Todo eso cabe aquí – Universidad pública, autonomía y democracia

Acá estoy, tomándome un tintico en la plazoleta Barrientos, mi parche de todos los viernes en la tarde.

Desde esta jardinera, mi alma se ve brillante y fecunda. Deben ser los efectos del amor que más me ha durado. Además, casi todos mis amores —y unos cuantos desamores— han pasado por esta universidad. A estas alturas no sé si la UdeA me educó sentimentalmente o simplemente tuvo la mala suerte de servirme siempre de escenario.

Al frente veo la oficina de las organizaciones estudiantiles afro. Más allá, las empanadas de Frito Gay; al otro lado, los juguitos y las chacitas donde algunos estudiantes se rebuscan los pasajes y otros, con unas cuantas monedas, engañan el hambre.

De repente aparece un performance feminista que nos obliga a pensar las formas en que aprendimos a querer, desear y relacionarnos. Cerca, unos frikis juegan rol y construyen mundos imaginarios mientras este amenaza con caerse a pedazos. Un colectivo reparte volantes llamando a no votar y combatir el sistema; veinte metros después, otros defienden la reforma agraria y, un poco más allá, alguien explica por qué esa misma reforma es un “engaño latifundista”. Hay chocolatada, besatón contra los bombardeos a niños y una asamblea en donde alguien pregunta “¿ese es el debate, compañero?”.

¿Política? Claro que se habla de política.

Veo liberales, comunistas, anarquistas, conservadores y otros que no sé muy bien qué son, pero defienden sus ideas con la retórica de Trasímaco. Unos leen a Marx; alguno carga a Freud, otros leen Lévi-Strauss mientras fuman pielroja sin filtro, y algunos leen Hobsbawm, mientras escuchan Metal en los auriculares de diadema. Al mismo tiempo, detrás de alguna puerta en los bloques de al lado, algunos ñoñitos y ñoñitas estudian ondas, termodinámica o cinética química. Hay quien pasa cinco años intentando comprender una proteína y quien lleva el mismo tiempo tratando de entender por qué sucumbió la URSS.

Otros muchos, simplemente pasan las horas tintiando, enamorándose, discutiendo cómo arreglar el mundo o intentando descubrir qué carajos hacer con sus propias vidas. Todo eso cabe aquí. Eso es lo extraordinario: una sociedad pequeña, contradictoria, ruidosa y por momentos insoportable, donde mundos que afuera apenas se rozan tienen que compartir el mismo corredor. Quizá por eso produce tanta sospecha.

Porque esta multitud se parece demasiado al pueblo.

No al pueblo limpio y obediente de los discursos. Al otro. Al de carne y hueso. El que tiene hambre y deseo; el que se contradice; el que estudia y trabaja; el que protesta, baila, investiga, se equivoca y vuelve a empezar. El pueblo que deja de ser una palabra pronunciada en campaña y adquiere cuerpos, argumentos, rabia y capacidad de organizarse.

Ese pueblo siempre ha puesto nervioso al poder. Y para cercarlo no siempre se empieza por las tanquetas. La violencia nunca desaparece por completo de su repertorio, ni siquiera cuando gobierna mediante el consenso. Pero un poder que consigue hacerse hegemónico sabe que resulta mucho más eficaz conseguir primero que ciertas cosas parezcan razonables. Por eso, antes del golpe puede venir el relato; antes de la prohibición, la sospecha; antes de la ocupación, la gente pidiendo que alguien ponga orden.

El desmonte de una universidad pública tampoco tiene por qué empezar cerrando sus puertas. Hoy, incluso, hay quienes proponen abrirlas por completo: quitar los cercos, dejar que la ciudad atraviese el campus, convertirlo en un espacio sin murallas. La imagen suena hermosa. El problema aparece cuando uno sigue leyendo: cámaras, tecnología, controles de acceso trasladados a los edificios y nuevos dispositivos de seguridad. La muralla desaparece del paisaje y reaparece, multiplicada, en cada puerta.

Uno puede imaginar el paso siguiente sin necesidad de escribir ciencia ficción: un gran circuito de educación, empresa, comercio y servicios; edificios académicos conviviendo con negocios y marcas; estudiantes convertidos también en clientes; cámaras cuidando corredores y dispositivos de seguridad procurando que nada altere demasiado la circulación. No afirmo que exista un plan maestro para convertir la universidad en semejante no-lugar. Las transformaciones históricas rara vez siguen un libreto tan ordenado. Basta con que decisiones distintas, tomadas en momentos diferentes y justificadas cada una como razonable, terminen empujando en la misma dirección. Entonces podríamos conservar el escudo en la entrada, los profesores, los laboratorios, los títulos y hasta mejorar los indicadores, mientras perdemos lentamente aquello que la hacía universidad.

Porque lo público no consiste simplemente en poder atravesar un jardín. Una universidad es pública porque el conocimiento que produce no debería tener dueño; porque allí pueden encontrarse quienes difícilmente se encontrarían en otra parte; porque puede investigar lo que todavía no produce ganancias, enseñar lo que incomoda, conservar preguntas que no caben en un balance financiero y permitir que alguien contradiga al gobierno que firma el cheque con el que se paga su salario.

El cerco se va armando de maneras bastante terrenales. Primero está el presupuesto. Se discute eternamente cuánto cuesta la universidad, se estrechan recursos, se aplazan inversiones, se obliga a las instituciones a rebuscar dinero y luego se les reprocha no comportarse como empresas eficientes. El derecho a la educación empieza a traducirse al idioma del gasto y la universidad termina defendiendo su existencia en hojas de Excel.

