Censura sin firma

Aldumar Forero Orjuela

 

“Los que gozan silenciando los micrófonos que le son contrarios son los verdaderos enemigos de la República.”


Ricardo me llamó un martes por la tarde. Tenía esa voz que pone cuando está seguro de algo y, además, cree tener la razón y la verdad revelada. «Deja el drama», me dijo. «A Camila Zuluaga y a Ana Cristina Restrepo no las calló nadie: las echó el rating. Y a Vladdo lo sacó un canal privado, que es dueño de su tribuna y puede poner o quitar caricaturas cuando le dé la gana.»

Le pregunté si de verdad creía eso. Me dijo que sí, y lo dijo tranquilo, como solo puede estarlo alguien que nunca ha tenido que recoger su trasteo un lunes por la mañana, sin despedida al aire, sin una sola línea de explicación, con el micrófono todavía tibio de la última emisión.

Yo no le creí. No porque sea ingenuo, es de dominio público que cuando no hay audiencia suficiente, cuando al público no le gusta un periodista o su contenido, estos se tienen que ir, emigrar, buscar otras tribunas, otros horizontes. Zuluaga y Restrepo venían diciendo, en público, que sabían que «pedían su cabeza» en las redes —fanáticas— cercanas a la presidencia. Se los dijeron a ellas mismas, apenas dos días después de la segunda vuelta.

Restrepo había escrito columnas incómodas sobre el presidente y su proyecto, y llevaba tiempo siendo hostigada por eso. Una semana después de que su programa se apagara sin reemplazo, un canal distinto —otro dueño, otra razón social, qué casualidad— le canceló el contrato al caricaturista más veterano del país, cuatro décadas de oficio, por una viñeta que, según se filtró, no le cayó bien a Palacio. Le dije a mi amigo Ricardo que no son hechos sueltos ni aislados. Le dije que era un patrón, una secuencia.

«Pero nadie ha probado que fue el presidente», insistió Ricardo, con una seguridad tremenda, esa que da el hecho de ser defensor de oficio de un gobierno de turno. Y en algo tiene razón: no hay un audio, no hay un memorando con membrete oficial ordenando nada. Pero el poder, tan trémulo, rara vez deja constancia escrita de lo que puede conseguir con un gesto, una llamada, una reunión «de cortesía» con el dueño del canal. Los que mandan no siempre necesitan ordenar, a menudo basta con que dejen de invitar a cenar, o incluso, con mensajes intimidatorios después de una entrevista. Eso no es una teoría de conspiración. Es, sencillamente, la forma más vieja y eficaz de censura. No necesitan decir públicamente que despidan a un periodista o cierren una tribuna de opinión, basta que los dueños reciban una «invitación» de los poderosos, que no es más que una orden, para dar un golpe a la libertad.

Y aquí está lo que de verdad debería preocuparnos, más incluso que la salida misma de estos periodistas: ninguno de los tres ha vuelto a tener un espacio propio. Se dijo, se rumoró, se dejó correr que «ya tenían otro canal esperándolos». Una manera elegante de bajarle la magnitud a la indignación nacional, de que todos pensáramos «bueno, entonces no es tan grave» y volviéramos a nuestros oficios cotidianos de siempre sin hacer más preguntas.

Pasan las semanas y Zuluaga sigue sin programa. Restrepo, igual. Vladdo, sin su espacio de cuatro décadas. Y en la práctica —que es lo que importa, y no algunas opiniones fanáticas— los silenciaron. No hizo falta una ley mordaza ni un decreto. Bastó con que el poder dejara ver su incomodidad, y con que el capital, que en Colombia y en todas partes prefiere la tranquilidad de los negocios a la molestia de la verdad, hiciera lo que siempre hace cuando huele problemas: contemporizar o congraciarse con el gobierno de turno antes que proteger la libertad de prensa, opinión y expresión.

Ricardo, que es mi amigo —pero soy más amigo de la verdad— en esto está equivocado y me repite el argumento de siempre: que son medios privados, que nadie tiene derecho a un micrófono ajeno, que el activismo no es periodismo y que la libertad de empresa también es libertad. Y sí, tiene razón en algo: ningún canal está obligado a mantener a nadie en nómina para siempre.

