemas de gobernanza se articulan sobre la base de tres factores clave, como son la capacidad estatal, el capital social y el liderazgo político. La aplicación de estos en el análisis del momento actual por el que pasan los países latinoamericanos no deja de constituir una excelente guía para su comprensión que empata con el legado del canon configurado por los maestros arriba citados. Así, el estado, la sociedad y ciertos individuos dotados de vocación y de ambición configuran el triángulo en el que se hace realidad el ejercicio de una actividad humana que, a pesar de los cambios habidos a lo largo del tiempo, no ha dejado de tener relevancia.

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Cuando se aplican a los países latinoamericanos, los tres vértices mantienen constantes que el paso del tiempo pareciera no dejar atrás. En una gran mayoría los estados continúan manteniendo una precariedad preocupante con tres facetas que sobresalen: su enorme debilidad fiscal, la incapacidad de someter la violencia rampante y la lentitud a la hora de poner en marcha políticas públicas en el ámbito sobre todo de la educación y de la sanidad, pero también de la vivienda. Paralelamente, persiste una longeva incapacidad para establecer procesos de integración, o al menos de cooperación, regional que permitan confrontar de manera proactiva los avatares de la globalización.

Respecto a las sociedades, proyectan niveles muy elevados de segregación por razones de profunda desigualdad económica, pero también identitaria. El machismo rampante y lo postergación de las comunidades indígenas constituyen factores que incrementan la discriminación con el consiguiente aumento de pautas de comportamiento en las que prevalece la desconfianza. A ello se suma el galopante proceso de individualismo exacerbado que dificulta la acción colectiva medianamente organizada para la consecución de objetivos que, por otra parte, no terminan de estar claramente definidos.

En cuanto al liderazgo, de la mano del presidencialismo como incentivo institucional, la política se articula sobre individuos megalómanos y narcisistas que despliegan un talante autoritario, arrasando con los otros mecanismos de control existente. Así, son elementos constantes la obsesión por el poder y por mantenerse irrestrictamente en él, la ausencia total de empatía frente al otro y la creencia absoluta de que no hay alternativas a las decisiones tomadas a través de mecanismos institucionales que se van cambiando caprichosamente.

La ciencia política tiene identificados perfectamente estos factores y el rosario de consecuencias que conllevan. Además, la evidencia empírica acumulada es muy sólida y los trabajos llenan los anaqueles al tiempo que circulan por la red. Sin embargo, pareciera que el velo de la ignorancia todo lo cubre, hasta el punto de que uno se pregunta ¿para qué sirve la disciplina?

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Obviamente no se trata de hacer un llamamiento al grito de “¡politólogos(as) al poder!”. Todo lo contrario: la experiencia indica que la academia no brinda per se políticos excepcionales. De lo que se trata, jugando con los términos que Albert Hirschman hizo célebres, es de usar la voz con lealtad al bien común para ofrecer salidas al atolladero en que estamos. Pero que esa voz no sea una prédica en el desierto excede las competencias de la ciencia política.

Vía: L21

Esto fue escrito por

Manuel Alcántara Sáez

Catedrático de la Universidad de Salamanca en el Área de Ciencia Política y de la Admón. Doctor en Ciencias Políticas (1983) por la Universidad Complutense de Madrid y Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología (1976). Ha impartido cursos en distintas Universidades españolas y extranjeras. Sus principales líneas de investigación versan sobre profesionalización de la política, elites parlamentarias, partidos políticos y Poderes Legislativos en América Latina. Igualmente, desarrolla investigaciones sobre comportamiento electoral y opinión pública.

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