Después está la sospecha. La universidad peligrosa. La universidad infiltrada. El profesor que adoctrina. El estudiante sospechoso. El encapuchado convertido en rostro de decenas de miles de jóvenes. A esa vieja práctica se le ha sumado una versión muy de estos tiempos: el perfilamiento por redes sociales. En Antioquia ya hemos visto circular nombres, fotografías y hasta organigramas mediante los cuales actores políticos vinculan públicamente personas con organizaciones armadas. David Toledo — ascendido por sí mismo a detective de la subversión imaginaria— lo hizo recientemente al presentar supuestas estructuras que operarían en el Politécnico Jaime Isaza Cadavid; otros señalamientos suyos han dado lugar a denuncias y controversias por estigmatización. En un país como Colombia, poner un rostro al lado de la palabra guerrilla nunca ha sido un gesto inocente.

Y luego está el protocolo. El Decreto 003 de 2021 estableció el marco nacional para la actuación estatal frente a la protesta social. Ahora el Ministerio del Interior tramita un proyecto para modificarlo y precisar, entre otros asuntos, las condiciones de intervención de las autoridades cuando considere que existen afectaciones al orden público o a terceros. Al mismo tiempo, desde la Presidencia se ha anunciado la intención de establecer un protocolo para el ingreso de la Policía a universidades públicas frente a hechos de violencia. La discusión, por tanto, no es imaginaria: está ocurriendo en decretos, protocolos, cámaras, presupuestos y decisiones administrativas.

Presupuesto, sospecha, perfilamiento, protocolo. No hace falta que alguien los haya concebido alrededor de una misma mesa para advertir el problema. Precisamente una transformación hegemónica funciona de otra manera: decisiones diferentes empiezan a reforzarse entre sí y, sobre todo, a modificar el sentido común con el que las juzgamos. Se recorta aquí, se señala allá, se normaliza una cámara, se redacta un protocolo y, al cabo de un tiempo, aquello que habría provocado un escándalo empieza a parecernos apenas una medida sensata de seguridad. La fuerza permanece detrás —el poder nunca renuncia completamente a ella—, pero resulta mucho más eficaz cuando llega precedida por una sociedad que ya ha aprendido a considerarla necesaria.

En todo caso, sería tramposo convertir esta defensa de la universidad en una negación de sus propios problemas. Aquí puede haber delitos, violencias y prácticas que nada tienen que ver con la protesta democrática. Un encapuchado no adquiere inmunidad penal por atravesar una portería y quienes estudiamos o trabajamos en la universidad tenemos derecho a sentirnos seguros. La propia Universidad de Antioquia ha rechazado públicamente las violencias en sus campus al mismo tiempo que reivindica la protesta como una forma democrática de tramitar conflictos. Esa distinción es fundamental: autonomía nunca significó impunidad.

Pero una cosa es perseguir un delito (ponerse una capucha no lo es en sí mismo) y otra convertir una comunidad universitaria entera en objeto de sospecha. Una cosa es garantizar seguridad y otra transformar la seguridad en el principio que organiza la vida universitaria. Una cosa es abrir la universidad a la ciudad y otra abrirla al mercado mientras se la cierra, cámara mediante, al conflicto. Porque una universidad sin conflicto sería una cosa bastante extraña.

El artículo 69 de la Constitución no protege un capricho de profesores y estudiantes cuando garantiza la autonomía universitaria. Protege la posibilidad de que exista una institución con suficiente distancia del poder político, económico y religioso para poder decirle que no. Para poder criticarlo.

Eso es democracia pluralista, que alguien pueda decir que el presidente se equivoca, que el gobernador miente y que la oposición también miente; que Marx tenía razón en esto y probablemente se equivocó en aquello; que alguien pueda defender el capitalismo en una asamblea llena de comunistas o declararse comunista en una facultad llena de liberales. Que ninguna voz pueda ocupar para siempre el lugar desde el cual se habla en nombre de todos.

Por eso la universidad importa. Porque nadie debería poder poseerla del todo: ni el Gobierno, ni la Policía, ni una empresa, ni los profesores, ni los estudiantes. Ni siquiera quienes creemos defenderla.

(…)

Después de mi abstracción tintera, vuelvo a mirar los alrededores de Barrientos. Siguen vendiendo empanadas. Los frikis continúan jugando. Alguien reparte otro volante. Una muchacha corre para alcanzar clase. Dos estudiantes discuten acaloradamente sobre algo que, visto desde lejos, parece importantísimo. Quizá lo sea.

Todo sigue ahí. Junto, revuelto, contradiciéndose. Y es que de eso se trata, de que todo siga cabiendo. Una universidad domesticada puede seguir perfectamente abierta. Puede tener edificios nuevos, cámaras de última generación, balances financieros saludables, indicadores de eficiencia, cafeterías bonitas y policías muy bien entrenados a pocos metros. Puede graduar profesionales, producir artículos, firmar convenios con empresas y hasta subir en los rankings. Puede funcionar de maravilla. Lo único que habrá perdido será aquello que justificaba defenderla.

Ya son las 4 pm. Barrientos sigue haciendo ruido y el alma, tercamente, se me sigue viendo brillante y fecunda. Me levanto y vuelo para clase.

Hoy vamos a hablar de por qué es importante defender la democracia.

Juancho Muñoz

Diputado de la Asamblea de Antioquia, sociólogo de la Universidad de Antioquia, Magíster en Desarrollo de la Universidad Pontificia Bolivariana y defensor de Derechos Humanos, docente-investigador.

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