Pero hay una diferencia que él prefiere no mirar de frente. No es lo mismo una decisión empresarial genuina, tomada por audiencia y pauta publicitaria, que una decisión empresarial que usa esa excusa porque la razón verdadera —la incomodidad de un gobierno recién estrenado con quienes lo criticaron en campaña— resulta demasiado incómoda de decir en voz alta. Lo grave no es que un canal cambie a periodistas y sus programas; eso pasa todo el tiempo y es normal. Lo grave es que tres periodistas, duros con el mismo hombre, en el mismo mes, en medios con dueños distintos, hayan desaparecido del aire sin que nadie —ni el gobierno, ni las empresas, ni el propio presidente— se haya molestado en dar una explicación que resista una segunda lectura.

Porque esto no es, en el fondo, un problema de tres periodistas. El problema es que cualquier periodista, columnista o caricaturista está advertido que si critica, como corresponde, al presidente de turno será acallado, conducido a una esquina oscura para que nadie lo vea y oiga. Ricardo dijo que esta práctica no es nueva —lo cual acepta, sin darse cuenta, que lo que sucedió fue censura—, que otros gobiernos, todos, lo han hecho y, por lo tanto, no se ha acabado la democracia. Eso significa, le dije, que desde hace tiempo, la democracia está siendo herida y nadie ha dicho nada o lo suficiente para impedirlo.

Los romanos, que sabían de tiranos más de lo que nos gustaría admitir, tenían una palabra para eso: metus, el miedo como forma de gobierno. No hace falta condenar a todos. Basta con condenar a uno para que los demás se condenen solos, por anticipado. Ese es el mensaje que se envía desde el poder al que ose criticar, controlar, fiscalizar al gobierno de turno. La censura es un método de quienes riñen con los principios democráticos, liberales y republicanos. Los que gozan silenciando los micrófonos de la prensa que le son contrarios porque no les gusta ser meretrices del poder son los verdaderos enemigos de la República.

Le dije todo esto a Ricardo y se quedó callado un momento, algo raro en él, que suele tener respuesta para todo. Después me dijo, ya sin tanta convicción: «Puede ser. Pero qué se puede hacer.» Por lo cual, Ricardo aceptó un hecho de censura pero, al mismo tiempo, se resignó a otro hecho incontrovertible para un ciudadano de a pie: no poder hacer nada ante el poder de un gobierno.

Lo que se puede hacer, para empezar, le dije, es reconocer sin ambigüedades los hechos reales. Un poder que se cree por encima de la crítica no es un poder republicano, gane las elecciones que gane. Un presidente que llega limpiamente al cargo no gana, con eso, el derecho a que los medios lo traten con guantes de seda. La libertad de prensa no es un favor que los gobiernos conceden cuando están de buen humor o cuando les gusta que los aluden es la única garantía real de que un país no se convierta en una dictadura, en una autocracia, o peor aún, en un grupúsculo de servidumbre.

Mientras un solo periodista en Colombia tenga que medir sus palabras, sus opiniones, sus críticas, pensando en si le gustan a Palacio y no en si le hacen honor a la verdad, esta República seguirá el camino de los que venden la dignidad y la verdad a los mercaderes de la adulación y de los idólatras del poder.

Ningún periodista en Colombia debe perder su espacio por emitir una opinión. Zuluaga, Restrepo y Vladdo deben volver a tener sus micrófonos al aire y su tinta en el escritorio para expresar lo que sienten, para exponer los errores y los abusos del poder. La defensa de la República es defender todas las libertades: individuales, de opinión, expresión, prensa, políticas. Todas. Cuando se deja de defender alguna de ellas, se está condenando a la destrucción las bases de la República. Eso no nos lo perdonarán las nuevas generaciones.

Aldumar Forero Orjuela

Joven oriundo de Bogotá D.C. Nacido en 1998, de familia conservadora, se ha adherido a las ideas del liberalismo que aboga por el respeto a la vida, la libertad y la propiedad como los valores más importantes de una sociedad.

Economista de la Universidad de La Salle. Con diplomados en cultura democrática y juventud constructora de paz.

Ha sido columnista en varios medios digitales de opinión y actualmente es columnista en Al Poniente.

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